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jueves, 10 de mayo de 2007

Sugar!


A veces me dan ganas de salir un poco del rock, pop, electrónica y aledaños, y visitar un poco otros géneros. Desde siempre me gustaron el jazz, la música clásica, algo del tango (todos aquellos tangos que no caigan en los depresivos lugares comunes del melodrama, la nostalgia, la pobre madre y las mujeres pérfidas; es decir, muy poco del total del género). Pero llegar a tener cierto conocimiento de un género tan abarcativo como el rock deja muy poco tiempo libre, por lo cual a esas otras músicas hace tiempo que las tengo descuidadas.

De todos modos, últimamente decidí darle un lugarcito a la música sudamericana y caribeña. Estuve escuchando a Caetano Veloso y a Gilberto Gil en el verano, a quienes conocía demasiado superficialmente. Hace poco conseguí el último de Jaime Roos, previendo que no me iba a gustar (y hasta ahora no me gusta), pero me pareció que si había que escuchar algo de candombe uruguayo, mejor empezar por ahí.

Y después está la muy problemática cuestión de cómo entrarle a los ritmos caribeños: cumbia, merengue, bolero, mapeyé, bachata, salsa, son. De donde derivan los infames sonidos bailanteros argentinos, por supuesto, “nuestras” cumbias y cuartetos. Evidencia que podría desencadenar un montón de reflexiones acerca de la música popular en este país, pero que no creo que valga la pena volcar en el blog.

También están aquellos otros “artistas” provenientes de países más identificados con esos ritmos, como El General, Machito Ponce, Elvis Crespo y tantos otros que sólo consiguen ponerme de un humor del carajo en cualquier bar, boliche o casamiento en donde tenga que hacer acto de presencia por obligación.

Por último, están esos otros referentes respetados internacionalmente, como Celia Cruz, Tito Puente o todos aquellos del Buena Vista Social Club. Lo poquísimo que conozco de ellos no consigue entusiasmarme demasiado. En el caso de Celia Cruz la culpa es de ella, por haber hecho esa odiosa canción que repite “no hay que llorar que la vida es un carnaval”, lo que la hace acercarse al grupejo del párrafo anterior. En los otros casos, la culpa seguramente es mía.

¿Cómo hacer entonces? Seguramente habrá en Colombia, Venezuela y otros países del caribe una buena cantidad de músicos talentosos, de estos y otros géneros, tradicionales y modernos. Pero aún en plena globalización puede costar demasiado trabajo el descubrirlos. Pero tenía otra opción, más sencilla. El rock siempre te da una mano, diría Peter Capussotto. Así como en su momento Bryan Ferry me ayudó a acercarme a ciertos standards del jazz y el swing con su magistral disco As Time Goes By (1999), para el caso de la música caribeña desempolvé un viejo disco que había escuchado en su momento, cuando con mis amigos del secundario alquilábamos y copiábamos los CDs que la hiperinflación y las constantes devaluaciones nos impedían comprar. Se trata de Rei Momo, de David Byrne, del año 1989. Quienes seguían a su grupo (Talking Heads) sabían del acercamiento de Byrne a los ritmos caribeños, por eso no resultaba tan sorprendente que se decidiera a grabar un disco solista rodeándose de varios y excelentes músicos colombianos, panameños y (creo que) dominicanos. En Rei Momo no hay ni una pizca de rock, y para subrayar el carácter totalmente tradicional (y hasta pedagógico) del disco, en la contratapa se aclaraba el género de pertenencia de cada canción. Y más allá de la extrañeza que provoca el escuchar canciones de este tipo casi totalmente en inglés (a mi vieja le pareció ridículo, directamente), la verdad es que son todas muy lindas.

Por supuesto que ese disco cayó en manos de uno de mis amigos del colegio sólamente porque David Byrne era el líder de los Talking Heads, si no nunca nos lo habríamos tomado en serio, aún cuando yo desconocía casi todo del grupo. La cuestión es que al poco tiempo, en el ´89 o quizás al año siguiente, Byrne visitó por primera vez la Argentina. En aquella época casi nunca iba a recitales, pero sí recuerdo la cobertura y las repercusiones del evento en la prensa.

El problema principal fue que, a pesar de estaba claro que David Byrne venía a presentar Rei Momo, todos fueron a ver en realidad a los Talking Heads. Y se encontraron con un escenario repleto de músicos y bailarines negros, y al ídolo rockero muy orgulloso tocando ritmos que, antes del aluvión noventista, para la clase media y superiores todavía eran una grasada, música mersa a la cual sólo Calabró y Moria Casán le hacían un lugarcito en sus programas de tele.

Byrne accedió a tocar “Psycho Killer”, de los Talking Heads, pero fue una versión muy distinta de la del disco. En definitiva, el público estaba desorientado, o incluso indignado. Hubo sin embargo un adelantado, un protopopulista que leyó antes que otros por dónde iba a pasar el asunto en los años que seguirían. O quizás sólo era que estaba fumado, vaya uno a saber. Pero dijo en aquel entonces Andrés Calamaro: “Después de ese recital me fui a Metrópolis, a desintoxicarme”. Cuanto significado en tan pocas palabras. Toneladas de demagogia, nacionalismo y orgullo latinoamericanista berreta comprimidas en una única oración. Si no fuera un tipo tan fino habría dicho quizás: “¿Qué, ahora resulta que estos gringos nos van a explicar a nosotros cómo se toca cumbia? ¡Andááááá! La posta la tienen los cabezas de la bailanta.”. Se lo reconozco, otra vez: aún no eran tantos los que conocían qué era Metrópolis.

Bueno, no hay que sorprenderse tanto. También recuerdo que alguna vez dijo en una contratapa de La Nación: “La inteligencia es de izquierda”. Una habilidad increíble para las frases sintéticas y recordables, pero invariablemente falsas.

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