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lunes, 4 de febrero de 2008

AyS en Brasil (VIII): Conversación en la catedral


Siguiendo con nuestro recorrido, luego de pasar por Cinelandia y de subir por una calle lateral de recorrido irregular encontramos un lugar al que llaman Arcos de Lapa, una zona que –nos había dicho el chofer del primer día- a la noche se ponía onda Palermo Soho. Fuimos hasta ahí, de día no había nada. Subimos por otra calle medio descampada para dar una vuelta y volver a la avenida Rio Branco, pero en eso divisamos, a unos cien o doscientos metros, un edificio verdaderamente demencial. Una enorme estructura de hormigón con paneles cuadriculados, en forma de cono truncado. Parecía un reactor nuclear. Corrimos a ver qué era, por más que en esa calle sólo había una estrecha veredita y los coches y bondis nos pasaban a centímetros. ¿Qué era este lugar misterioso? Ni más ni menos que la Catedral de Río de Janeiro. Si el exterior impresionaba por su estructura racionalista o brutalista (algo así dijo mi amigo el arquitecto), en la onda de lo que Oscar Niemayer hizo en Brasilia, el interior sorprendía por el efecto lumínico y espacial. Cuatro líneas de vitraux que se juntaban en el techo formando una cruz igualmente vidriada me remitieron a aquella torre cilíndrica de Berlín, la nueva catedral construida al lado de las ruinas que quedaron de la vieja después de la Segunda Guerra. En la de Berlín, todo sorprendía por la coloración azul de los vidrios, la cual creaba una ambiente de ensueño. La de Río era de menor intensidad lumínica al ser menor la superficie vidriada, pero los múltiples colores la hacían más psicodélica.

Después de descansar un poco –el cansancio y el hambre empezaban a pesar- proseguimos cruzando otra avenida en medio de un espacio bien abierto y sembrado de rascacielos, como en la zona porteña de Catalinas. Tomamos la avenida República de Chile, en la cual se destacaba claramente de los otros el edificio central de Petrobras, una estructura del estilo del Banco de Londres que hizo Clorindo Testa en la city porteña, pero tres veces más grande y alta. Todo en Brasil tiene que ser más grande. Por ejemplo, los argentinos llevaron a Búzios los churros con dulce de leche, pero el tamaño de esos churros parecía el de un consolador de película porno.

Avanzando unas diez cuadras por allí esperaba encontrar la avenida Vargas. Pero antes de llegar nos topamos con la parte más antigua del centro, un conjunto de manzanas –éstas sí- cuadradas y apiñadas, en ciertos tramos parecido a San Telmo, en otros a Constitución. Eso también me interesaba. Después de cruzar una plaza parecida a Once encontramos el mismísimo barrio del Once. Pero mucho más lindo que el original. Se trataba de un grupo de calles –una de ellas la rua Buenos Aires- cada vez más angostas hasta volverse peatonales, repletas de tiendas de textiles, bazares y negocios de todo tipo de porquerías. La foto es algo engañosa, parecería que el lugar fuera bastante prolijito Y no, para nada, era totalmente caótico. Pero para nada mugriento ni maloliente. Hay que decirlo de una vez: al lado de todo el centro de Río de Janeiro, Buenos Aires es un basurero.

Yo sabía que por ahí podría haber algún negocio de camisetas medio oculto, de esos en los que se encuentra lo más inesperado. Pero no, justamente ahí, no. No sé si este barrio del Once a la carioca tendrá un nombre, lo cierto es que era muy divertido recorrerlo. Casi todos los edificios eran viejas casas de dos o tres plantas, estilo portugués, con los locales en la planta baja y bastante bien conservados. El ajetreo era importante, y desde altavoces colgados de los postes de luz cada cincuenta metros transmitía una especie de radio del barrio, con fragmentos de música grasa y anuncios publicitarios de los locales de la zona vociferados por una excitada pareja de locutores tipo Rina Morán y Beba Vignola. Aprovechamos para parar un poco y comer alguna porquería en uno de los tantos bolichitos con barra casi a la calle. Un sandwich que no estaba tan mal, después de todo. Y el primero de los batidos de açai, una suerte de espeso licuado de una fruta local, mezclada con polvo de guaraná y granola. Muy rico.

En menos de veinte minutos ya estábamos listos. Yo me sentía absolutamente en mi salsa. Y no ver a casi nadie por esa zona con aspecto de turista me llenaba de orgullo. Una de estas calles, ya casi pegada a la avenida Vargas, culminaba en una plazoleta en la cual se había instalado una feria tipo bolishopping. Ahí sí había camisetas, todas truchas, desde ya. Igualito a Retiro. Creo recordar que ahí nomás, enfrente de esta feria, estaba la rua Uruguaiana. En esa calle, como a media cuadra vi un local. “Ahí hay camisetas”, pensé. Debo haber desarrollado alguna clase de olfato o radar (para lo primero, tengo con qué), porque sí, efectivamente, ahí estaba un negocio llamado Cavacas, al cual me referiré luego.

Salimos a la Vargas y volvimos a la Rio Branco. Caminando bien atentos, prestando atención a todo, entrando a los baños de una de las muchas galerías sesentosas del Centro que se quieren hacer pasar por malls poniendo carteles en la entrada que invariablemente incluyen la palabra “shopping”. Al mejor estilo europeo, para entrar a estos baños había que pagar, digamos un real o algo así. Y estaban impecables, hay que decirlo. Por otra de estas calles encontramos una confitería hermosa, la Colombo, la cual creo haber visto en un programa de Narda Lepes. El antiguo edificio de estilo portugués –supongo- parece estar siempre atestado de gente, al punto que había que hacer cola para ingresar. También se podía tomar algo en la barra de la entrada, pero no había tiempo. Los porteños, que somos unos vivos de aquellos, hace por lo menos diez años que tenemos la Confitería del Molino cerrada. No hay caso, no aprendemos.

Algunas cuadras más y fue suficiente. Preguntamos por algún colectivo que nos llevara a Ipanema. Además de que queríamos conocer el famoso barrio y su playa, tenía algo muy importante que hacer. Terminado aquel trámite indispensable, ya pasadas las siete de la tarde decidimos emprender el regreso al hotel. Caminamos todo lo que pudimos por el barrio y la playa de Ipanema, pero estaba claro que la distancia hasta Leme era demasiado para nosotros como para seguir a pie. Tomamos otro colectivo, que al salir de Ipanema y entrar a Copacabana lo hace por su avenida principal, la Nossa Senhora de Copacabana, otra calle comercial más del estilo de Rivadavia a la altura de Caballito. Vi desde el bondi algunas casas de deportes que prometían, pero que me quedaría sin conocer. Todo no se puede.

Llegamos al hotel, a descansar un poco. Teníamos un hambre de lobos y de la cintura para abajo el cuerpo se reducía a un único y homogéneo latido de dolor. El hotel tenía ciertas comodidades para nada despreciables. Gimnasio, sauna, bar y pileta en la terraza del piso 21. “¡Una beshezzzza!”, diría el Bambino. El cielo ya oscuro parecía despejarse y en aquel piso el viento pegaba fuerte. Nada de pileta, pero sí reposera y caipirinha de garrón, cortesía del hotel. De cara al cielo de Río y a las lucecitas de alguna favela menor sobre el morro más cercano, vimos surgir de entre las nubes más bajas una aparición espectral: ni más ni menos que el famoso Cristo Redentor, allí arriba y a lo lejos iluminado por potentes focos, rodeado de nubes que lo descubrían sólo por breves momentos. El efecto era bastante impresionante. Era lo que faltaba ver, supongo, ese inconfundible lugar que esperaba visitar al día siguiente.

Comer en el hotel o en casi cualquier restaurant del área era imposible. La solución terminó siendo muy digna: uno de los puestos en la playa, con mesitas y sombrillas. Lo más razonable era pedir “peixe”. No soy muy fan del pescado, pero ni loco pedía una hamburguesa o un churrasco ahí. El plato resultó bastante rico y abundante, fresco y preparado en el momento. Algún pescado frito y rebosado. “Apenas” 20 reales, más cervecita Skol y agua mineral. La cerveza para Evan, por supuesto.

Eso fue todo, ya eran como las once. A dormir, que al día siguiente había que seguirla.

3 comentarios:

Daniel Chávez C. dijo...

¿Avenida República de Chile en Río de Janeiro? siempre se aprenden cosas nuevas en Internet!

Priemro fue la calle Talcahuano de Buenos Aires y ahora ésto. Parece que el día en el que me decida a viajar sentiré nostalgia a cada paso...

Esta saga continúa, me imagino... está muy entretenida!

saludos para ti y para Evan! (por tus relatos siento que ya los conozco desde hace tiempo (?))

y como decimos desde este lado de la cordillera: chaO!

Pessoa dijo...

Si, tienemos una Avenida Chile acá en Rio, pero es una avenida muy fria, una intervencion urbana de los 60, com pistas muy anchas e edificaciones altas, que conecta el centro antigo.

Arte y Sport dijo...

Sí, supongo que el relato continuará, aunque se me está haciendo cuesta arriba. Lo que falta quizás sea menos detallado.

La avenida Chile de Río no está tan mal, acá en Buenos Aires no hemos sido muy generosos con los países hermanos. Las calles Bolivia, Chile, Uruguay, Colombia, Uruguay, Brasil, Ecuador, Perú y Venezuela son bastante feas. Algunas son más céntricas y tienen algún tramo interesante, pero en general son bastante pedorras, como decimos acá.

Gracias Pessoa por tus comentarios, otro lector brasileño. Odeón era el cine, efectivamente, luego lo recordé.

Saludos.