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viernes, 12 de mayo de 2006

P de polìtica


Esta vez los prejuicios no tuvieron fundamento. Contra todo lo que indicaban sus antecedentes, V de venganza es una película que, sin dejar de aspirar a recaudar las mismas fortunas que cualquier otro tanque de Hollywood que se precie de tal, se diferencia de la mayoría de los bodrios de su categoría por arriesgarse a discutir algunos planteos políticos fuertes sin caer del todo en la banalidad, y sin excesivas concesiones a lo políticamente correcto.

Por más que se la presente como otra adaptación de las historietas de un superhéroe, V de venganza es en realidad una versión muy libre y alivianada de 1984, la famosa novela de George Orwell. Cierto, posiblemente no muchos espectadores de multicines podrían soportar una película que respetara fielmente el espíritu de aquel libro tan implacable y angustiante, que en el inicio de la guerra fría se animaba a desarrollar con paciencia y detalle todos los horrendos aspectos de un estado totalitario en un futuro próximo. Por eso los principales problemas de V no residen en su estética más bien convencional, o en algunos diálogos grandilocuentes, o en su estructura de flashbacks algo confusos, o en el escaso atractivo de sus escenas de acción. La película debe, antes que nada, lidiar con una dificultad inicial, que radica en cómo trasladar el futuro de Orwell al futuro cercano inscripto en el imaginario colectivo del espectador de comienzos del siglo XXI. En V, el estado policial inglés que se jacta de prevalecer incluso por encima de los EE.UU no termina de armonizar con la percepción más difundida de un mundo globalizado dominado por las grandes corporaciones informáticas y de biogenética, aquello que el cyber punk avizoró y el presente parece confirmar, al menos parcialmente. La fortaleza de ese estado policial inglés del futuro se justifica únicamente en su estricto control policial, por supuesto que posibilitado por una sofisticada tecnología de represión más insinuada que puesta en escena, y por el aparente monopolio de las transmisiones televisivas. Pero claro, esa situación algo simplificada no parece tan horrenda como para justificar el accionar terrorista del enmascarado. Los ingleses de ese futuro pueden parecer algo anestesiados, deben respetar toques de queda y dependen de la TV estatal para saber cómo pensar. Pero parecen esencialmente felices, no hay exclusión social o económica, la paranoia que genera el sistema de delaciones no parece mucho peor que el generado por una manzanera duhaldista. A lo que se parece esa Inglaterra no es tanto al totalitarismo clásico sino al presente de la heterodoxia comunista china: una extraña combinación entre estado fuerte, control social, poder militar, economía de mercado, alta tecnología y acceso a Internet pero con contenidos restringidos.

Por eso, como casi siempre en el cine mainstream, para justificar la construcción un tanto endeble del presente se debe recurrir al pasado. La historia que se narra mediante sucesivos flashbacks es imprescindible para entender el presente de las acciones, todo ese torbellino que se va acelerando a medida que se acerca al poco sorpresivo final. Y también como casi siempre en estas películas, el trauma de un individuo se entrelaza con la historia de esa estructura (en este caso estatal) que lo determinó para siempre y sobre la cual se dispone a operar. Siempre el individuo enfrentado al colectivo. Un tipo de individuo que excede la categoría de superhéroe para entrar en la harto más problemática de terrorista. El enmascarado es un resultado directo de las operaciones del estado, porta un discurso social para levantar a las masas, pero su motivación es personal. Después de dinamitar el Old Bailey y antes de destruir el parlamento (su particular modo de llamar a la desobediencia civil), la tarea que lo ocupa es la venganza personal, matar a esos otros individuos que le hicieron lo que le hicieron, en nombre del estado, de la ambición de poder, o de la megalomanía cientificista.

Las dos historias principales de V de venganza están, como decía antes, entrelazadas: por un lado, el ascenso y posible caída del estado policial inglés; por el otro, la identidad y el accionar de un individuo que fue un producto colateral de aquel ascenso y artífice solitario del inicio de la caída. Si la Inglaterra de 2025 se parece a la China de 2006, la que permite la ascensión del partido del alto canciller es igual a la Alemania de Weimar que culmina en 1933 con Hitler y el III Reich. Toda la estética partidaria es una copia nada sutil de la emblemática nazi-fascista (algo también recreado en The Wall y agotado por sus innumerables reproducciones merced al merchandising). En resumidas cuentas, las bases del conformismo inglés del presente de la narración hay que rastrearlas en el miedo y el caos del pasado: una sucesión de guerras internacionales gentileza de los EE.UU. y la eterna cuestión de Medio Oriente, más las operaciones desestabilizadoras del partido, las cuales culminan con los experimentos y los atentados bio-terroristas contra la propia población inglesa como mecanismo último para consolidarse en el poder. De aquellos experimentos nace el enmascarado, superhéroe y terrorista, guerrero e intelectual, bon vivant y connaiseur, atesorador de los emblemas de la alta cultura del pasado (un inglés puede ser revolucionario y conservador a la vez), extremista dulcificado por el amor de una mujer (quien arrastra sus propios traumas a causa del accionar del estado) a la que sin embargo no duda en torturar con tal de convertirla a su causa.

Como se ve, V de venganza trata de cuestiones bastante urticantes para lo que es la media del cine comercial. Y a pesar de sus evidentes falencias, no lo hace de manera superficial. Para la polémica quedará, en todo caso, si a todos esos recursos que debe utilizar para aligerar la historia original de 1984 se los debe considerar como medios legítimos para lograr que una película así llegue al gran público, o como concesiones inaceptables que terminan por diluir demasiado el mensaje político de fondo. Ciertas cuestiones del film podrían servir como argumentos a favor de cualquiera de las dos posiciones. Las terribles “telepantallas” de Orwell son aquí hermosos aparatos de pantalla plana, con el logo de una marca actual bien visible. Las torturas por las que debe pasar Natalie Portman son de un jardín de infantes en comparación con lo que sufre (y cómo termina) el desgraciado de la novela. El llamado a la acción civil del enmascarado tiene la estética del atentado terrorista (ver explotar al Big Ben es una referencia obvia a las Torres Gemelas) pero lo que termina proponiendo es una desobediencia civil no violenta (por suerte), más al estilo de la Ucrania del año pasado que a las violentas (aunque imposibles) rebeliones imaginadas por Orwell. Y estos ejemplos no son para nada anecdóticos, sino que están en el centro de la discusión política que la película propone. Que esta discusión sea posible, ese es un mérito de la película. Que las industrias culturales propongan a los estados totalitarios como los únicos malvados del futuro, es una de sus limitaciones.

2 comentarios:

Alan Da Pena dijo...

Entré a tu blog a partir de lo que dejaste en el de Alek Oxenford (¿?)
En que terminó eso, te invitó un cafe o no??
Me extraña que nadie deje comentarios, una motivación más para hacer lo que estoy haciendo, a pesar de no creer en este tipo de comunicación.
Lo que escribis es muy interesante (tal vez por eso nadie deja comentarios) y esto me lleva al tema que quería tratar; es nada más que una crítica parcial que no mancha en nada la impresion que me dejo leer tu blog, y es que me da la impresión de que tratas al "pueblo" como un grupo de seres sin identidad, uniformes y apaticos. Yo me incluyo en esto ultimo, pero ese tipo de pensamiento es el que genera totalitarismos "protectores". Suerte y seguí con esto que esta bueno.

Eugenio Palopoli dijo...

Gracias por tu comentario. De Oxenford todavía no tengo noticias. Veremos.
En cuanto a lo del pueblo. No soy muy amigo de esa categoría, te recomendaría que leas el blog de Rozitchner o alguno de sus últimos libros, él se refiere al tema mejor yo, y coincido con sus apreciaciones.
No entiendo bien en qué grupo te incluís. Y no, justamente, se trata de terminar con los paternalismos.
Chau.