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viernes, 26 de mayo de 2006

mi:25:05:06


Sí, yo lo voté, y no me arrepiento. Sigo convencido de que era la mejor opción posible, y hasta es muy probable que, dadas las actuales circunstancias del sistema político argentino, aún hoy siga siéndolo. Y de más está decir que no parece probable que aparezca una mejor opción con posibilidades reales para el 2007. Así que ya muchos dan por descontado que tendremos más K. Nada menos que hasta 2011. ¿Razones para entusiasmarse? Más bien escasas. De todos modos, tampoco sería síntoma de madurez política el despotricar indiscriminadamente contra todo el gobierno y la clase dirigente, deseando el desmoronamiento del hoy encumbrado pingüino y esperando ingenuamente que por los efectos (devastadores) de esa hipotética caída un nuevo líder se alzare sobre las ruinas del sistema institucional para refundar por enésima vez la nación, proclamando las nuevas verdades absolutas, que, cabe imaginar, serían diametralmente opuestas a las actuales. Más bien sería deseable tratar de entender que la institucionalidad del sistema argentino sigue en un muy lento proceso de transición desde el colapso casi total de 2001 y 2002 hacia un modelo que, muy posiblemente, se empiece a definir mejor a partir del segundo mandato de Kirchner.

Aunque también es evidente que todo el conjunto de medidas y decisiones de la actual administración son material suficiente como para permitirnos aventurar, con todas las salvedades que la típica imprevisibilidad argentina nos impone considerar, qué modelo de sociedad, qué tipo de economía y qué sistema de organización y representación política se intentarán consolidar. Qué modelo de país, en definitiva. Y si además éste será viable, claro está.

En este sentido, el masivo acto del 25 de mayo kirchnerista fue de una importancia nada despreciable para la tarea de intentar avizorar lo que se viene. Se podría pensar que, como todo mitin político, fue apenas una demostración simbólica de fuerza. Una celebración envalentonada, un ejercicio de voluntarismo, una tentación ante la cual han sucumbido todos los presidentes desde 1983 cuando se sentían con las fuerzas suficientes como para hacerlo. Pero también fue bastante más que eso. Fue todo un acontecimiento significativo, en su sentido más semiológico, si se me permite aplicar este término tan técnico. Una superposición de imágenes, íconos y palabras, una repetición de actitudes y comportamientos, una serie de rituales que permiten analizar el actual estado de la situación y cuáles serán los próximos pasos. En la política, las cargas simbólicas importan, y mucho. Los discursos, también. No sólo por lo que dicen, sino también por lo que omiten, por su entonación, por sus destinatarios, por quienes parecen avalarlo con su presencia en el palco, por su sentido de la oportunidad.

Entonces, ¿qué se puede sacar en limpio después de un rápido vistazo de lo más destacable de este acto? Lo más evidente: quienes deseamos la modernización integral del sistema político argentino, con un modelo menos presidencialista y un Parlamento jerarquizado, con un aparato judicial moderno y eficiente, con un conjunto de partidos actualizado ideológicamente y que represente en esencia a las opciones más plausibles para ejercer el poder, es decir, la centroizquierda y la centroderecha; quienes estamos hartos del mesianismo, el populismo, la ineficiencia y el autoritarismo tan típicamente latinoamericanos, y deseamos fervientemente un viraje hacia las virtudes de las mejores y más consolidadas democracias del mundo; todos quienes intentamos tomar conciencia de los enormes desafíos que implica vivir en la vertiginosa globalización del siglo XXI y creemos que el pasado, aún el más reciente, es solamente valioso como objeto de un (profundo) estudio histórico, lo cual no es poca cosa si se lo piensa con detenimiento; todos nosotros, que me encantaría creer que en verdad somos más de lo que me parece, vamos a tener que seguir teniendo paciencia, esperando quizás mejores oportunidades e intentando contribuir a crear otras condiciones para que esos deseos puedan hacerse realidad. Más allá de que en la Argentina, de más está decirlo, para bien y para mal todos los cambios se imponen desde arriba.

Porque lo que quedó muy en evidencia en el 25-M de Kirchner es que la base concreta de su hoy omnímodo poder es lo más rancio y retardatario del peronismo. Sabido es que el presidente sabe exhibir un discurso apropiado para cada ocasión y para cada auditorio, pero también hay que saber que algunos de esos discursos no tienen ningún sustento en los hechos y las medidas reales. Escuchamos acerca de pluralismo, amplias convocatorias, transparencia, calidad institucional, capitalismo moderno. Desde hace unos días, de concertación. A la chilena o a la española, dependerá de la preferencia de cada uno. Pero en concreto, lo que se ejecuta es exactamente lo contrario de lo que se proclama. Porque, más allá de cualquier matiz interpretativo, ¿quiénes estaban ayer en la plaza, qué representaban, de dónde provienen? Nada de modernidades. Lo que hoy le provee a Kirchner ese apoyo multitudinario que se empeñó en exhibir son los mayores beneficiarios de su gestión, es decir, el conjunto de las corporaciones más cercanas al sentimiento peronista tradicional. Por más que amagara con la transversalidad, que intentara seducir a diversos grupos progres y de izquierda, aunque rara vez nombra a Perón y la liturgia peronista clásica difícilmente sea tan fashion como el vestuario de Cristina, los que concurrieron a la plaza a bancarlo a K fueron: los sindicatos en primerísimo plano, que ya han recuperado buena la parte del poder que Menem les había arrebatado; el rejunte de partidarios y punteros de muchos gobernadores e intendentes que seguramente odian a los pingüinos pero sobreactúan su fidelidad porque dependen de las arbitrariedades de la coparticipación y los fondos de las cajas; las fracciones de piqueteros muy beneficiadas por la administración, que ahora tienen poco para reclamar y mucho para agradecer; la Iglesia, que se queja por “detalles” pero recupera el tedeum en la catedral y mantiene los privilegios de siempre ("y mejor no jodan con la educación sexual, la despenalización del aborto y otras modernidades porque ahí nos calentamos en serio, después de todo monseñor Baseotto me agarra el choto", debe pensar Bergoglio); los grupos defensores de los derechos humanos, a quienes los únicos autoritarismos que parecen alterarlos son aquellos que no suben a Mercedes Sosa y a Víctor Heredia arriba del escenario; el Ejército incluso, que sería la excepción por ser tan maltratado por el “zurdaje” verbitskyano, pero que tuvo que disfrazar a sus granaderos y tocar algunas marchitas. El protocolo es así.

Por cierto, faltó la corporación empresaria, que se escandaliza con los modales de tipos como Guillermo Moreno, pero que si sabe ubicarse en donde corresponde tiene excelentes oportunidades para hacer grandes negocios (preguntar por Julito). Aunque la contrarreforma laboral los asusta, y mucho. Y faltó el enemigo tradicional del tradicional peronismo, el eje del mal nativo: la oligarquía terrateniente. Que se queja, se queja y se queja. Con y sin fundamento. Lavagna, en todo caso, era más elegante para ponerlos de patitas en la calle. “Así que les va muy mal, qué cosa, pero ¿cuánto se valorizaron sus campos en los últimos dos años?”, les preguntaba. Ahora, más retenciones y encima prohibiciones para exportar ganado. Enfrentamientos verbales, amenazas y paros, nunca trabajo y planificación, de ninguno de los dos lados. O si lo hay, nadie lo comenta, nadie se entera.

Entonces, en la plaza, corporativismo puro. Es decir, un modelo de participación política y ciudadana que se lleva muy mal con la democracia representativa liberal y moderna. A todo el festival de exaltación del nacionalismo retrógrado, mejor ni mencionarlo, por más irritante que resulte. Eso puede ser apenas anecdótico. Es mucho más preocupante que la calidad institucional se siga degradando, que el Congreso sea sólo un decorado fastuoso, que la Justicia sea avasallada y sirva sólo a los amigos. Que las medidas que deciden la suerte del país sean decididas entre corporaciones de funcionamiento poco democrático y con la ostentación de la propia fuerza como principal argumento de negociación. Que lo que el gobierno entiende por consenso y pluralismo sea en verdad sumar apoyos de cualquier lado con tal de que sea ciego e irrestricto.

¿Es posible, partiendo de una situación como la actual y como aventuran algunos como Torcuato Di Tella, imaginar para después del 2007 un sistema político más definido entre centroizquierda y centroderecha (más allá de alianzas circunstanciales y nomenclaturas) y un gobierno más preocupado en la gestión y en la previsión del mediano y el largo plazo? Difícil saberlo. Para empezar a despejar esa incógnita no estaría nada mal que K empezara a hacer lo que dice que quiere hacer.

3 comentarios:

Sine Metu dijo...

Mi opinión del discurso de Kirchner del 25 de mayo está aquí:

Farsa de Mayo

Eugenio Palopoli dijo...

No sé muy bien qué onda con quien dejó este falso comentario, que no es más que un link hacia un texto bastante pobre. Me huele a facho berreta. Quiero liberales de verdad, y que hagan comentarios, no autobombo.
Gracias.

Francisco dijo...

si, la verdad patético el facho que dejó ese link truchísimo.
Leí tu post, estoy de acuerdo con varias cosas, con otras no, como algunas frases que suenan a lugar común (justicia sólo para los amigos, ponele).
Pero lo que es seguro seguro: Cristina no es fashion, porque las peronistas no son fashion, más bien son grasas.
Te escuché en unaradio, copada la música.

un saludo