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jueves, 7 de febrero de 2008

AyS en Brasil (IX): Requebra assim


Creo que la crónica del viaje a Brasil se ha extendido demasiado. ¡Todo este palabrerío para apenas un día y medio en Río de Janeiro! Claro que a la narración estricta del recorrido se le agregaron los comentarios sobre camisetas, las reflexiones sociológico-políticas al paso, las anécdotas menores y hasta los antecedentes mismos que nos llevaron a viajar allí. Como ejercicio literario (digamos) fue bastante satisfactorio y pareciera haber tenido buena repercusión, pero empiezo a pensar que ya no va quedando mucho más que decir.

El segundo y último día completo en Río de Janeiro amaneció, al fin, bastante despejado. Nos costó mucho levantarnos después de la paliza del día anterior. Desayunamos algo más tarde y no del todo despiertos. El programa ya estaba decidido: al Corcovado, al Pan de Azúcar, todo lo que se pudiera hacer en el medio y una última y rápida visita para concretar las compras pendientes en Rio Sul.

Al Corcovado fuimos en colectivo, paseando de este modo por barrios algo más alejados de la costa, como Laranjeiras y Cosme Velho. Hasta las inmediaciones del propio Corcovado, no llegamos a notar nada que distinguiera demasiado a un barrio de otro: el mismo trazado irregular de calles y manzanas, los mismos edificios sesentosos, el mismo ritmo levemente más cansino al de Buenos Aires. Como si paseáramos por los rincones más tranquilos y rantes de Barrio Norte o Palermo.

Aún no he mencionado que sabíamos que la manera característica de subir al Cristo Redentor es tomando el llamado Tren del Corcovado, un tren turístico equivalente a nuestro Tren de la Costa aunque con una ingeniería mucho más compleja. Si bien el recorrido completo creo que no llega a los dos kilómetros, el tren sube por el cerro casi sin rodearlo, constantemente en pendiente a través de la espesa vegetación tropical, típica de todos los morros de la zona. Los trenes se componen de formaciones de dos simpáticos vagones rojos, quizás más parecidos a tranvías urbanos que a ferrocarriles. El tendido es de una sola vía, salvo en los breves tramos en donde se ubican estaciones o puestos para que se crucen los trenes que suben y los que bajan. Tanto la estación de partida como la de llegada son construcciones muy sencillas, con buena información para el turista y baños aceptablemente limpios, aunque las instalaciones en su conjunto podrían ser mucho más cómodas y atractivas de lo que son. Especialmente teniendo en cuenta la cantidad de turistas que utilizan el servicio, los cuales deben esperar pacientemente la salida de su tren sin mucho más que hacer que comprar souvenirs o mirar algunas fotos en exhibición. Se termina pareciendo a hacer la cola en el banco. No estaría nada mal, por ejemplo, hacer una linda estación en estilo ferroviario inglés, en donde se pueda amenizar la espera sentado en un cómodo café o mirando en pantalla gigante algún documental sobre la construcción del tren o del mismo Cristo Redentor. Todo convenientemente climatizado, ya que estamos. Una sugerencia para la Prefectura.

En fin, aquello estaba lleno de gente, quiero decir, de turistas. Nada de hacernos los alternativos esta vez, estábamos inevitablemente confundidos con la masa. Llegamos cerca de las diez y media y, aún con trenes saliendo cada media hora, por orden de llegada debíamos esperar hasta las doce para hacer el paseo. ¿Qué hacer? Lo de siempre, ir a ver qué onda por ahí. La estación del tren se ubica en un barrio residencial, que alterna casas y edificios sencillos con pequeños conjuntos de barrios cerrados de bastante nivel. Por esta zona se notaba un eclecticismo mayor en cuanto a estilos, se podían ver tanto antiguas casonas de las primeras décadas del siglo pasado como residencias y condominios flamantes, de estilo bien moderno, y también alguna embajada u oficina diplomática. Todo esto se ubica en la base y la ladera del Corcovado, y, si bien las construcciones apenas avanzan sobre la altura del morro, las calles y accesos para llegar allí son muy empinados. Caminar mucho por esa zona debe ser un ejercicio muy tonificante para las piernas.

Nos tocó el turno, finalmente. El ascenso era lento, el tren no puede ir a más de 25 o 30. Además del par de rieles de cualquier vía tradicional, las de este tren cuentan además con un tercer riel que funciona con un sistema tipo cremallera, para lograr mejor agarre y tracción en la pendiente. Para hacer algo más atractivo el monótono avance a través de la espesa vegetación, los encargados del paseo han agregado simpáticas esculturas pop con las figuras de la fauna de la región y otras que representan a personajes históricos o religiosos. También se han ocupado de que a los costados de las vías se ubiquen, bien visibles e identificables, los árboles y las flores más emblemáticas. El toque ecológico tan buscado en esta época.

Hasta llegar a la cumbre apenas si hay uno o dos puntos en donde se pueda observar una vista panorámica de la ciudad, enseguida la vegetación lo vuelve a cubrir todo. Pero claro, para qué apurarse, arriba de todo sólo están el Cristo y las vistas (sin mencionar los gift shops y un bar). Bueno, allí en la cumbre todo era un quilombo multicultural y plurilingüe. Turistas de variadas nacionalidades, todos unánimemente desesperados por sacarse las consabidas fotos con los brazos abiertos y la enorme estatua de fondo. Sí, nosotros también.

A pesar del día soleado, también había unas cuantas nubes bajas que por momentos tapaban todo e impedían contemplar las vistas. Pudimos sacar todas las fotos de rigor, de todos modos. Como la que muestra al Maracaná, por ejemplo. La belleza del paisaje y de la ciudad aportaba lo suyo, aunque la estatua del Cristo no me pareció gran cosa, para ser sinceros, si bien es evidente que ha sido una obra compleja y monumental. Además, yo ya empezaba a sentirme fastidioso en medio del gentío. No es tan grave, después de todo, he estado peor. Simplemente había que irse.

El descenso fue sin mayor novedad. En esos breves veinte minutos o media hora de trayecto noté lo raro que resulta hacer esta clase de paseos. Pareciera que uno no hiciera nada, pero al volver se siente cansado como si hubiese cruzado un desierto. Todavía faltaba mucho, por supuesto. Serían algo más de las dos de la tarde, había que ir al Pan y, en lo posible, comer algo rápido por ahí. Tomamos otro bondi que nos volvió a depositar media hora después frente al Rio Sul, punto de paso obligado en todos los recorridos. Allí comimos algo en… McDonald´s. Cuando se viaja uno nunca quiere ir a los malditos arcos dorados, pero siempre termina yendo. Es casi una fatalidad del turismo.

Sabíamos para qué lado quedaba el Pan de Azúcar, pero no sabíamos exactamente a qué distancia. Suponíamos que menos de veinte cuadras, así que pensamos tomar un taxi, para simplificar y hacer más rápido. El único colectivo que iba hacia allá no pasa con mucha frecuencia, ya que fuera de la estación del teleférico para subir al Morro da Urka primero, y al Pan después, lo único que hay en esa dirección es el pequeño y pintoresco barrio de Urka, precisamente. En la parada de taxis había un pibe con cara de vivo, el clásico abrepuertas listo para cagarte o sacarte una moneda. Un poco ingenuamente, le preguntamos cuánto saldría el viaje hasta el Pan. “Diez reales”, contestó. Caro, desde ya, pero razonable. Subimos, y mientras nos acomodábamos escucho que el pibito le dice algo incomprensible al tachero. “Listo”, pensé, “nos van a querer cagar”.

A tres cuadras de arrancar, el reloj del taxi seguía apagado. Le pedimos que lo prendiera. “Jdlja´fkdsf pla pla pla”, fue la respuesta. Insistimos. “No hace falta, ustedes dijeron diez reales”. Claro, qué boludos que somos, discutiendo no íbamos a llegar a ningún lado. “No te la voy a dejar tan fácil, tachero del orto”, pensé. Al llegar, me bajé rápido, la dejé a Evan pagando y fui a buscar a un cana. Se la hice corta y en español, obligándolo de salir del patrullero en donde estaba cómodamente instalado. Me miró con cara de “No me rompas los huevos”, pero allá fue, a cumplir con su deber. Lo paró al tachero –no había tenido tiempo de irse, aquello era un quilombo de coches, micros y turistas-, lo hizo estacionar y bajar. Con Evan mirábamos de lejos. El cana le habrá dicho algo así como “No seas boludo, si vas a cagar a los turistas no la hagas tan evidente, manejala mejor.”. El caso es que al toque volvió el tachero, con un billete de dos reales a modo de vuelto y pidiendo disculpas. Quedé feliz de la vida, claro está. No era por la guita, era por el honor. Los argentinos podemos ser los peores soretes inservibles, pero que nos quieran tomar por boludos, eso nunca.

Así que listo, con la conciencia tranquila y otra anécdota pelotuda para contar, ya podíamos hacer otra cola. La del teleférico. Otra vez, quilombo de gente y todo muy lento. Para hacerla corta, en el Pan de Azúcar sí que lo disfruté. Es más bajo que el Corcovado, pero la vista es mucho más linda, con las playas, la bahía y la ciudad de frente. Además de los obligatorios bares y gift shops, hay un paseíto para caminar por el morro, entre los árboles y las cañas. Estaba lleno de pequeños monos, de esos que los ves y decís “aaaaahhh, qué dulce”. Una mona llevaba a su cría en la espalda, muy Nat Geo. Estaban esos bruites epantosos revoloteando por toda la bahía. No sé qué mierda buscan, supongo que los tachos de basura o algún animal desprevenido o moribundo, no sé. Y también hay una vista privilegiada del aeropuerto Santos Dumont, de los despegues y aterrizajes. Nunca había visto despegar a un avión de frente y desde una altura superior.

Al bajar, en la parada del Morro da Urka estaban los de la tele grabando una promoción del carnaval. Un grupo de no más de treinta músicos y bailarinas de diferentes escolas do samba le daban a los tambores y al meneo de caderas. Para qué agregar otro lugar común. Son impresionantes, por más que ni loco iría al sambódromo y el carnaval me hastía más allá de la hora y media de espectáculo. Y por qué no decirlo, ya que estamos: las comparsas y murgas de Buenos Aires (y también las de la tristemente célebre Gualeguaychú) no resisten ni la más mínima comparación con el carnaval carioca. Son un montón de muertos de hambre, parecen un circo de pesadilla. Ni hablemos musicalmente, la variedad de ritmos y sonidos de la percusión brasileña es un universo de posibilidades al lado de los bombos y platillos retardados de los corsos de acá. Quizás no queda bien decirlo, porque desde hace un tiempo la murga porteña tiene muy buena prensa entre los progres. Se la rescata por el dudoso mérito de ser un arte “popular”. Nada demasiado grave, por otra parte, si además la estupidez política unida al predicamento cultural de la progresía no hubieran generado las siguientes y demenciales decisiones:

- Que un grupo de murgas sean subvencionadas por el gobierno porteño con no sé qué millonada de pesos.

- Que durante todos los fines de semana de febrero y los tres días de carnaval propiamente dichos las principales avenidas de varios barrios se cierren al tránsito para permitir la celebración de los “corsos”. Que la cantidad de espectadores a estos espectáculos sea insignificante, haciendo aún más injustificables los trastornos para los vecinos de una ciudad ya lo suficientemente desquiciada, no parece importarles mucho a los progres.

- Que el gobierno de la ciudad decrete asueto administrativo durante esos tres días de carnaval, por más que la basura nos llegue a la cintura, las oficinas públicas sucumban bajo el peso de sus expedientes o los hospitales sean demolidos hasta sus cimientos por las ratas.

- Que actores o conductores de TV con mucha “sensibilidad social” hagan programas para los canales oficiales en los cuales demuestran lo buenos que son, retratando las “historias de vida” de los murgueros.

Todos estos inauditos eventos se han repetido aún bajo el nuevo gobierno porteño, cuyas autoridades ya han dado alguna muestra de sensatez anunciando la intención de revisar estas acciones promovidas por sus predecesores. Espero que no sean sólo intenciones.

Releo el primer párrafo de este post y veo que estaba equivocado. Tenía unas cuantas cosas todavía para contar y decir. Espero que con una sola nota más sea suficiente.

lunes, 4 de febrero de 2008

AyS en Brasil (VIII): Conversación en la catedral


Siguiendo con nuestro recorrido, luego de pasar por Cinelandia y de subir por una calle lateral de recorrido irregular encontramos un lugar al que llaman Arcos de Lapa, una zona que –nos había dicho el chofer del primer día- a la noche se ponía onda Palermo Soho. Fuimos hasta ahí, de día no había nada. Subimos por otra calle medio descampada para dar una vuelta y volver a la avenida Rio Branco, pero en eso divisamos, a unos cien o doscientos metros, un edificio verdaderamente demencial. Una enorme estructura de hormigón con paneles cuadriculados, en forma de cono truncado. Parecía un reactor nuclear. Corrimos a ver qué era, por más que en esa calle sólo había una estrecha veredita y los coches y bondis nos pasaban a centímetros. ¿Qué era este lugar misterioso? Ni más ni menos que la Catedral de Río de Janeiro. Si el exterior impresionaba por su estructura racionalista o brutalista (algo así dijo mi amigo el arquitecto), en la onda de lo que Oscar Niemayer hizo en Brasilia, el interior sorprendía por el efecto lumínico y espacial. Cuatro líneas de vitraux que se juntaban en el techo formando una cruz igualmente vidriada me remitieron a aquella torre cilíndrica de Berlín, la nueva catedral construida al lado de las ruinas que quedaron de la vieja después de la Segunda Guerra. En la de Berlín, todo sorprendía por la coloración azul de los vidrios, la cual creaba una ambiente de ensueño. La de Río era de menor intensidad lumínica al ser menor la superficie vidriada, pero los múltiples colores la hacían más psicodélica.

Después de descansar un poco –el cansancio y el hambre empezaban a pesar- proseguimos cruzando otra avenida en medio de un espacio bien abierto y sembrado de rascacielos, como en la zona porteña de Catalinas. Tomamos la avenida República de Chile, en la cual se destacaba claramente de los otros el edificio central de Petrobras, una estructura del estilo del Banco de Londres que hizo Clorindo Testa en la city porteña, pero tres veces más grande y alta. Todo en Brasil tiene que ser más grande. Por ejemplo, los argentinos llevaron a Búzios los churros con dulce de leche, pero el tamaño de esos churros parecía el de un consolador de película porno.

Avanzando unas diez cuadras por allí esperaba encontrar la avenida Vargas. Pero antes de llegar nos topamos con la parte más antigua del centro, un conjunto de manzanas –éstas sí- cuadradas y apiñadas, en ciertos tramos parecido a San Telmo, en otros a Constitución. Eso también me interesaba. Después de cruzar una plaza parecida a Once encontramos el mismísimo barrio del Once. Pero mucho más lindo que el original. Se trataba de un grupo de calles –una de ellas la rua Buenos Aires- cada vez más angostas hasta volverse peatonales, repletas de tiendas de textiles, bazares y negocios de todo tipo de porquerías. La foto es algo engañosa, parecería que el lugar fuera bastante prolijito Y no, para nada, era totalmente caótico. Pero para nada mugriento ni maloliente. Hay que decirlo de una vez: al lado de todo el centro de Río de Janeiro, Buenos Aires es un basurero.

Yo sabía que por ahí podría haber algún negocio de camisetas medio oculto, de esos en los que se encuentra lo más inesperado. Pero no, justamente ahí, no. No sé si este barrio del Once a la carioca tendrá un nombre, lo cierto es que era muy divertido recorrerlo. Casi todos los edificios eran viejas casas de dos o tres plantas, estilo portugués, con los locales en la planta baja y bastante bien conservados. El ajetreo era importante, y desde altavoces colgados de los postes de luz cada cincuenta metros transmitía una especie de radio del barrio, con fragmentos de música grasa y anuncios publicitarios de los locales de la zona vociferados por una excitada pareja de locutores tipo Rina Morán y Beba Vignola. Aprovechamos para parar un poco y comer alguna porquería en uno de los tantos bolichitos con barra casi a la calle. Un sandwich que no estaba tan mal, después de todo. Y el primero de los batidos de açai, una suerte de espeso licuado de una fruta local, mezclada con polvo de guaraná y granola. Muy rico.

En menos de veinte minutos ya estábamos listos. Yo me sentía absolutamente en mi salsa. Y no ver a casi nadie por esa zona con aspecto de turista me llenaba de orgullo. Una de estas calles, ya casi pegada a la avenida Vargas, culminaba en una plazoleta en la cual se había instalado una feria tipo bolishopping. Ahí sí había camisetas, todas truchas, desde ya. Igualito a Retiro. Creo recordar que ahí nomás, enfrente de esta feria, estaba la rua Uruguaiana. En esa calle, como a media cuadra vi un local. “Ahí hay camisetas”, pensé. Debo haber desarrollado alguna clase de olfato o radar (para lo primero, tengo con qué), porque sí, efectivamente, ahí estaba un negocio llamado Cavacas, al cual me referiré luego.

Salimos a la Vargas y volvimos a la Rio Branco. Caminando bien atentos, prestando atención a todo, entrando a los baños de una de las muchas galerías sesentosas del Centro que se quieren hacer pasar por malls poniendo carteles en la entrada que invariablemente incluyen la palabra “shopping”. Al mejor estilo europeo, para entrar a estos baños había que pagar, digamos un real o algo así. Y estaban impecables, hay que decirlo. Por otra de estas calles encontramos una confitería hermosa, la Colombo, la cual creo haber visto en un programa de Narda Lepes. El antiguo edificio de estilo portugués –supongo- parece estar siempre atestado de gente, al punto que había que hacer cola para ingresar. También se podía tomar algo en la barra de la entrada, pero no había tiempo. Los porteños, que somos unos vivos de aquellos, hace por lo menos diez años que tenemos la Confitería del Molino cerrada. No hay caso, no aprendemos.

Algunas cuadras más y fue suficiente. Preguntamos por algún colectivo que nos llevara a Ipanema. Además de que queríamos conocer el famoso barrio y su playa, tenía algo muy importante que hacer. Terminado aquel trámite indispensable, ya pasadas las siete de la tarde decidimos emprender el regreso al hotel. Caminamos todo lo que pudimos por el barrio y la playa de Ipanema, pero estaba claro que la distancia hasta Leme era demasiado para nosotros como para seguir a pie. Tomamos otro colectivo, que al salir de Ipanema y entrar a Copacabana lo hace por su avenida principal, la Nossa Senhora de Copacabana, otra calle comercial más del estilo de Rivadavia a la altura de Caballito. Vi desde el bondi algunas casas de deportes que prometían, pero que me quedaría sin conocer. Todo no se puede.

Llegamos al hotel, a descansar un poco. Teníamos un hambre de lobos y de la cintura para abajo el cuerpo se reducía a un único y homogéneo latido de dolor. El hotel tenía ciertas comodidades para nada despreciables. Gimnasio, sauna, bar y pileta en la terraza del piso 21. “¡Una beshezzzza!”, diría el Bambino. El cielo ya oscuro parecía despejarse y en aquel piso el viento pegaba fuerte. Nada de pileta, pero sí reposera y caipirinha de garrón, cortesía del hotel. De cara al cielo de Río y a las lucecitas de alguna favela menor sobre el morro más cercano, vimos surgir de entre las nubes más bajas una aparición espectral: ni más ni menos que el famoso Cristo Redentor, allí arriba y a lo lejos iluminado por potentes focos, rodeado de nubes que lo descubrían sólo por breves momentos. El efecto era bastante impresionante. Era lo que faltaba ver, supongo, ese inconfundible lugar que esperaba visitar al día siguiente.

Comer en el hotel o en casi cualquier restaurant del área era imposible. La solución terminó siendo muy digna: uno de los puestos en la playa, con mesitas y sombrillas. Lo más razonable era pedir “peixe”. No soy muy fan del pescado, pero ni loco pedía una hamburguesa o un churrasco ahí. El plato resultó bastante rico y abundante, fresco y preparado en el momento. Algún pescado frito y rebosado. “Apenas” 20 reales, más cervecita Skol y agua mineral. La cerveza para Evan, por supuesto.

Eso fue todo, ya eran como las once. A dormir, que al día siguiente había que seguirla.

viernes, 1 de febrero de 2008

AyS en Brasil (VII): Historia de dos ciudades



Volvamos un poco al relato del viaje. A eso del mediodía de la primera jornada completa en Río de Janeiro salimos del recorrido por el centro comercial Rio Sul habiendo comprado apenas un par de pavadas y dejado en agenda algunas otras cosas, como la camiseta del Blackburn Rovers que finalmente me llevé. Habíamos “desperdiciado” algo más de un par de horas de valiosísimo tiempo encerrados allí con la esperanza de que las condiciones meteorológicas mejoraran.

No fue así. Al salir del mall el día estaba tan nublado y con amenazas concretas de lluvia como al entrar. Entonces decidimos ir a conocer todo el Centro de la ciudad, dejando los obligatorios paseos por el Corcovado y el Pan de Azúcar para cuando apareciera el sol (que recién lo hizo al día siguiente). Habría lamentado mucho irme de Río sólo conociendo su versión nublada. Cualquier ciudad cambia mucho bien iluminada por el sol, más todavía una con las vistas de Río.

Buscamos entonces un colectivo que nos llevara al Centro. Los bondis cariocas son bastante distintos a los porteños. Son mejores, claro. Por empezar, tienen tres versiones: la básica a 2,10 reales el boleto, la básica con aire acondicionado a 2,25 y una más cómoda a 3,15, si mal no recuerdo. Es decir que, por tarifas bastante similares entre sí (y sin los subsidios ridículos y corruptos de la Argentina) están disponibles diferentes opciones que permiten un viaje razonablemente cómodo.

Otra diferencia viene dada por la particular topografía de la ciudad. Río no es un lugar en donde haya muchas manzanas con la típica disposición en cuadrículas de nuestras localidades, sino que en muchos casos los colectivos deben hacer rápidos recorridos por avenidas que rodean un morro, o que corren paralelas a la línea costera o que atraviesan túneles, o por puentes que conectan con otras avenidas. Esto dinamiza bastante el viaje, ya que en estos corredores no hay circulación peatonal y, consecuentemente, tampoco hay paradas cada dos o tres cuadras que obliguen a cargar y descargar pasajeros. Por este motivo, llegar hasta el Centro desde Rio Sul no tardó ni diez minutos, ya que el bondi corría a toda velocidad por la avenida que bordea las bahías de Botafogo y Flamengo. Distinta fue la historia cuando hubo que entrar en barrios algo más alejados de la costa, como Laranjeiras, camino al Corcovado. Allí la circulación sí se trababa y se hacía lenta, pero nunca exasperante, ni siquiera en horas pico.

Frente a la salida de Rio Sul estaba uno de los contados grupos de paradas para varias líneas. Le preguntamos a un guarda cuál nos convenía tomar, y podía ser casi cualquiera. Subimos enseguida al primero de los muchos que venían y tuvimos que enfrentar al boletero, a su cubículo y su molinete. Aquí, nada de máquinas. La tarifa era única, pero en el único instante de duda que tuvimos, el boletero aprovechó para cagarnos con el vuelto. Se hizo el boludo, miraba para otro lado y no decía nada, o apenas monosílabos incomprensibles. Típico del que te está cagando. “Muy bien”, pensé, “primer y último vivo que me caga, al menos, tan descaradamente”.

No había mucho tiempo para distracciones, ya veíamos los edificios principales que habíamos alcanzado a ojear la tarde anterior. Nos avivamos y nos bajamos en la última parada que había antes de que el bondi encarara la subida a una autopista con rumbo desconocido. Menos mal. Había un edificio de la Fuerza Aérea, y al lado nos dimos cuenta de que estaba el aeropuerto de cabotaje, el Santos Dumont. Cruzamos las anchas avenidas por un puente peatonal y ya estábamos en una punta del Centro.

Sobrevino allí un breve momento de confusión. No podíamos encontrar el correlato entre el mapa que llevábamos con sus principales referencias y la ciudad real. Avanzamos un par de cuadras y el panorama se aclaró algo. Estábamos frente a los imponentes edificios de los poderes públicos: tribunales, ministerios, dependencias varias. Ni siquiera los nacionales (mudados a Brasilia en 1960), apenas los estaduales. El tamaño y la belleza de estos edificios hacían pensar en sus equivalentes porteños como propios de maquetas. Había algo que nos hermanaba, pese a todo: a cargo de una manguera y un balde para limpiar la vereda de uno de esos mamotretos había una cuadrilla de no menos de seis o siete empleados públicos. Tranquilos, garotos, no se esfuercen mucho.

En medio de tanto poder estatal, alguna iglesita antigua y raquítica, y también alguna otra más importante, del estilo de las catedrales. Breve digresión: es increíble (hasta incomprensible para un ateo como yo) el fervor religioso de los brasileños. La iglesia católica debe retener una cuota nada despreciable de poder, pero evidentemente ha resignado mucho más en manos de decenas de iglesias o sectas evangélicas, siendo bastante notoria la presencia de nuestros conocidos de la iglesia universal del reino de dios. Y no son meros edificios, en absoluto. Tanto en Río como en Búzios, a casi cualquier hora que se pasara por estos lugares se podía ver al predicador, pastor o no sé qué dando uno de sus furibundos sermones, acompañado por la característica bandita de teclado, guitarra, bajo y batería. Puro rock cristiano. Y además llamaba mucho la atención la cantidad de carteles en calles, negocios y casas -así también como de calcomanías en los vehículos- con variadas inscripciones del estilo “Sólo Dios es fiel”, “Jesús salva”, “Que Jesús bendiga a mis clientes” o “Jesús va conmigo, ¿y con vos?”. No me quiero poner paranoico a futuro, pero cada tanto me pregunto qué nos puede llegar a suceder a los ateos cuando todas las guerras sean religiosas y abiertas.

Pudimos darnos cuenta, finalmente, que de todas las calles céntricas las más importantes eran la avenida Rio Branco y la Getulio Vargas. Pero en la Rio Branco se concentraban los edificios de oficinas, los negocios más importantes y las joyitas de la arquitectura: el Teatro Municipal, la Biblioteca, el Museo de Bellas Artes. Y en uno de los extremos se ubicaba lo que llaman Cinelandia, una manzana irregular con algunos hermosos y antiguos cines (funcionando como tales, no como en Buenos Aires). El más grande (olvidé su nombre) era auspiciado y mantenido por Petrobras. Pudimos notar que casi todos los emprendimientos culturales –y otros varios más- en Brasil los banca Petrobras, de una manera bien ostensible. La foto que me saqué es frente a otro cine más chico pero de llamativo estilo morisco, realmente encantador. Lástima no poder ver una película.

A todo esto, la mayor parte del tiempo nos acompañaba la llovizna, cuando no una lluvia hecha y derecha. Pero no importaba, metíamos las narices por todos lados. Plazas, peatonales, galerías con todo tipo de locales comerciales y de comidas, en el estilo del pasaje subterráneo bajo el Obelisco en Buenos Aires. De esto se trataba cuando hablaba de tomarle el pulso a Río. Mirar a las personas, ver cómo caminan, cómo se visten, cómo hablan, cómo gesticulan. Ya sería hora de aclarar además que Río de Janeiro es efectivamente una gran ciudad moderna, superpoblada, repleta de vehículos y en constante ebullición. Pero –siempre según lo que pudimos apreciar en los barrios principales del centro- era patente que el de Río es un caos mucho más soportable que el de Buenos Aires o el de San Pablo, según lo que dicen los propios paulistanos. Diría que es casi un caos amable. Siempre hay que matizar las observaciones hechas en vacaciones, pero no percibimos en Río esa sensación de olla a presión a punto de explotar que se siente aquí. Todo funciona un cambio más abajo. La gente parece más relajada. Aprovechando las grandes playas y el clima cálido todos los días se ve gente paseando, andando en bici o en rollers, o haciendo footing. Nadie parece tener ninguna clase de complejos en cuanto a su físico, hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos, todos se visten con lo que se les ocurre, sin importar su estado atlético ni –obviamente- alguna prevención por la estética. Como divirtiéndose del lugar común, casi todas las chicas compiten por encontrar la tela más ajustada para sus ropas, el color más flúo o chillón, el estampado más llamativo. Van casi siempre trepadas a ojotas, sandalias o zapatos con plataformas y tacos que nunca son inferiores a los quince centímetros. El maquillaje que usan rebaja el look de nuestra presidente Fernández al de una monja de clausura.

Son conocidas las persistentes desigualdades de la sociedad brasileña, las que los hace bromear diciendo que desde hace décadas el Brasil es la potencia del futuro… y siempre lo será. Yo les recomendaría tener un poco más de paciencia, porque me parece que desde que Fernando Henrique Cardoso hizo los deberes y le allanó el camino a Da Silva para éste que metiera el gol con la pelota picando frente al arco (la misma pelota que en la Argentina los K ya se encargaron de mandar a la tercera bandeja, por más que la tribuna grite el gol), las cosas serán muy diferentes en este país. Para mejor, claro. Leí alguna vez alguna nota periodística livianita en la cual un progre brasileño muy apurado, no sé si algún político, un intelectual o un taxista, decía que admiraba de los argentinos ese espíritu rebelde que los lleva a protestar ante las injusticias, siendo que en Brasil todos se encogían de hombros y aceptaban lo que viniera. Si supiera este pobre hombre lo equivocado que está. Si supiera lo que es vivir en esta sociedad histérica e infantil, abandonada a la eterna victimización, a la extorsión corporativa, al desprecio por las instituciones y la autoridad, a la irresponsabilidad absoluta en el manejo y la utilización de los espacios (y las vidas) propias y ajenas, a la idealización de la pobreza y la marginación como el último reducto de pureza que el afán de lucro, la competencia y el consumismo (los supuestos males del mundo, que son en verdad buena parte de sus soluciones) no han podido mancillar.

Quizás por esta falta de histeria, quizás por desinterés, quizás por mero sentido común, no nos cruzamos en Río de Janeiro con protestas o cortes de calles, no presenciamos discusiones o eventos violentos, la policía (famosa en Brasil por su rudeza) era una presencia por demás discreta, los automovilistas, taxistas y colectiveros no parecían suizos pero tampoco hacán de su bocina un elemento de tortura. Otro indicio: no se ven muchos autos chocados o con reparaciones recientes.

Y también podría agregar: las plazas, calles y veredas no son de una pulcritud sajona, pero están en mucho mejor estado que las de Buenos Aires. Las playas masivamente visitadas de Copacabana e Ipanema se ven limpias, quizás porque la gente es cuidadosa o porque la Prefeitura (Municipalidad) se ocupa muy bien de limpiar. De hecho, vimos cómo lo hacía al anochecer, con grandes tractores que rastrillan constantemente la arena. De la cuestión de las famosas favelas y de la violencia narco no puedo decir nada, pero por lo que he sabido la ciudad ha mejorado mucho desde que las autoridades optaron por cambiar una política de erradicación por otra de urbanización, abriendo calles e instalando los más básicos servicios públicos y sanitarios. Claro que no debe ser un paraíso vivir allí, pero estoy seguro de que debe de ser mejor que en nuestras inhumanas villas, acerca de las cuales se promete mucho pero no se hace absolutamente nada. O lo poco que se hace resulta contraproducente.

Por supuesto, mirando un rato los noticieros locales encontrábamos a los clones brasileños de los locutores hipócritas y demagogos de la TV argentina, mostrando cada tarde las violentas tragedias cotidianas de San Pablo y Río y quejándose amargamente de la lamentable labor de los políticos brasileños. También seguimos en el diario O Globo los pormenores de un intento de rebelión fiscal contra la Prefeitura –apoyado u organizado por el diario- para que no se usaran las cuotas del impuesto municipal de este año con fines electoralistas, acusando a la administración de ineficiente y dejada. Se señalaban desórdenes varios, transporte público clandestino, mobiliario urbano o postes de luz caídos o rotos sin ser repuestos y un fenómeno de “favelización” creciente en varios barrios. Imposible poder comprobar cuánto de verdad hay en todo eso. Sólo puedo concluir en que Río de Janeiro parece ser una ciudad mucho más humana que Buenos Aires.

miércoles, 30 de enero de 2008

AyS en Brasil (VI): Camisa retro da Ipanema


Me está faltando tiempo para continuar con el relato del viaje, así que voy a referirme específicamente a un negocio genial que tuve la suerte de visitar: Liga Retrô.


Si conocen la historia y el sitio de TOFFS, alcanza con decir que Liga Retrô es una versión brasileña del precursor y líder mundial en el mercado de réplicas de camisetas retro. Una versión mucho más reducida, por cierto, pero excelentemente realizada.

Conocí el sitio como casi todo en Internet, medio de casualidad por un link en el completísimo blog Minhas Camisas al buscador Buscapé, en su versión Brasil. Me llamó instantáneamente la atención el diseño de la web de Liga Retrô, muy elegante y con una estética apropiada para sus productos. Noté también que el surtido de camisetas era limitado, imagino que por falta de mercado o por lo novedoso del proyecto, no lo sé. Pero con lo que había publicado fue suficiente como para que un delgado hilo de baba comenzara a chorrear por mi boca. En síntesis, había camisetas retro de equipos brasileños conocidos y no tanto, de los más famosos clubes extranjeros y también réplicas de casacas emblemáticas de seleccionados, famosas por su distinguida estética o por recordar algún evento glorioso para su historia. Completaban el panorama una breve colección en talles infantiles, otra con cortes femeninos, alguna camiseta famosa de otras disciplinas y también unas simpáticas pelotas de cuero de estilo antiguo.

Si bien la idea del proyecto no era nada original, lo más llamativo era el notable cuidado por los detalles en la elaboración de los artículos y en su presentación. El site explicaba, con textos e imágenes, que lo que distinguía a Liga Retrô era la alta calidad del algodón de sus camisetas (aún cuando la original replicada no fuera necesariamente de ese material, un detalle que TOFFS sí parece respetar). Las imágenes de todos los productos eran acompañadas por fotos de las casacas reales para comparar con sus réplicas. Cada artículo era presentado además con una breve sinopsis de su historia firmada por un periodista de ESPN Brasil. Se especificaba también que todos los productos se entregaban dentro de un lindo sobre de papel y con tarjetas conmemorativas. Una pinturita.

Los precios no eran baratos, claro (entre 90 y 110 reales, dependiendo del artículo). Y tampoco hacían envíos al exterior. Pero un dato me llamó también la atención: tenían un local en el mundo real, y éste no quedaba en la más previsible San Pablo, sino en Río de Janeiro. Por supuesto que en cuanto se confirmó que viajaríamos a Río supe que sería obligatoria una visita a esa tienda. En el site estaba la dirección, Rua Visconde de Pirajá 303 - Loja 201, Ipanema. Sin saber casi nada de Río, al menos la ubicación en el barrio de Ipanema indicaba que no sería complicado encontrar el lugar.

Y en efecto, no lo fue. Ya casi al final de nuestro primer día en Río, luego de un extenuante recorrido por todos los barrios céntricos de la ciudad (que espero poder relatar en otra oportunidad) llegamos en colectivo a un lindo parque en Ipanema. No hacía falta ninguna excusa para ir allí, por supuesto que también queríamos conocer el famoso barrio. La calle Pirajá resultó ser una importante avenida comercial, notablemente más sofisticada que las restantes del Centro o de Copacabana. Similar al tramo de la porteña avenida Santa Fe que va desde un poco antes de avenida Callao hasta la Plaza San Martín, digamos. Pero no tan ancha y con muchos menos tránsito. Si bien no vimos en Río una presencia exagerada de las grandes marcas internacionales (quizás presentes en Tijuca, no lo pudimos saber), sí estaba claro que los negocios de esta calle eran de categoría y que el público consumidor era de clase media-alta. Encontramos fácilmente la galería que buscábamos, subimos al primer piso por una escalera mecánica y allí nomás estaba. Internet no me había mentido.

Como se puede apreciar en las fotos, el local de Liga Retrô estaba a la altura del site. Muy sencillo, prolijito, decorado con buen gusto, sin ningún secreto. De un lado, dos percheros con muestras de todas las camisetas. Del otro, preciosos cajones rotulados con la imagen del producto almacenado, conteniendo todos los talles que no estaban en exhibición. En el mostrador, las pelotas estilo antiguo y algún material de promoción. Una pantalla de tamaño considerable pasaba imágenes de viejos partidos, mientras que por los altavoces del local se escuchaban registros reales de canciones de aliento cantadas por hinchadas de todo el mundo. Los únicos que no parecían del todo cómodos eran los dos empleados, disfrazados con bermudas oscuras sujetadas con tiradores, camisa blanca y gorra. Supongo que representaría el atuendo característico de los asistentes técnicos en alguna época, o algo así. Más allá de eso, la atención fue impecable.

Decidir qué comprar no fue fácil. Nunca lo es en verdad, y menos cuando se está tan limitado por los precios. Había descuentos comprando más de tres remeras, pero no podía gastar tanto. Y la tentación estaba, claro. Habría que aclarar nuevamente (nunca son pocas las veces) que en muchas ocasiones puede haber diferencias importantes entre una foto o una imagen vista en internet y la camiseta real. Algunas que se veían geniales en la pantalla, en vivo no lo eran tanto (Austria, Italia, El Salvador). Otras cumplían con las expectativas (Camerún, Japón, Holanda) y otras sorprendían por lo bien que se veían allí (Zaire, Uruguay, Suiza, la del seleccionado de volley de Brasil de 1984 y varias más). Había que tener en cuenta muchos factores: el color, la originalidad, el diseño, la afinidad con el equipo o el seleccionado (y con el país representado, desde ya), la historia detrás de tal o cual casaca. Por ejemplo, la de Zaire era muy linda, pero la camiseta no parecía de fútbol, a pesar de la fidelidad de la réplica. Se trataba además de un mamarracho de equipo que fue a Alemania ´74 a hacer el ridículo. La de Uruguay me encantó, pero me parecía una afrenta al país anfitrión comprar la camiseta del Maracanazo. La de volley de Brasil me dejó muy caliente, porque estaba buenísima y quería llevarme una remera brasileña que fuera distinta. Pero estrictamente hablando, no era una camiseta de fútbol. La de Turquía era muy linda, pero está el problema del choque de las civilizaciones huntingtoniano. La de EE.UU. también, pero nunca me gustó el escudo de la asociación, muy de soccer. La de El Salvador desilusionaba al verla puesta: me hacía parecer a un empleado de Blockbuster, o algo así.

Así que me incliné por una candidata que traía desde Buenos Aires: la de Los Leones Indomables de Camerún, en España 1982. No hace falta describirla, es tan linda como se ve en las fotos. La original fue una de las creaciones más geniales de Le Coq Sportif. No tenía ninguna camiseta verde, hasta ahora. Y Camerún sí se ha vuelto una tradición futbolística respetable.

Ya la tengo acá en casa, guardada con su sobre y sus tarjetas conmemorativas. Me da mucho miedo, pero la voy a tener que usar.


viernes, 25 de enero de 2008

AyS en Brasil (V): Homo consumiens


Para el primer día completo en Río de Janeiro pusimos el despertador muy temprano, como a las siete y media de la mñana, o algo así. Imposible, estábamos tan cómodos en la cama que hasta las nueve ni pudimos movernos. Pero bueno, sabíamos que había que salir, sí o sí. Y había que prepararse para un largo día.

El primer paso era el de todo turista argentino que visita cualquier hotel de pasable para arriba en el extranjero: tomar un desayuno digno de búfalos hambreados. Cosa de ir tirando hasta la tarde, ¿vio?, después un sanguchito y aguantamos hasta la cena.

El problema es que los argentinos en general no estamos acostumbrados a comer mucho a la mañana. En lo personal, me gusta desayunar con cosas dulces, pan, tostadas, budines, dulce de leche, mermeladas… O quizás también más a la americana, con cereales y yogur. Pero nada de frutas a la mañana, por favor. Y menos esos espantosos huevos revueltos con salchichas, o no sé si algo peor. Tan sólo el olor que desprende eso me da arcadas.

El resultado final es que el desayuno de hotel internacional, eso que parece de tanta categoría, termina siendo siempre como dos o tres desayunos comunes a la vez, lo cual nos dejó con un revoltijo de estómago considerable y ganas únicamente de echarnos a hacer la digestión como pitones saciadas. Y por supuesto, cómo no llevarse un yogur o un par de bananitas “para después”. Todos lo hacemos con algo de culpa. Peor es robarse las toallas de la habitación, después de todo. Y no, eso no lo hice nunca.

Pero nada de excusas, había que salir. ¿Por dónde empezar? No lo sabíamos de antes y hasta ese momento nadie había tenido la delicadeza de informárnoslo, pero unos días más tarde una guía argentina que trabajaba en Búzios nos diría que enero es el último mes de la estación lluviosa en Río de Janeiro y la zona de los lagos, estación que empieza en octubre. Y aquel día había amanecido como el anterior: nublado y con amenaza de lluvia. Nos parecía muy raro, pero nada de desanimarnos.

Hasta que el tiempo mejorara un poco, ¿qué se podía hacer que no fuera en espacios abiertos, y que tuviéramos pensado hacer de todos modos? Fácil: shopping. Sabíamos –por el chofer del día anterior- que dos de los más conocidos centros comerciales eran el gigantesco de Barra de Tijuca y el más pequeño y sofisticado Rio Sul. El de Tijuca quedaba en la otra punta de la ciudad, y Rio Sul apenas a unas diez cuadras. Hasta qué punto este mall podría ser sofisticado sin ser para magnates, no lo sabíamos. Pero era más fácil empezar por lo más cercano y después ver.

Caminamos, con un mapita sencillo que nos habían entregado en el aeropuerto, tratando de empezar a entender cómo “funcionaba” esta ciudad. Por la calle del hotel hasta la avenida Princesa Isabel, que imagino que separa Leme de Copacabana. Hacia allí a la derecha y apenas a las tres cuadras ya estábamos frente a un morro, con la posibilidad de atravesarlo por un túnel vehicular ancho y muy transitado, con una mínima veredita para peatones al costado. Dos cuadras y media de túnel generan una sensación extraña. Como que no debíamos estar allí. Pero había otros pocos peatones en dirección contraria, así que seguimos.

Menos de una cuadra después de haber salido del puente, pegadito a una iglesia con varias devotas en la puerta vendiendo velas y haciendo no sé que otras cosas misteriosas, ya estaba el esificio de Rio Sul. Como ya dije antes, casi todo está muy pegado a casi todo en Río. El centro no parecía ni tan chico ni tan sofisticado como nos habían dicho, lo cual era ideal. Poco público, el típico de las diez de la mañana, el del estereotipo machista: señoras al pedo gastando la plata de sus maridos. Antes o después de vaya uno a saber qué más.

¿Qué buscaba yo? Camisetas de fútbol que no se consiguieran en Buenos Aires, nada más. No quería enroscarme con ropa de hombre que sabía que me iba a gustar pero que no podría pagar por el maldito cambio desfavorable. Ya no compro discos, se los pido prestados al Burrito. Libros en portugués, no me parecía. ¿Y qué buscaba Evan? Con los discos y los libros ella hace lo mismo. Sólo buscaba toda la ropa que le gustara. Es decir, casi toda la que había.

Se estableció de ese modo un equilibrio natural. Los dos podíamos estar por segmentos de tres cuarto de hora ocupados con nuestras cosas y haciendo esperar al otro (o pidiéndole su opinión). Sólo que ese tiempo yo lo gastaba en dos o tres locales, y ella, en veinte. El resultado fue previsible, cada uno compró (o dejó fichado para después) lo que deseaba más que ninguna otra cosa. Zapatos ella, camisetas yo.

Llegó entonces el momento de hablar de lo que vi del mercado brasileño de camisetas nuevas, que en Río se limitó a las cadenas de deportes presentes en Rio Sul, unos cinco o seis. Fuera de allí, hubo otros dos locales importantes que serán mencionados más adelante. Además de ferias callejeras y algún sucucho de galería en el centro de la ciudad. Lamentablemente, no retengo los nombres de los locales que visité, excepto los de aquellos en donde compré algo, porque conservé las bolsas.


El primero que vi resultó ser el más grande y mejor provisto. Material y equipamiento para varios deportes. Y un surtido de camisetas bastante importante, claramente segmentado por marcas. Primero, los hits más obvios: Nike con sus casacas del Flamengo y del seleccionado de Brasil. Las del Fla estaban por todos lados, muchos modelos, algunos retro, nada que me enamorara. Y de Brasil estaba el nuevo modelo titular, recientemente lanzado en su versión normal y también en una más económica, parecida pero con menos detalles y un cuello más básico. Esperaba encontrar la nueva alternativa azul, de la cual ya circulaban imágenes en internet, pero aún no había sido presentada oficialmente. Todavía no estaba.

Seguía el perchero de Kappa. El hit era la del Botafogo –como ya mencioné-, pero también había algo de algún club europeo. Nada demasiado importante allí. Pasamos luego a Puma. Había muchas cosas de esa marca, con todo el material del Cruzeiro y el Gremio al frente. También de muchos seleccionados africanos y europeos, pero ninguno de los modelos recién presentados. Lástima, buscaba las nuevas alternativas de Austria o Italia. La del Cruzeiro era muy linda, pero con publicidad en las mangas, elemento que descalifica automáticamente.

A continuación, Reebok. Muy agrandada por el momento del Inter de Porto Alegre y por el local Vaso da Gama. Muchísimas cosas de ambos, algunas bastante lindas, como la negra con franja blanca del Vasco, en un estilo muy básico y elegante. Pero me pasa como a tantos, no tengo onda con esa marca. Proviniendo de Estados Unidos, nunca logró entrar de lleno al mundo del fútbol, por más que haya contratado al Liverpool, a Colombia, a la Argentina y a otros pesados. Quizás le faltó la prepotencia de Nike, que sí logró instalarse, y cómo. Muchos sospechan que en un futuro próximo Reebok será algo dejada de lado en lo que respecta al fútbol por Adidas, su nueva dueña. Tal cual lo que pasó en el Liverpool hace algo más de un año.

La marca que me sorprendió fue Umbro. Salvo al Santos, no auspicia a ningún equipo brasileño importante, pero allí estaba con un perchero muy bien provisto. Se trataba de camisetas de algunos de sus equipos sudamericanos más notables: Nacional de Montevideo, Universitario de Lima y Colo Colo de Santiago. En todos los casos con modelos titulares y alternativos, y además ¡sin publicidades! Increíble y muy tentador. Siempre tuve alguna debilidad por la original combinación de casaca crema y vivos rojos de Universitario. ¡Y sin sponsors! Asombroso. Las otras tampoco estaban nada mal. Decidí agendarlas para después, eran una posibilidad muy válida.

No recuerdo que en ese local hubiera Adidas. La marca alemana llevaba al Fluminense como nave insignia carioca, y al Palmeiras de San Pablo algo más relegado, pero debo decir que fue la única marca de la cual encontré menos material que en Buenos Aires. Ni siquiera tenía un local propio en el mall, y nada de la línea retro Originals. Apenas un stand con relojes y anteojos.

Este primer negocio que encontré fue el de mayor variedad. Los demás no tenían tanto surtido, aunque por aquí o por allá siempre aparecía algo que llamaba la atención. Me resultó casi emocionante encontrar la camiseta actual del München 1860, mi equipo preferido de Munich, camiseta que había buscado, encontrado y comprado en un alucinante negocio de Carnaby St. hacía casi diez años, cuando el equipo todavía jugaba en la Bundesliga. Aparecieron también los modelos Diadora del Napoli y del Hannover, bastante interesantes, así como otras cositas retro de Diadora, una marca que me cae muy bien. Aunque lo que había no era nada del otro mundo. Podría mencionar también un modelo retro del Botafogo hecho por Kappa. Muy bien resuelto, con una tela que mezclaba acrílico y algodón. Y con el número 7 en la espalda y el nombre de un tal Maurízio. Desconozco la historia de este crack. El precio no ayudaba: 120 reales, lo mismo que la nueva. Y ya tengo otras camisetas a bastones blancos y negros. La dejé como última opción.

Pero en uno de los dos locales que la cadena Fisico e Forma tiene en Rio Sul apareció lo más imprevisble. Todas las camisetas Umbro de los equipos más importantes del Reino Unido, titulares y alternativas, incluyendo al devaluado seleccionado inglés. Todas hermosas y auténticas, sin excepción. No como las burdas réplicas de la camiseta de Inglaterra de la calle Lavalle en Buenos Aires. Allí estaban el Sunderland, el Blackburn Rovers, el Everton, , el Birmingham, el Hearts de Escocia Inmediatamente supe que debía llevarme una. El precio me quitó el aliento: 160 reales. Era como comprarlas en Europa, después de todo: 70 euros o 40 libras.

Las principales candidatas eran la titular del Blackburn Rovers o la alternativa del Hearts. La primera era la más linda, colores muy llamativos, una adecuada combinación de clasicismo y modernidad, respetando el diseño tradicional de la camiseta con varios detalles en cuellos, costados y espalda que le dan su definida personalidad sin llegar a lo carnavalesco. Con esa ligereza lograda por las nuevas tecnologías textiles. La del Hearts también era espectacular, además de definitivamente rara y desconocida. Aunque el hecho de contar ya con más de una casaca de la Roma con los colores bordó, blanco y naranja en mi colección me hizo inclinar por un estilo de diseño que no tenía. Por si fuera poco, el escudo del Rovers porta una inscripción que nunca había notado: “Arte et Laboro”. Alea jacta est.

No la compré inmediatamente, sin embargo. Preferí postergar la decisión hasta último momento. Hasta la tarde siguiente, más precisamente. Tenía miedo de desbocarme. Y tenía un par de cosas reservadas para después. Paciencia.

miércoles, 23 de enero de 2008

AyS en Brasil (IV): Dos sorpresas



Cuando ya casi había bajado la persiana y creía que no iba a encontrar otras camisetas que me dieran muchas ganas de comprar, en el único negocio de Búzios que podría definirse como "casa de deportes" (porque camisetas se conseguían en cualquier lado), un local llamado Santenis, aparecieron de la nada dos perlas irresistibles, nunca vistas en la Argentina.

Por un lado, la casaca alternativa del seleccionado del País de Gales de la temporada 2006-2008. Desde hace por lo menos un año había estado buscando la titular, un modelo en estilo retro de llamativo escote en V de la marca Kappa que -lo supe luego- es un homenaje al único equipo galés que jugó una Copa del Mundo, la de 1958. La alternativa resultó ser muy brasileña, lo que me resultaba ideal porque en ningún momento encontré una remera de Brasil que me gustara realmente (salvo una a la cual ya me referiré oportunamente).

Por el otro, otra casaca alternativa, la del Bayer Leverkussen versión 2007-2008, a cargo de Adidas. No puedo resolver la contradicción, porque las últimas camisetas de Adidas con bastones no me convencen mucho, y el color crema suele ser a veces conflictivo en el fútbol. Pero cuando la vi me fascinó. Y además, la del negocio no tenía sponsor.

No podía comprar las dos. Mi tarjeta de crédito ya estaba en llamas, me parecía una locura gastar otros 160 reales. Creo que me gustaba un poquitín más la del Leverkussen, pero la de Gales tenía más ventajas prácticas: la venía buscando de antes, el tema del color, una casaca de seguro inhallable en Buenos Aires, un corte y estilo que pocos pueden usar (la temible tela Kombat de Kappa). Y además valía 40 reales menos que la otra. Así que me incliné por la galesa.

Pero había un problema: estaba manchada en un hombro. Podía arriesgarme a pedir un descuento, pero si después la mancha no salía no me iba a alcanzar la vida para arrepentirme. La vendedora me propuso intentar lavarla o sacar la mancha para el otro día. Le dejé mi nombre, no muy convencido. Al otro día volví, y ni rastros de la vendedora de la noche anterior. Pregunté y nadie sabía nada. Insistí y otra chica averiguó por celular. Resultó que le habían dejado la camiseta a una vecina para que la lavara. Ventajas del pueblo chico. Tenían que ir a buscarla porque se estaba secando. Al rato, volvió la empleada, con la camiseta: impecable, ni rastros de la mancha.

Pagué y salí corriendo, no fuera que también me llevara la del Leverkussen.

AyS en Brasil (III): Lluvia de janeiro en Río

Por diversos motivos que no vienen al caso, las vacaciones las armamos a las apuradas, en algún huequito encontrado entre las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Ya habíamos decidido que viajaríamos a Brasil. Después de unas vacaciones cómodas y económicas en Monte Hermoso en 2007, Evan me lanzó el ultimatum: ponete las pilas y pelá los billetes, que yo quiero ir a playas de verdad. Y la posibilidad más a mano es Brasil. Evan es muy fan de Brasil.

No me parecía nada mal, después de todo. Allá por el ´94 había tenido una desconcertante experiencia en el carnaval de Salvador, viajando con amigos. Ya era hora de reivindicarme con la nueva potencia emergente (¿imperial?)* de Sudamérica y disfrutar de sus bondades universalmente reconocidas.

Pero puse una condición: además de la playa, quiero una ciudad. No soy tan apasionado por la vida de playa como para pagar un avión. Porque para ir en bondi a la zona de Santa Catarina (la sucursal brasileña de Mar del Plata) me quedo en casa. O sea, hay que ir más lejos y hay que ir en avión. Ya estoy grande para las grandes travesías terrestres. Y si hay que poner los billetes, quiero que el viaje valga la pena de verdad, quiero conocer una ciudad que haga la diferencia, le quiero tomar el pulso, aunque sea un ratito. Quiero edificios, historia, comercio, gente trabajando, cines, teatros, transporte público, quilombo. Museos no, ya ví demasiados. Quiero camisetas de fútbol y, por qué no, centros comerciales que me calmen la libido consumista. Las opciones eran obvias. A San Pablo la imaginamos como un manicomio peor que Buenos Aires, por donde estará bueno darse una vuelta, quizás en otra oportunidad. Entonces vamos a Río de Janeiro. Dónde más. Y la playa cercana sería Búzios. Qué otra.

Así que en un par de días sacamos los pasajes por Gol -buscando las tarifas más baratas posibles, con un poco de suspenso porque Internet no hace magia y hubo que recurrir al teléfono- y el alojamiento y los traslados a través de una agencia. Casi sin tener tiempo de pensarlo demasiado, de averiguar por datos útiles o de ponernos ansiosos, ya estábamos viajando. Confiábamos en nuestra experiencia en recorridos urbanos y creíamos que tres días serían suficientes para conocer el Río básico. Casi no alcanzaron, pero estábamos muy palmados y necesitábamos descanso. Y en Río no hay forma de descansar.

Casi no pensamos en la cuestión meteorológica. Dimos por descontado que en Brasil hay sol y calor casi todo el tiempo. Así fue en Salvador, así fue en todos los lugares de Brasil a los que Evan fue por laburo o vacaciones. Pero resultó ser que Río de Janeiro nos recibió con llovizna, bruma, mucha humedad y nada de calor. Era domingo a la tarde y las cosas se presentaban distintas a como las había imaginado. Porque más allá de las postales de rigor (Cristo Redentor, carnaval en el sambódromo, Pan de Azúcar, playas de Copacabana e Ipanema) en verdad no tenía la menor idea de cómo sería Río. La crónica de viaje más larga y detallada que había leído sobre la ciudad la escribió el gran Domingo F. Sarmiento, de paso en su largo viaje hacia Europa. En 1847. Necesitaba un update con urgencia.

Ya el aeropuerto me resultó bastante particular. Grande y compacto, sin mayores contratiempos para manejarse allí dentro. Daba la impresión de haber sido concebido con la última tendencia en diseño, pero en 1965 y sin actualizaciones recientes. Parecía una escenografía de Atrápame si puedes. Me encantaron todos los carteles con esas fichitas que van cayendo. Sería muy fácil remodelarlo ahora, con el auge de lo retro quedaría casi igual.

Ubicamos rápidamente a quien nos trasladaría en auto hasta el hotel. El tipo era muy amable, acostumbrado al trato con turistas. Había sido comisario de a bordo, dijo. No habló hasta que nosotros no le preguntamos nada, lindo detalle. A medida que nos acercábamos a la ciudad –el trayecto habrá durado media hora, como mucho: era domingo- nos iba indicando algunos puntos de referencia importantes. La información indispensable, sin atorarnos. Siguiendo la línea de la costa, desde una serpenteante autopista vimos el puerto (enorme), la ciudad universitaria (mezcla de su similar porteña con el penal de Caseros, diez veces más grande y aterradora), el sambódromo, el Centro, algunos edificios importantes. El día feo no ayudaba, pero lo primero que veía no me gustaba mucho. Luego seguía la bahía de Flamengo y la de Botafogo, para luego internarnos en Copacabana y llegar a nuestro hotel, ubicado en Leme, un tranquilo rinconcito que queda entre el famoso barrio lindero y un morro no demasiado alto.

Muy rápido me di cuenta de un par de cosas, muy evidentes. El aeropuerto no era ninguna excepción: todo el centro de Río y sus barrios más famosos parecen haberse (re)construido todos juntos, en los años ´60. Casi todos los edificios tienen el mismo estilo. Mi amigo arquitecto dice que se llama racionalismo. Una onda Teatro San Martín, todo muy cuadradito, con mucho vidrio, marcos y aberturas de aluminio. La mayoría muy bien conservados, por otra parte. Y unos cuantos también denotaban mucha categoría.

Le pregunté al chofer si había habido un boom de la construcción que había levantado todos los edificios de golpe. Me dijo que sí, que en los años 60 todo el mundo quería vivir en Copacabana, y que se habían demolido muchas casonas tradicionales de familias portuguesas para aprovechar el espacio. Traté de imaginarme el escenario de cientos de obras en construcción simultáneas en un espacio no tan extenso. Debe haber sido enloquecedor, porque no sólo Copacabana tiene los edificios en ese estilo, también los otros barrios céntricos son mayormente así. Agreguemos además que en Río no se desperdicia un centímetro cuadrado de superficie. Hasta el borde mismo de los morros, o encima de ellos, lo que no es edificio es favela. Si exceptuamos los grandes parques (el Botánico, el Jardín de Alá, los que están cerca de la costa en las bahías), no se ven muchas plazas que corten las filas de edificios. No me esperaba para nada algo así.

El chofer no habló mucho de inseguridad, sólo lo indispensable. No pudo evitar mencionar que, por distraído, él mismo había sido robado, pero en Buenos Aires. Obviamente, ofreció sus servicios de tours y recorridos privados por la ciudad. En algún momento pensamos en aceptar, seguramente algo cansados por el viaje: el tipo parecía confiable y prometía ahorrarnos unos cuantos esfuerzos. Los costos oscilaban entre los 100 y los 200 reales por persona. Al día siguiente, más descansados, descartamos totalmente la opción. Había que agarrar el mapa, caminar y tomar el bondi. Como corresponde.

Llegamos al hotel, todo muy lindo, habitación grande y cómoda. Acomodamos apenas la valija y ya estábamos listos. A la calle, inmediatamente. Empezamos a caminar por la famosa vereda de Copacabana, entre la anchísima playa y las no menos anchas avenidas. Ya no llovía y anochecía, lentamente. Las nubes eran irrelevantes. Unos cuantos domingueros aprovechaban el último rato del fin de semana. Pescando, paseando, corriendo, tomando algo en los bolichitos ubicados en la vereda. De esos kioskos los había de toda clase, bastante modestos y también franquicias como TGI Friday y McDonald´s. Otros eran casi restaurantes hechos y derechos, y mirando las listas de precios ya nos íbamos dando cuenta de con qué deberíamos lidiar.

Yo estaba obsesionado con la cuestión edilicia. La línea de edificios frente a la playa podía compararse con la de Avenida del Libertador, digamos, pero el estilo es otro. Hay también algunos edificios más nuevos, se nota en la mezcla de estilos. No sé si los arquitectos me autorizarán la etiqueta “pastiche neoclásico”. Y también quedan algunos pocos imponentes palacios art decó y art noveau. El más emblemático es el famoso hotel Copacabana Palace, una construcción realemente hermosa. Parece que ha sido elegido varias veces como el mejor hotel del mundo por la prensa especializada. Nada menos.

Comimos algo liviano en uno de esos bolichitos, como para ver qué onda. Seguimos caminando por la playa y empezamos a volver hacia el hotel, metiéndonos ocasionalmente en alguna calle paralela, a ver qué había. Tampoco queríamos perdernos, habíamos salido así nomás y allá las manzanas cuadradas no son lo más común. Ya se iba haciendo tarde, por otra parte, y queríamos estar listos para el día siguiente.

Me estaba empezando a entusiasmar. Río ya había comenzado a revertir las primeras impresiones desfavorables y prometía deslumbrarnos al otro día. A descansar, entonces.

* Si están decididos a ser un imperio de verdad, yo no tengo ningún problema, los sigo a cualquier lado. Traten de agregarle un poco más de igualdad social, el resto está bárbaro. Y déjennos ganar una Copa América o un Mundial, cada tanto.