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viernes, 1 de febrero de 2008

AyS en Brasil (VII): Historia de dos ciudades



Volvamos un poco al relato del viaje. A eso del mediodía de la primera jornada completa en Río de Janeiro salimos del recorrido por el centro comercial Rio Sul habiendo comprado apenas un par de pavadas y dejado en agenda algunas otras cosas, como la camiseta del Blackburn Rovers que finalmente me llevé. Habíamos “desperdiciado” algo más de un par de horas de valiosísimo tiempo encerrados allí con la esperanza de que las condiciones meteorológicas mejoraran.

No fue así. Al salir del mall el día estaba tan nublado y con amenazas concretas de lluvia como al entrar. Entonces decidimos ir a conocer todo el Centro de la ciudad, dejando los obligatorios paseos por el Corcovado y el Pan de Azúcar para cuando apareciera el sol (que recién lo hizo al día siguiente). Habría lamentado mucho irme de Río sólo conociendo su versión nublada. Cualquier ciudad cambia mucho bien iluminada por el sol, más todavía una con las vistas de Río.

Buscamos entonces un colectivo que nos llevara al Centro. Los bondis cariocas son bastante distintos a los porteños. Son mejores, claro. Por empezar, tienen tres versiones: la básica a 2,10 reales el boleto, la básica con aire acondicionado a 2,25 y una más cómoda a 3,15, si mal no recuerdo. Es decir que, por tarifas bastante similares entre sí (y sin los subsidios ridículos y corruptos de la Argentina) están disponibles diferentes opciones que permiten un viaje razonablemente cómodo.

Otra diferencia viene dada por la particular topografía de la ciudad. Río no es un lugar en donde haya muchas manzanas con la típica disposición en cuadrículas de nuestras localidades, sino que en muchos casos los colectivos deben hacer rápidos recorridos por avenidas que rodean un morro, o que corren paralelas a la línea costera o que atraviesan túneles, o por puentes que conectan con otras avenidas. Esto dinamiza bastante el viaje, ya que en estos corredores no hay circulación peatonal y, consecuentemente, tampoco hay paradas cada dos o tres cuadras que obliguen a cargar y descargar pasajeros. Por este motivo, llegar hasta el Centro desde Rio Sul no tardó ni diez minutos, ya que el bondi corría a toda velocidad por la avenida que bordea las bahías de Botafogo y Flamengo. Distinta fue la historia cuando hubo que entrar en barrios algo más alejados de la costa, como Laranjeiras, camino al Corcovado. Allí la circulación sí se trababa y se hacía lenta, pero nunca exasperante, ni siquiera en horas pico.

Frente a la salida de Rio Sul estaba uno de los contados grupos de paradas para varias líneas. Le preguntamos a un guarda cuál nos convenía tomar, y podía ser casi cualquiera. Subimos enseguida al primero de los muchos que venían y tuvimos que enfrentar al boletero, a su cubículo y su molinete. Aquí, nada de máquinas. La tarifa era única, pero en el único instante de duda que tuvimos, el boletero aprovechó para cagarnos con el vuelto. Se hizo el boludo, miraba para otro lado y no decía nada, o apenas monosílabos incomprensibles. Típico del que te está cagando. “Muy bien”, pensé, “primer y último vivo que me caga, al menos, tan descaradamente”.

No había mucho tiempo para distracciones, ya veíamos los edificios principales que habíamos alcanzado a ojear la tarde anterior. Nos avivamos y nos bajamos en la última parada que había antes de que el bondi encarara la subida a una autopista con rumbo desconocido. Menos mal. Había un edificio de la Fuerza Aérea, y al lado nos dimos cuenta de que estaba el aeropuerto de cabotaje, el Santos Dumont. Cruzamos las anchas avenidas por un puente peatonal y ya estábamos en una punta del Centro.

Sobrevino allí un breve momento de confusión. No podíamos encontrar el correlato entre el mapa que llevábamos con sus principales referencias y la ciudad real. Avanzamos un par de cuadras y el panorama se aclaró algo. Estábamos frente a los imponentes edificios de los poderes públicos: tribunales, ministerios, dependencias varias. Ni siquiera los nacionales (mudados a Brasilia en 1960), apenas los estaduales. El tamaño y la belleza de estos edificios hacían pensar en sus equivalentes porteños como propios de maquetas. Había algo que nos hermanaba, pese a todo: a cargo de una manguera y un balde para limpiar la vereda de uno de esos mamotretos había una cuadrilla de no menos de seis o siete empleados públicos. Tranquilos, garotos, no se esfuercen mucho.

En medio de tanto poder estatal, alguna iglesita antigua y raquítica, y también alguna otra más importante, del estilo de las catedrales. Breve digresión: es increíble (hasta incomprensible para un ateo como yo) el fervor religioso de los brasileños. La iglesia católica debe retener una cuota nada despreciable de poder, pero evidentemente ha resignado mucho más en manos de decenas de iglesias o sectas evangélicas, siendo bastante notoria la presencia de nuestros conocidos de la iglesia universal del reino de dios. Y no son meros edificios, en absoluto. Tanto en Río como en Búzios, a casi cualquier hora que se pasara por estos lugares se podía ver al predicador, pastor o no sé qué dando uno de sus furibundos sermones, acompañado por la característica bandita de teclado, guitarra, bajo y batería. Puro rock cristiano. Y además llamaba mucho la atención la cantidad de carteles en calles, negocios y casas -así también como de calcomanías en los vehículos- con variadas inscripciones del estilo “Sólo Dios es fiel”, “Jesús salva”, “Que Jesús bendiga a mis clientes” o “Jesús va conmigo, ¿y con vos?”. No me quiero poner paranoico a futuro, pero cada tanto me pregunto qué nos puede llegar a suceder a los ateos cuando todas las guerras sean religiosas y abiertas.

Pudimos darnos cuenta, finalmente, que de todas las calles céntricas las más importantes eran la avenida Rio Branco y la Getulio Vargas. Pero en la Rio Branco se concentraban los edificios de oficinas, los negocios más importantes y las joyitas de la arquitectura: el Teatro Municipal, la Biblioteca, el Museo de Bellas Artes. Y en uno de los extremos se ubicaba lo que llaman Cinelandia, una manzana irregular con algunos hermosos y antiguos cines (funcionando como tales, no como en Buenos Aires). El más grande (olvidé su nombre) era auspiciado y mantenido por Petrobras. Pudimos notar que casi todos los emprendimientos culturales –y otros varios más- en Brasil los banca Petrobras, de una manera bien ostensible. La foto que me saqué es frente a otro cine más chico pero de llamativo estilo morisco, realmente encantador. Lástima no poder ver una película.

A todo esto, la mayor parte del tiempo nos acompañaba la llovizna, cuando no una lluvia hecha y derecha. Pero no importaba, metíamos las narices por todos lados. Plazas, peatonales, galerías con todo tipo de locales comerciales y de comidas, en el estilo del pasaje subterráneo bajo el Obelisco en Buenos Aires. De esto se trataba cuando hablaba de tomarle el pulso a Río. Mirar a las personas, ver cómo caminan, cómo se visten, cómo hablan, cómo gesticulan. Ya sería hora de aclarar además que Río de Janeiro es efectivamente una gran ciudad moderna, superpoblada, repleta de vehículos y en constante ebullición. Pero –siempre según lo que pudimos apreciar en los barrios principales del centro- era patente que el de Río es un caos mucho más soportable que el de Buenos Aires o el de San Pablo, según lo que dicen los propios paulistanos. Diría que es casi un caos amable. Siempre hay que matizar las observaciones hechas en vacaciones, pero no percibimos en Río esa sensación de olla a presión a punto de explotar que se siente aquí. Todo funciona un cambio más abajo. La gente parece más relajada. Aprovechando las grandes playas y el clima cálido todos los días se ve gente paseando, andando en bici o en rollers, o haciendo footing. Nadie parece tener ninguna clase de complejos en cuanto a su físico, hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos, todos se visten con lo que se les ocurre, sin importar su estado atlético ni –obviamente- alguna prevención por la estética. Como divirtiéndose del lugar común, casi todas las chicas compiten por encontrar la tela más ajustada para sus ropas, el color más flúo o chillón, el estampado más llamativo. Van casi siempre trepadas a ojotas, sandalias o zapatos con plataformas y tacos que nunca son inferiores a los quince centímetros. El maquillaje que usan rebaja el look de nuestra presidente Fernández al de una monja de clausura.

Son conocidas las persistentes desigualdades de la sociedad brasileña, las que los hace bromear diciendo que desde hace décadas el Brasil es la potencia del futuro… y siempre lo será. Yo les recomendaría tener un poco más de paciencia, porque me parece que desde que Fernando Henrique Cardoso hizo los deberes y le allanó el camino a Da Silva para éste que metiera el gol con la pelota picando frente al arco (la misma pelota que en la Argentina los K ya se encargaron de mandar a la tercera bandeja, por más que la tribuna grite el gol), las cosas serán muy diferentes en este país. Para mejor, claro. Leí alguna vez alguna nota periodística livianita en la cual un progre brasileño muy apurado, no sé si algún político, un intelectual o un taxista, decía que admiraba de los argentinos ese espíritu rebelde que los lleva a protestar ante las injusticias, siendo que en Brasil todos se encogían de hombros y aceptaban lo que viniera. Si supiera este pobre hombre lo equivocado que está. Si supiera lo que es vivir en esta sociedad histérica e infantil, abandonada a la eterna victimización, a la extorsión corporativa, al desprecio por las instituciones y la autoridad, a la irresponsabilidad absoluta en el manejo y la utilización de los espacios (y las vidas) propias y ajenas, a la idealización de la pobreza y la marginación como el último reducto de pureza que el afán de lucro, la competencia y el consumismo (los supuestos males del mundo, que son en verdad buena parte de sus soluciones) no han podido mancillar.

Quizás por esta falta de histeria, quizás por desinterés, quizás por mero sentido común, no nos cruzamos en Río de Janeiro con protestas o cortes de calles, no presenciamos discusiones o eventos violentos, la policía (famosa en Brasil por su rudeza) era una presencia por demás discreta, los automovilistas, taxistas y colectiveros no parecían suizos pero tampoco hacán de su bocina un elemento de tortura. Otro indicio: no se ven muchos autos chocados o con reparaciones recientes.

Y también podría agregar: las plazas, calles y veredas no son de una pulcritud sajona, pero están en mucho mejor estado que las de Buenos Aires. Las playas masivamente visitadas de Copacabana e Ipanema se ven limpias, quizás porque la gente es cuidadosa o porque la Prefeitura (Municipalidad) se ocupa muy bien de limpiar. De hecho, vimos cómo lo hacía al anochecer, con grandes tractores que rastrillan constantemente la arena. De la cuestión de las famosas favelas y de la violencia narco no puedo decir nada, pero por lo que he sabido la ciudad ha mejorado mucho desde que las autoridades optaron por cambiar una política de erradicación por otra de urbanización, abriendo calles e instalando los más básicos servicios públicos y sanitarios. Claro que no debe ser un paraíso vivir allí, pero estoy seguro de que debe de ser mejor que en nuestras inhumanas villas, acerca de las cuales se promete mucho pero no se hace absolutamente nada. O lo poco que se hace resulta contraproducente.

Por supuesto, mirando un rato los noticieros locales encontrábamos a los clones brasileños de los locutores hipócritas y demagogos de la TV argentina, mostrando cada tarde las violentas tragedias cotidianas de San Pablo y Río y quejándose amargamente de la lamentable labor de los políticos brasileños. También seguimos en el diario O Globo los pormenores de un intento de rebelión fiscal contra la Prefeitura –apoyado u organizado por el diario- para que no se usaran las cuotas del impuesto municipal de este año con fines electoralistas, acusando a la administración de ineficiente y dejada. Se señalaban desórdenes varios, transporte público clandestino, mobiliario urbano o postes de luz caídos o rotos sin ser repuestos y un fenómeno de “favelización” creciente en varios barrios. Imposible poder comprobar cuánto de verdad hay en todo eso. Sólo puedo concluir en que Río de Janeiro parece ser una ciudad mucho más humana que Buenos Aires.

4 comentarios:

Eduardo Meira dijo...

hola! sou brasileiro (desculpe mas não sei castellano)e não sei como vim parar em seu blog, mas foi com muito prazer que li seus escritos sobre meu país! Lendo seus relatos, parecia que estava andando pelo Centro do Rio. Gostei muito das coisas positivas que disse sobre o Rio (como você pode ver, nossos jornalistas adoram mostrar só os males). Espero que tenha me entendido. Parabéns pelo texto! Obrigado por visitar nosso país! SALUDOS DE BRASIL!

Anónimo dijo...

Que pasa Eugenio ?
Muito interessante seu ponto de vista sobre o Rio. Creio que a maioria das cidades Sul Americanas, seja Rio, São Paulo, Buenos Aires, Santiago do Chile, todas tem seus prós e contras.
Se pudéssemos juntar todos os pontos positivos de cada país e cultura, com certeza teríamos muito a melhorar.
Quanto ao seu comentário sobre as igrejas, no Brasil isso é comum em TODAS as cidades, isso é um fênomemo que cresce com mais e mais igrejas dos mais diversos nomes, enfim, são pessoas que brincam com a FÉ alheia.
Não me considero um ateu, porém muitas coisas que aconteceram na minha vida, fizeram com que eu perdesse minha fé, mas enfim, a vida continua ...
Abraço !
Thiago / Santos / Brasil

Arte y Sport dijo...

Gracias a ambos, escriban tranquilos en portugués que nos entendemos perfectamente.

Imagino que todos tenemos cosas para criticar de nuestros países, pero lo que me enloquece de la Argentina es ver cómo nos dirigimos alegremente a otro abismo de aislamiento, inflación y autoritarismo. El futuro pinta mucho peor que el presente. Brasil, Uruguay, Chile no son perfectos, pero van hacia adelante. Que alguien tenga piedad de Venezuela y Bolivia.

Abrazos.

Pessoa dijo...

El cine grande se llama "Odeon", y tiene una programación más cultural, sin los blockbusters americanos.