Detrás de su apariencia ordinaria, escatológica y levemente retardada, las películas de lo que se ha dado en llamar la Nueva Comedia Americana son en verdad una fuente inagotable de inteligencia, humor y cariño por sus personajes.
El último ejemplo en llegar a nuestros cines es Superbad, estrenada aquí como Supercool (ya ni eso pueden respetar los distribuidores). Producida por Judd Apatow, el mismo de las geniales The Anchorman y Talladega Nights, de la dupla Adam McKay en la dirección y Will Ferrell en el rol protagónico. Superbad es una muy tierna y divertida aventura del sub-género "final de la secundaria", con actuaciones muy sólidas, situaciones insólitas y un ritmo desenfrenado que nunca decae.
Y además, como no podía ser de otra manera si hablamos de la Nueva Comedia, Superbad también tiene su conexión con el universo de Saturday Night Live, la leyenda de la televisión americana a la cual pronto le dedicaré un post. Aquí actúa Bill Hader, uno de los novatos del programa en plena etapa de consolidación, el que compone por ejemplo a Vinny Vedecci, presentador de la RAI que no para de fumar, sólo les habla en italiano a sus invitados anglohablantes y se enoja con la producción. Un personaje que puede llegar a ser un clásico.
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viernes, 7 de diciembre de 2007
Mes que una comed
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domingo, 14 de octubre de 2007
Huntington tiene mucha razón
Para los que se quejan de "la dictadura de Hollywood" o del "imperialismo yanqui", no se preocupen, ya lo van a recordar como la edad de oro. Lo que se viene es mucho peor, y no sólo por el cine o el deporte.
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domingo, 30 de septiembre de 2007
Hollywood en alemán
Acá está la cola del engendro de película comentado en el post anterior. Como pasa siempre con los bodrios irremontables, con ver los avances alcanza y sobra para saber que nunca deberíamos perder el tiempo con ellos. Creo que estos tres minutitos sirven para confirmar lo que decía más abajo.
Hay muchos videos documentales que demuestran que todos los detalles de la verdadera final de 1954 fueron muy bien reproducidos en la película. Pero el efecto PC Fútbol es horrendo. Y además, como ya todos sabemos, el cine y la mímesis son dos cosas distintas.
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viernes, 28 de septiembre de 2007
La fiesta de Berna

Fútbol y cine es una combinación ya clásica, aunque por lo general los resultados no son muy destacables. Desde la extrañísima y rescatable Escape a la victoria (de John Huston y su comparsa de actores futbolistas y futbolistas actores) hasta Bend It Like Beckham, pasando por el subgénero de telefilms norteamericanos clase B de películas de soccer con niños o niñas, o incluso los cruces delirantes como Shaolin Soccer (del genial Stephen Chow, director de Kung-fusión) la gran mayoría de los films que tienen al fútbol como temática principal rara vez superan la categoría de engendro freak o placer culposo.
Sin ir más lejos, cada mundial ganado por la Argentina tiene sus dos bodrios "oficiales". Por un lado, la siniestra La fiesta de todos, del intachable Sergio Renán. Por el otro, la inefable Héroes, a esta altura una colección de postales inimputables del imaginario popular, lo cual no podía dejar de ser explotado por la publicidad cool de palermitanos retro. Valeria Lynch aullando mientras Diegote elonga bien podría ser como el final de Casablanca. A nadie pareció importarle demasiado que la película fuera inglesa (mejor), que tuviera esa música horrenda de Rick Wakeman o que la sucesión interminable y redundante de primeros planos impidiera disfrutar justamente del objeto de la película, el fútbol mismo.
Pero los tiempos cambian, y en el caso del mundial de Alemania 2006, cierta gente creyó que lo ideal era una película que preparara el clima, que calentara los ánimos previos al campeonato y le inyectara una buena dosis de confianza al equipo nacional. Quiero creer que esa es la intención básica de Das Wunder von Bern (El milagro de Berna). Pero, en verdad, la película tiene una cuantas intenciones no menos evidentes. Volver hacia la segunda posguerra con una lectura bastante poco usual en el mundo del cine, al menos fuera de Alemania; demostrar que la industria cinematográfica alemana puede realizar efectos digitales como la que más; poblar la pantalla de abundantes chivos, o bien a la manera tradicional (la estática del estadio) o bien tratando de integrarla al argu
mento; contar un melodramón con todos los ingredientes que el espectador más exigente de Hallmark Channel podría pedir; aprovecharse de la corriente retro en indumentaria deportiva que desde hace al menos diez años no deja de generar ingresos con la venta de todo tipo de artículos; y, si se puede y quedan algunos minutos libres en el montaje final, hacer una película sobre fútbol.
Todo esto se puede encontrar en El milagro de Berna, la historia de esos bravos gladiadores teutones que, para sorpresa del mundo entero, lograron sobreponerse a todas sus limitaciones y darle vuelta la final al ballet húngaro de Puskas en el mundial disputado en Suiza en 1954. Y todo, absolutamente todo resulta ser espantoso. Las imágenes de la posguerra nos muestran a un pueblo humillado y a soldados que vuelven del infierno de los campos soviéticos del padrecito Stalin, pero de su antiguo amigo Adolf y sus hinchas germanos, ni una palabra. Los efectos digitales pretenden crear un vértigo deportivo irreal, y sólo consiguen escenas de Playstation. Las escenas en las que un Adi Dassler de ficción le explica al DT alemán que "si les ponés estas llantas a los muertos esos que dirigís, te los cogés a todos, papá", como supuesta muestra del talento y la ética de trabajo de los alemanes, en verdad dan vergüenza ajena. ¿No había una manera más sutil de recordarnos que "Adidas inventó los tapones intercambiables, Adidas siempre estuvo y estará a la vanguardia, creando los mejores productos para los deportistas ganadores"?
Y el melodrama lacrimógeno principal, la historia de un inocente niño alemán cuyo padre regresa hecho una bestia de la guerra. El nene es amigo y admirador de Helmut Rahn (a la postre, el goleador de la final contra Hungría y que aquí es ni más ni menos que "el muchacho"), y sólo sueña con ver jugar a su amada Alemania. No falta ningún golpe bajo. Para qué enumerarlos todos, con saber que el padre se morfa al conejo mascota de su hijo es suficiente. El glorioso final feliz, con la consabida reconciliación entre bestia y niño, sobrepasa cualquier estándar de ridiculez concebible.
Todo es previsible, estereotipado, pintado con brocha muy gorda. Apunta a los bajos instintos del espectador alemán con un descaro preocupante. Como no podía ser de otro modo, en la sala del festival en donde vi la película, los viejitos alemanes no podían parar de llorar. Bueno, era comprensible, después de todo.
Y sí, estaban las camisetas. Negoción para TOFFS, que se llenó de oro vendiendo miles de réplicas de aquel modelo utilizado por Alemania en 1954. Las camisetas de Alemania siempre son lindas. Aunque la de Hungría no estaba nada mal.
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lunes, 17 de septiembre de 2007
Screensaver
Todavía no vi Inland Empire, la puta madre, pero sí leí esta nota de dos alumnos de El Amante Escuela acerca de la llamada cuota de pantalla. No quiero ser cínico y descalificar un esfuerzo genuino y serio gratuitamente. Pero habiendo terminado de leer cuidadosamente el artículo pensé: "Todo muy bien, ¿y?".
¿Qué dice esencialmente este artículo? Que la diversidad cultural es algo deseable, que es considerada un derecho fundamental, que está incorporada a las Cartas de
Y además de eso, una variadísima colección de entelequias del tipo "sacrosantas leyes del mercado", "invasión", "homogeneización", "uniformización" (cito de memoria y quizás me equivoco). Bueno, para mí es sólo una cultura más pujante y vigorosa llevándose puestas a las demás. Fenómeno repetido a lo largo de la historia. Y que a otras culturas emergentes poderosas y distintas como
Pensando en el cine nacional, se me ocurría también hacer una comparación con el negocio de la música (la cuestión de los costos de una y otra industria es cada vez menos relevante, gracias a las innovaciones tecnológicas, vale la aclaración, por eso la comparación me parece pertinente). ¿Alguien se queja de la falta de protección de los músicos argentinos frente a las multinacionales estadounidenses y europeas? Ya no, casi ninguno, apenas los de unos pocos y eternos guetos. ¿Por qué? Porque los músicos argentinos venden como nunca. Aún cuando lloren como monjitas abusadas por la piratería. Y aunque en general sus estéticas e ideologías sean absolutamente retrógradas e infantiloides (vi el último video de La 25 en Cuba y casi sufro un shock diabético), todos laburan gustosamente para sellos, grupos multimedia y sponsors de distintas “potencias del mal” y sus socios locales. ¿Alguien pide protección? Ni en pedo, nadie muerde la mano del que te da de comer.
¿Esto quiere decir que la cultura musical de los argentinos es de excelencia, que la música que se consume a nivel masivo es un orgullo nacional? No, nunca debe haber sido peor que ahora. Es decir, no hace falta protección contra la basura de afuera porque somos capaces de producir nuestra propia basura. De estricto consumo interno, por otra parte, porque si alguna vez grupos como Soda o los Fabulosos conquistaron toda latam.com, actualmente los mexicanos y chilenos se nos cagan de risa, por cultura y poder económico. Ya no nos necesitan, no comen vidrio.
¿Cuota de pantalla para qué entonces? ¿Para el equivalente cinematográfico de Pier? ¿De
Continuará...
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lunes, 27 de agosto de 2007
Cine para adultos (basta del ATP)
Gracias a las promociones de la revista El Amante Cine, pude ver de garrón dos películas del no siempre tan reconocido director holandés Paul Verhoeven. El lunes pasado fuimos al preestreno de Black Book (2007), primera película holandesa del director en más de veinte años. Apenas un día después, en el cine club de la revista proyectaron en DVD ampliado Flesh + Blood (1985), primera película europea de Verhoeven financiada con capitales norteamericanos.
Ambas obras son excelentes, de lo mejor que vi en los últimos meses. Son films que exhiben permanentemente las marcas de un director que admite pocas comparaciones. En esta época de cine comercial muy poco jugado y adaptado al gusto de cajitas felices, de cine argentino extraviado en la intrascendencia y de cine festivalero que llega en cuentagotas y dedicado a forjar sus propios lugares comunes, Verhoeven demuestra que a la potencia desatada del elefante en el bazar se le puede unir una pericia formal y un coraje intelectual inusuales.
Es curioso, siempre consideré a Verhoeven como un director inteligente, aunque excesivamente tribunero. Es posible que esta percepción distorsionada se debiera a que sus películas suelen ser carne sabrosa para la explotación de la tele por cable, de esas que se miran por partes siempre desordenadas, en sucesivas e infinitas repeticiones. Me gustaba la calentura que Verhoeven era capaz de generar con sus escenas de sexo (Bajos instintos), la estética facho-futurista y la intensidad de las acciones bélicas (Invasión), y el humor negro y brutal de algunos pedazos sueltos de Robo Cop y El vengador del futuro. Bastante poco, la verdad. Por otra parte, El hombre
sin sombra me pareció un thriller científico bastante corriente.
Pero claro, ese no es el modo de mirar el cine. Habiendo visto estas dos películas todo empieza a entenderse mejor. Cualquiera que quiera leer un buen informe sobre la obra de Verhoeven deberá comprar el último número de El Amante, ya que a la web no subieron nada de ese material. Yo quiero destacar al menos lo revitalizante que resultó ver estas dos películas adultas, valientes en su tratamiento de temas complejos, de una perfección formal acompañada por un ritmo de narración frenético y atrapante. Black book y Flesh + Blood son de esas obras que crean universos propios de los cuales uno no querría salir nunca. Por más que sus historias sean terribles y violentas, todo transcurre con una naturalidad y una coherencia que terminan seduciendo sin remedio al espectador. Además, los héroes verhoevenianos (en muchas ocasiones, femeninos) contagian un entusiasmo vital desbordante por la manera en que enfrentan los acontecimientos más espantosos y consiguen superarlos, con valor, inteligencia y alegría.
Son realmente pocos los que se animan a lo que se anima Verhoeven, y casi ninguno lo hace con tanta pericia. Necesito hacer una revisión urgente de sus películas.
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martes, 31 de julio de 2007
Me saqué un 10
Es cierto, los comentarios sobre Fontanarrosa se vuelven excesivos. Tomando ciertos recaudos, más allá de sus lugares comunes de progre argentino, a mí también me gustaba y me divertía. Se notaba que era muy inteligente (“astuto” lo calificó una nota en Perfil) y todos dicen que era un tipo macanudo. Pero acá la demagogia siempre puede más. Hasta Nik (el dibujante más odiado por los dibujantes, y por mí también) le dedicó un dibujito. ¿Nunca un poquito de sobriedad, es decir, cerrar un poco el orto, limitarse a dar la noticia y nada más? Siempre el mismo desborde emotivo…
Se dirá que no se puede culpar a Fontanarrosa de sus lectores retardados que se lo toman demasiado en serio, pero nunca le escuché una declaración pública que intentara atenuar la guerra tribal (diría Fernando Iglesias) entre las hinchadas rosarinas, un fenómeno que ya excede largamente el máximo de irracionalidad tolerable en una sociedad occidental moderna.
Estoy muy de acuerdo con el análisis de la obra de Bergman, aunque habré visto unas cinco películas de él, no creo que más. Nunca voy a olvidar lo que fue ver Gritos y susurros hace varios años en la Lugones. Por favor, qué ambiente tan opresivo (el de la pantalla, creo). No llegué al final, en la escena de la ablación me desmayé en la butaca.
Vi poco de Antonioni, Blow up la vi justo hace dos semanas. Me irritó muchísimo. Entiendo que hay que contextualizarla en su momento histórico y bla-bla-bla, que los 60 y bla-bla-bla, sexo, droga y las puertas de la percepción. Perfecto, pero en 2007 todo eso me tiene harto. ¿Estamos en 1967 y queremos ser elegantes, intelectuales y cuestionadores de las formas cinematográficas? Puedo ver al Antonioni de Blow up y embolarme o puedo ver al Tati de Playtime y sentirme reconciliado con el arte, el mundo y la vida. Y eso que Tati no era muy amigo de la mundialización, se notaba. Lo cual me introduce en el siguiente punto.
Creo haber dicho algo al respecto en algún comentario anterior. Si vamos a comparar el cine de los 60 y 70 con el actual, y al público de aquellos años con el actual, hay que ser muy cuidadosos. El Bigote dice “(…)sino porque en los 60 y tempranos 70 el público general leía más. Lo intelectual era un valor social y, por lo tanto, algo que se buscaba. Eso nos hacía más sólidos, más inteligentes, más cuestionadores. Más cercanos a lo humano.”. No podría estar más en desacuerdo. Puede que en aquella época la inteligencia fuera un valor social, pero eso no hacía a las personas más inteligentes. En este sentido, haber leído a Sebreli (El olvido de la razón, Crítica de las ideas políticas argentinas) me resulta liberador. No es ni inteligente ni humano participar o apoyar la lucha armada, no es ni inteligente ni humano el Cordobazo, ni Ezeiza, ni la Triple A, ni el ERP, ni Montoneros. No era inteligente ni humano el estalinismo, ni el maoísmo, ni el guevarismo, aunque a los inteligentes espectadores de Bergman en los 60 y 70 así les pareciera. No es ningún signo de inteligencia que antes te pudieras garchar a una minita con un libro de Levi-Strauss bajo el brazo, significa que ahora las minas son más inteligentes: Brad Pitt es más lindo que Woody Allen.
Y volvemos con la discusión del cine de aquellos años y el de ahora. Sí, la cartelera actual es una bosta. Sí, los multicines son un escándalo, repletos de super héroes y dibujitos de calidad tendiente a cero, salvo excepciones. Sí, voy a Lavalle y veo al Ambassador y al Trocadero convertidos en La Salada y me dan ganas de llorar. El América pronto será una tienda chilena estilo Falabella. No se estrenan las de Lynch ni las de Linklater. Ricky Bobby va al DVD. Y los nuevos directores argentinos filman documentales llorones. Pero hay que acotar el significado de estos fenómenos. No puedo estar seguro de que el cine (o el mainstream) actual sean una poronga sólo porque el mercado cinematográfico de la Argentina, un chotísimo y subdesarrollado país alineado con Venezuela e Irán, sea una poronga. Las visiones paranoicas y conspirativas no sirven, es el pedorro mercado argentino en constante contracción de la oferta de todo tipo de bienes (no sólo los culturales) lo que hace que el negocio no funcione. Leo acerca de cuotas de pantalla en España o en Francia y ellos mismos se dan cuenta de que no funciona. Ninguna regulación estatal funciona. O funcionan para que, como acá, se produzcan éxitos de taquilla y pacotilla. No tengo la solución, pero estoy seguro de que el camino no es éste.
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martes, 19 de junio de 2007
La paja en blog ajeno

En los ratos muertos del laburo adquirí una nueva adicción: polemizo en los blogs de terra.com, principalmente en el Bigoblog. Por eso me da la sensación de escribir más en otros lados que en mi propio blog, especialmente con el tipo de escritura que se supone que se utiliza más en estos sitios, más automática y sin tantas correcciones obsesivas, como es mi costumbre.
Hago un link a la más reciente de estas polémicas, con gente que piensa diferente pero con ideas interesantes, incluido el propio "dueño" del Bigoblog. Como para tener la sensación de que esos textos van a permanecer. Están firmados con mi nombre, nada de seudónimos. Como se puede advertir fácilmente, la intención de fondo más evidente de mis intervenciones es disputarle al progresismo el campo del prestigio intelectual. Desbaratar sus prejuicios, romper su pensamiento automático. Tratar de que todos los que se colocan en algún sitio a la izquierda intenten pensar distinto. Aunque me equivoque, o tenga la fea sensación de estar tocando un poco de oído. En lo esencial creo estar en lo cierto, de todos modos. Ustedes dirán.
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lunes, 11 de junio de 2007
Cine tercermundista

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martes, 17 de abril de 2007
Conclusión del Bafici: Tati era un genio
Ya leí y escribí demasiado sobre el Bafici, así que mejor ver un video. Lo que más me gustó finalmente fue un clásico: Playtime (1967), de Jacques Tati. Hay algunas cosas de esa película en YouTube, pero para que tengan una idea de lo genial que era este francés, mejor este fragmento de Trafic (1971).
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martes, 10 de abril de 2007
Lo que va del Bafici

Si a alguien le interesa lo que tenga para decir acerca de las películas que vi hasta ahora en el Bafici de este año, lo puede encontrar acá, entre los comentarios del Bigoblog. Puedo adelantar rápidamente que el saldo es bastante favorable, como casi siempre. Este es un evento que le acaricia un poco la espalda a mi orgullo porteño, últimamente tan maltratado. Y espero que siga siendo así, a pesar de todo lo que hacen ciertos imbéciles para sabotearlo (ver nota anterior).
Puedo comentar en cambio los diálogos que tuve con directores de dos de las películas que vi. La presencia de varios de los directores de los films en exhibición o competencia, para presentar, comentar o debatir su trabajo, es otra de las atracciones del festival.
El primero lo puedo reproducir con total exactitud, fue con Reginald Harkema, joven director canadiense de Monkey Warfare, en la esquina de Corrientes y Agüero, al aprovechar que una de sus asistentes me preguntó por la calle Humahuaca:
Harkema: Which one, Monkey Warfare?
Yo: Yes, it´s great!
Harkema: Thank you!
Antes, en la sala, tanto ella como Pennebaker habían contestado otras preguntas de respuestas obvias pero que siempre necesitamos hacer, especialmente la consabida “¿Cómo hizo Bush para ganar dos presidenciales después de ocho años de un presidente tan popular como Clinton?”. Bueno, porque los republicanos siempre apuntan a los instintos más básicos de los votantes, el patrioterismo y el miedo al terrorismo. Porque son muy efectivos haciendo aparecer a los demócratas como bobos pusilánimes, liberales antiamericanos de costumbres relajadas y educación y modales extranjerizantes. Porque hacen sentir a sus votantes orgullosos de ser americanos.
Respuestas que tienen su lógica, pero sobre las que hubiera estado bueno profundizar, porque también son muy frustrantes. Algo más que eso debe de haber, porque la propia película mostró que fue justamente a todo ese manual de campaña republicano que Clinton le ganó en el ´92. Bueno, todo no se puede, los directores fueron muy amables y el personal del festival ya les tenía preparados otros compromisos.
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lunes, 19 de marzo de 2007
RidíKulo
Las arbitrariedades y estupideces del gobierno K ya bordean el más completo absurdo. De eso se puede leer en esta nota publicada en el sitio de la revista El Amante / Cine, ya que una de las tantas y ya casi diarias barbaridades de la gestión que prometió un "país en serio" esta vez perjudica a un emblema de la cultura porteña, el famoso Festival de Cine Independiente.
Hubiera preferido dedicarle el post a la excelente película La reina (sobre la cual se discute abundantemente en el último y recomendable número de la revista), pero no hay tanto tiempo para escribir.
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lunes, 5 de febrero de 2007
Pinche película
Domingo al mediodía, en mi casa con Evan y con los nervios a flor de piel ante la perspectiva de tener que soportar otra tarde de calor agobiante. ¿Qué hacer?
La primera opción es quedarnos en casa encerrados para aprovechar el prehistórico equipo de aire acondicionado que heredé de los antiguos dueños. Sí, anda bastante bien, enfría lo necesario, pero mi paranoia me sugiere que no puede laburar a destajo por muchas horas con 35º de temperatura ambiente. Y además, no quiero quedarme tirado en la cama haciendo nada; el libro que estaba leyendo lo terminé el día anterior y no puedo empezar inmediatamente otro. Una vez concluidos, necesito que los libros "decanten".
Otra opción que sale por default es ir al cine, también por el aire acondicionado, ya que no tenemos ni idea de qué coño hay en este momento en cartelera. Escuchamos o leímos algunos vagos comentarios positivos acerca de Apocalypto, Flags Of Our Fathers, Una noche en el museo, pero ninguna nos saca el sueño.
Una tercera opción, claramente peor que las primeras, es ir a boludear a algún shopping, y de paso comer algo baratito. Pero lo último que tengo ganas de hacer es ir a amargarme con los precios de la ropa de marca.
Finalmente, Evan -siempre más tolerante ella- acepta salir para cualquier lado, pero salir de una vez. Optamos por ir en bondi hasta el Village Recoleta, para ver cualquier cosa con el descuento de la tarjeta de débito. El 108 no tarda mucho en llegar, y con el vientito que entra por las ventanillas se puede vivir. Cuando el bondi toma por Humboldt se me ocurre parar a comer algo en el Oviedo, un bodegón español en donde se come bien, abundante y a precios muy razonables (queda claro que el plan es gastar poco). A Evan le parece bien, y terminamos compartiendo una nada veraniega tortilla a la española, con mucho chorizo colorado. Comemos en la vereda, y ya se nota que el calor afloja, que corre una brisa salvadora y que una tormenta se viene acercando, muy lentamente.
Otra vez en 108 hasta Recoleta. Poca gente en la cola, pero los horarios no nos favorecen. Para ver Apocalypto o Flags... hay que esperar dos horas, casi. Tenacious D, una con Jack Black, la dan sólo a las 23. El resto, o ya las vimos, o no las queremos ver. Optamos por Una noche en el museo, que no será gran cosa, pero no nos va a defraudar, suponemos. Pedimos las localidades, reclamamos nuestro descuento y... ¡sorpresa! La promoción ya no es válida los fines de semana. Son 16 mangos cada entrada. ¡Qué grande esta tarjeta, la puta que los parió! ¡Métanse el cine en el orto, con tarjeta incluida! Ninguno de los dos quiere pagar eso por una película que no nos desesperamos por ver, después de todo.
Huimos. Circuito alternativo. Al Malba y al Paseo Alcorta. Si la opción cultural falla, queda boludear en el shopping y jugar al juego mecánico de básquet en el Sacoa, al cual no le pude ganar a Evan ni un partido de los ocho o nueve que jugamos. No es mala idea, después de todo.
En el Malba dan En el hoyo, una película mexicana sobre la construcción de esa autopista del DF a la que llaman "el segundo piso del Periférico". Por el comentario en la agenda del museo parece interesante. La novela que acabo de leer transcurre en ciudad de México, o sea que estoy "ambientado". Y hace un par de semanas fuimos a comer tacos a "El salto de la rana", otro detalle más. La programación del Malba nunca me defraudó, así que decidimos verla. Pero falta casi una hora, queda tiempo para ver la tienda del museo (objetos de diseño muy lindos y a precios europeos, las lindas remeras con dibujos de Liniers a... 83 mangos). Y también para ir al Paseo. Vemos algunos negocios sin demasiado interés, aunque a Evan los zapatos la desesperan. A los locales que sé que tienen linda ropa prefiero ni entrar, salvo al de Adidas que se supone que liquida (jaja) y al de Lacoste, que ahora hace zapatillas con mucha onda. Sólo zapatillas. Y sólo para mirar. El vendedor que nos recibe es una loca que sonríe mucho, le debe divertir ver a esta clase de visitantes en el local.
Vamos al Sacoa, jugamos al básquet y pierdo otra vez. Por escándalo, soy horrible. La tiro a cualquier lado, y me pone nervioso escuchar las exclamaciones del público ficticio que resuenan en el parlante cada vez que Evan emboca un tiro. No hay tiempo para la revancha al tejo, en donde el historial me favorece (me ganó una sola vez bilardeando), ya empieza la película. Sólo para un heladito mínimo en Freddo, el vasito más chico ya vale 5 pesos, el kilo está en 30. Ridículo y riquísimo.
Apenas empieza En el hoyo me doy cuenta de que caí en una trampa: la agenda decía que el personaje principal del film era el propio DF, cuando ahora unas letras blancas en la pantalla informan que los protagonistas casi excluyentes son los obreros que construyeron la autopista. Mal presagio. Pero algunos detalles iniciales me gustan. La música está hecha con los ruidos rítmicos de las propias máquinas viales. Un par de tomas elegantes, la cámara esperando de frente a un camión que transporta con lentitud por una avenida despejada un bloque enorme de hormigón, escoltado por policías y con una multitud de coches a sus espaldas obligados a seguir al camión a baja velocidad. Un par de rápidos retratos del caos vehicular de la ciudad. Me acuerdo vagamente de Trafic, de Jacques Tati, esa obra maestra que deseo volver a ver. Me preocupa en cambio que los diálogos iniciales se escuchan muy mal, no sé si por el flojo sonido directo o por el bajo volumen de la sala. Los divertidos modismos mexicanos no ayudan, añoro un subtitulado salvador.
La película va estableciendo una idea principal algo reduccionista: el contraste entre los constructores "humanos" de la autopista y los usuarios "maquínicos". Las únicas personas que se ven en el film son los trabajadores, el resto son autos y más autos. Si bien el planteo es simple, está resuelto de manera apropiada a nivel visual. Pero lamentablemete, a medida que transcurre el metraje, las promesas y las buenas intenciones se diluyen. El ritmo decae, y las imágenes interesantes dejan paso a largas e innecesarias entrevistas a los obreros. ¿Y qué tienen para decir los obreros mexicanos? Que trabajan mucho y ganan poco. Que están cansados de levantarse temprano, viajar mucho y mal, que ven poco a la familia. Que los patrones se la llevan toda. Que los políticos son todos chorros. Dicen lo mismo que los obreros argentinos, los paraguayos, los italianos, los indonesios, los daneses. Exactamente lo mismo también -para que nadie crea que el mío es un ataque clasista, faltaba más, alcanza con comprobar cómo me quejo de lo caro que está todo a lo largo de esta entrada- que decimos los oficinistas de clase media de cualquier país, sólo que pronunciamos las eses. Algunos incluso pronuncian las que no corresponden, estoy harto de escuchar en el laburo los *vistes, *hicistes, *trajistes. Por favor, eso está mal.
En fin, caí en la trampa de otro documental social de factura prolija y hasta con algunos toques modernizantes (ralentis, cámaras fijas con la película a alta velocidad, el mencionado detalle de la música), que se atiene a lo políticamente correcto y seguramente ganará premios diversos en el circuito de festivales, pero que no aporta casi nada de nuevo, no genera ningún tipo de discusión interesante, no provoca ninguna reacción de empatía o entusiamo.
Nuevamente, lo único que queda para analizar (aunque no me voy a tomar el trabajo de hacerlo en profundidad) es la razón de ser de esta clase de películas y su financiamiento. Como cualquier film de los llamados "independientes" en la Argentina, En el hoyo requirió de apoyo oficial para su realización. Además de un fondo gubernamental para las que las autoridades consideran que son "películas de alta calidad" (eso se podía leer en los créditos iniciales), el propio gobierno del DF aportó fondos para parte de la producción. Lo que se desprende de esta situación es casi obvio. Como espectador puedo ponerme paranoico y sospechar que todo esto en verdad se trata de publicidad electoral encubierta del ex alcalde del DF y frustrado candidato a presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. O, al menos, puedo empezar a pensar hasta dónde llega la autoproclamada independencia de estos documentales que proliferan en todos los festivales del mundo. No es tan paranoico preguntarse qué clase de gobierno apoyaría a una película que podría criticar, siquiera parcialmente, una decisión gubernamental de la envergadura que implicó la construcción del segundo piso del Periférico.
En fin, las mismas cuestiones de siempre, temas muy gastados ya. No tengo ganas de ir al cine a sospechar de nada, únicamente quiero ver buenas películas. No fue éste el caso.
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lunes, 29 de enero de 2007
Títulos

Para traducir títulos de películas originales en inglés, las distribuidoras para el mercado de habla hispana cuentan con el siguiente manual de estilo:
"No importa en absoluto el título original de una película, tan sólo elíjase un sustantivo cualquiera del primer grupo de palabras con un adjetivo al azar del segundo grupo:
atracción / obsesión / poder / juego / perversión /destrucción / efecto / peligro / muerte / relación / destino / amor
terminal / absoluto / fatal / total / desnudo / perverso / mortal / obsesivo / final / imposible / loco / eterno
Únicas observaciones:
- cuidarse de no utilizar un sustantivo con el adejtivo derivado de él. Ejemplo: Muerte mortal.
- se pueden utilizar los plurales.
- mantener la concordancia de género y número entre sustantivo y adjetivo. Ejemplo erróneo: *Destrucción peligrosos.
- se puede alterar el orden entre el sustantivo y el adejtivo.
En términos generales se pueden repetir los títulos de dos películas si la vieja fracasó y la nueva tuviere todas las posibilidades de hacerlo (opción más conocida como directo a video).
Eso es todo."
Próximo capítulo: acerca de la traducción de insultos.
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viernes, 22 de diciembre de 2006
Sí a las papeleras
Otra vez (¡otra vez!) como en 1978 con el mundial, en 1982 con Malvinas o en 2001 y 2002 con el default, por poner apenas algunos ejemplos, creemos que todo el resto del mundo está equivocado, y que nosotros somos los únicos esclarecidos que tenemos la razón. No la tenemos.
Pero no se puede decir. Queda mal. Y que a nadie se le ocurra cuestionar a las "víctimas". Queda mucho peor.
Por suerte, todavía quedan algunos que se animan a decir eso que muchos ni siquiera se animan a pensar. Gracias al blog de Alejandro Rozitchner (post del 22/12/06) me enteré del caso de Eduardo Montes Bradley, el director de este documental del cual posteo estos tres anticipos.
Va a ser casi imposible que esta película se estrene en la Argentina, pero igual la quiero ver, no faltarán medios para hacerlo.
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viernes, 15 de septiembre de 2006
Que no sea
Voy a inaugurar un nuevo género: la crítica cinematográfica basada en la cola de una película, no en la película entera. Es que muchas veces, y especialmente cuando se trata de cine de mala calidad, verlo todo es redundante.
Voy a hablar de esa plegaria no-cinematográfica llamada Que sea rock. Podemos pasarnos años discutiendo acerca del rock nacional, y el análisis que intento en este breve artículo es necesariamente acotado y parcial. Pero creo que algunas cosas están muy claras. Como tantas otras veces desde 1982, se intenta exhibir a los artistas que hacen rock en Argentina como algo orgánico, como un conjunto de iluminados aliados a una causa, algo en ese estilo. En fin, ni siquiera vamos a prestarle atención al criterio usual al que se recurre para confirmar o negar la pertenencia de la producción de tal o cual artista al género “rock” (porque para que sea “nacional” alcanza con que el artista se declare como “argentino”).
Ahora bien, esa supuesta organicidad del rock argentino no es tal. Hay más bien un conjunto bastante disperso de artistas de estéticas diversas (muchas veces opuestas) llevados y traídos por las diferentes tendencias culturales y comerciales de cada época. Si a comienzos de los años ´90 hizo falta que existiera una canción como “Matador” de LFC para que MTV y las discográficas se pusieran a tono con la globalización y pudieran presentar al rock argentino como parte integrante de la nueva categoría de “rock latino” (así como en México se ejecutó la misma operación con “La ingrata” de Café Tacuba), hacia fines de esa década y principios de la actual se hizo evidente que el rock argentino debía abandonar –aunque sólo parcialmente- ese paradigma para adoptar otro, el del populismo antisistema a
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Arte y Sport
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