
Algo breve acerca de Crónica de una fuga.
Una película irreprochable. La fui a ver únicamente por fidelidad a su director, Israel Caetano, ya que hace varios años que me juré no volver a ver ninguna película relacionada siquiera remotamente con la última dictadura, tema que me tiene especialmente harto. Pero le tuve confianza a Caetano, y podría decirse que no me defraudó. La película es cruda, pero sin golpes bajos innecesarios, el ritmo del relato es sostenido, el suspenso está bien dosificado, técnicamente está muy bien filmada.
Y sin embargo... no me terminó de convencer. No creo que lo pueda explicar, es más una sensación de incomodidad que algún motivo concreto. Podría ser la presencia de Pablo Echarri, que por más medido que actúe... sigue siendo Echarri. Podría ser la campera Adidas retro de uno de los militares, detalle vintage totalmente anacrónico. Podría ser que todos los policías y milicos tienen unos bigotes sacados del video clip de Sabotage, de los Beastie Boys.
Me parece que el nuevo cine argentino ya demostró unas cuantas buenas cualidades, entre ellas, que puede hacer cine de género. Quizás sería hora de arriesgar un poco más, sin caer en esos mamarrachos torpes de principios de los `90. Algunos buenos directores tienen el crédito abierto.
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lunes, 29 de mayo de 2006
Corrección cinematográfica
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viernes, 26 de mayo de 2006
mi:25:05:06

Sí, yo lo voté, y no me arrepiento. Sigo convencido de que era la mejor opción posible, y hasta es muy probable que, dadas las actuales circunstancias del sistema político argentino, aún hoy siga siéndolo. Y de más está decir que no parece probable que aparezca una mejor opción con posibilidades reales para el 2007. Así que ya muchos dan por descontado que tendremos más K. Nada menos que hasta 2011. ¿Razones para entusiasmarse? Más bien escasas. De todos modos, tampoco sería síntoma de madurez política el despotricar indiscriminadamente contra todo el gobierno y la clase dirigente, deseando el desmoronamiento del hoy encumbrado pingüino y esperando ingenuamente que por los efectos (devastadores) de esa hipotética caída un nuevo líder se alzare sobre las ruinas del sistema institucional para refundar por enésima vez la nación, proclamando las nuevas verdades absolutas, que, cabe imaginar, serían diametralmente opuestas a las actuales. Más bien sería deseable tratar de entender que la institucionalidad del sistema argentino sigue en un muy lento proceso de transición desde el colapso casi total de 2001 y 2002 hacia un modelo que, muy posiblemente, se empiece a definir mejor a partir del segundo mandato de Kirchner.
Aunque también es evidente que todo el conjunto de medidas y decisiones de la actual administración son material suficiente como para permitirnos aventurar, con todas las salvedades que la típica imprevisibilidad argentina nos impone considerar, qué modelo de sociedad, qué tipo de economía y qué sistema de organización y representación política se intentarán consolidar. Qué modelo de país, en definitiva. Y si además éste será viable, claro está.
En este sentido, el masivo acto del 25 de mayo kirchnerista fue de una importancia nada despreciable para la tarea de intentar avizorar lo que se viene. Se podría pensar que, como todo mitin político, fue apenas una demostración simbólica de fuerza. Una celebración envalentonada, un ejercicio de voluntarismo, una tentación ante la cual han sucumbido todos los presidentes desde 1983 cuando se sentían con las fuerzas suficientes como para hacerlo. Pero también fue bastante más que eso. Fue todo un acontecimiento significativo, en su sentido más semiológico, si se me permite aplicar este término tan técnico. Una superposición de imágenes, íconos y palabras, una repetición de actitudes y comportamientos, una serie de rituales que permiten analizar el actual estado de la situación y cuáles serán los próximos pasos. En la política, las cargas simbólicas importan, y mucho. Los discursos, también. No sólo por lo que dicen, sino también por lo que omiten, por su entonación, por sus destinatarios, por quienes parecen avalarlo con su presencia en el palco, por su sentido de la oportunidad.
Entonces, ¿qué se puede sacar en limpio después de un rápido vistazo de lo más destacable de este acto? Lo más evidente: quienes deseamos la modernización integral del sistema político argentino, con un modelo menos presidencialista y un Parlamento jerarquizado, con un aparato judicial moderno y eficiente, con un conjunto de partidos actualizado ideológicamente y que represente en esencia a las opciones más plausibles para ejercer el poder, es decir, la centroizquierda y la centroderecha; quienes estamos hartos del mesianismo, el populismo, la ineficiencia y el autoritarismo tan típicamente latinoamericanos, y deseamos fervientemente un viraje hacia las virtudes de las mejores y más consolidadas democracias del mundo; todos quienes intentamos tomar conciencia de los enormes desafíos que implica vivir en la vertiginosa globalización del siglo XXI y creemos que el pasado, aún el más reciente, es solamente valioso como objeto de un (profundo) estudio histórico, lo cual no es poca cosa si se lo piensa con detenimiento; todos nosotros, que me encantaría creer que en verdad somos más de lo que me parece, vamos a tener que seguir teniendo paciencia, esperando quizás mejores oportunidades e intentando contribuir a crear otras condiciones para que esos deseos puedan hacerse realidad. Más allá de que en la Argentina, de más está decirlo, para bien y para mal todos los cambios se imponen desde arriba.
Porque lo que quedó muy en evidencia en el 25-M de Kirchner es que la base concreta de su hoy omnímodo poder es lo más rancio y retardatario del peronismo. Sabido es que el presidente sabe exhibir un discurso apropiado para cada ocasión y para cada auditorio, pero también hay que saber que algunos de esos discursos no tienen ningún sustento en los hechos y las medidas reales. Escuchamos acerca de pluralismo, amplias convocatorias, transparencia, calidad institucional, capitalismo moderno. Desde hace unos días, de concertación. A la chilena o a la española, dependerá de la preferencia de cada uno. Pero en concreto, lo que se ejecuta es exactamente lo contrario de lo que se proclama. Porque, más allá de cualquier matiz interpretativo, ¿quiénes estaban ayer en la plaza, qué representaban, de dónde provienen? Nada de modernidades. Lo que hoy le provee a Kirchner ese apoyo multitudinario que se empeñó en exhibir son los mayores beneficiarios de su gestión, es decir, el conjunto de las corporaciones más cercanas al sentimiento peronista tradicional. Por más que amagara con la transversalidad, que intentara seducir a diversos grupos progres y de izquierda, aunque rara vez nombra a Perón y la liturgia peronista clásica difícilmente sea tan fashion como el vestuario de Cristina, los que concurrieron a la plaza a bancarlo a K fueron: los sindicatos en primerísimo plano, que ya han recuperado buena la parte del poder que Menem les había arrebatado; el rejunte de partidarios y punteros de muchos gobernadores e intendentes que seguramente odian a los pingüinos pero sobreactúan su fidelidad porque dependen de las arbitrariedades de la coparticipación y los fondos de las cajas; las fracciones de piqueteros muy beneficiadas por la administración, que ahora tienen poco para reclamar y mucho para agradecer; la Iglesia, que se queja por “detalles” pero recupera el tedeum en la catedral y mantiene los privilegios de siempre ("y mejor no jodan con la educación sexual, la despenalización del aborto y otras modernidades porque ahí nos calentamos en serio, después de todo monseñor Baseotto me agarra el choto", debe pensar Bergoglio); los grupos defensores de los derechos humanos, a quienes los únicos autoritarismos que parecen alterarlos son aquellos que no suben a Mercedes Sosa y a Víctor Heredia arriba del escenario; el Ejército incluso, que sería la excepción por ser tan maltratado por el “zurdaje” verbitskyano, pero que tuvo que disfrazar a sus granaderos y tocar algunas marchitas. El protocolo es así.
Por cierto, faltó la corporación empresaria, que se escandaliza con los modales de tipos como Guillermo Moreno, pero que si sabe ubicarse en donde corresponde tiene excelentes oportunidades para hacer grandes negocios (preguntar por Julito). Aunque la contrarreforma laboral los asusta, y mucho. Y faltó el enemigo tradicional del tradicional peronismo, el eje del mal nativo: la oligarquía terrateniente. Que se queja, se queja y se queja. Con y sin fundamento. Lavagna, en todo caso, era más elegante para ponerlos de patitas en la calle. “Así que les va muy mal, qué cosa, pero ¿cuánto se valorizaron sus campos en los últimos dos años?”, les preguntaba. Ahora, más retenciones y encima prohibiciones para exportar ganado. Enfrentamientos verbales, amenazas y paros, nunca trabajo y planificación, de ninguno de los dos lados. O si lo hay, nadie lo comenta, nadie se entera.
Entonces, en la plaza, corporativismo puro. Es decir, un modelo de participación política y ciudadana que se lleva muy mal con la democracia representativa liberal y moderna. A todo el festival de exaltación del nacionalismo retrógrado, mejor ni mencionarlo, por más irritante que resulte. Eso puede ser apenas anecdótico. Es mucho más preocupante que la calidad institucional se siga degradando, que el Congreso sea sólo un decorado fastuoso, que la Justicia sea avasallada y sirva sólo a los amigos. Que las medidas que deciden la suerte del país sean decididas entre corporaciones de funcionamiento poco democrático y con la ostentación de la propia fuerza como principal argumento de negociación. Que lo que el gobierno entiende por consenso y pluralismo sea en verdad sumar apoyos de cualquier lado con tal de que sea ciego e irrestricto.
¿Es posible, partiendo de una situación como la actual y como aventuran algunos como Torcuato Di Tella, imaginar para después del 2007 un sistema político más definido entre centroizquierda y centroderecha (más allá de alianzas circunstanciales y nomenclaturas) y un gobierno más preocupado en la gestión y en la previsión del mediano y el largo plazo? Difícil saberlo. Para empezar a despejar esa incógnita no estaría nada mal que K empezara a hacer lo que dice que quiere hacer.
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100 años de Defensores de Belgrano

Sería un atrevimiento que me considerase un hincha de Defe. Apenas un simpatizante. Pero, al fin y al cabo, soy bisnieto de uno de los socios fundadores, así que vale este pequeño homenaje.
Por eso y por algunos recuerdos de la infancia. Aprendí a nadar en las hermosas piletas de Defe, con unos vestuarios que me parecían un lujo (¡tenían compartimientos individuales para cambiarse!). A la cancha me llevó algunas veces mi abuelo, que ya había intentado hacerme de River llevándome al Monumental toda la campaña 1979, pero fracasó estrepitosamente. También un recuerdo de aquellos años del infierno de Racing en la B, un partido en el Cilindro en 1984, con Racing haciendo lo imposible para no perder de vista al Deportivo Español que se escapaba irremediablemente en la punta y Defe jugando tranquilo, enloqueciéndonos con los desbordes y un golazo al ángulo de Walter Fernández, quien al año siguiente pasaría a Racing y nos regalaría muy buenas actuaciones, además de la Supercopa. Aquel partido lo dio vuelta Racing, sufriendo mucho y ganando 2 a 1, pero nada de ascenso esa temporada. Faltaba otro largo año.
Incluso, una pequeña traición. En 1992, Defe bajó a la C y debió enfrentar a Excursionistas, el clásico rival del Bajo. Y mi viejo quiso ir a la cancha conmigo, pero a la tribuna de Excursio, porque mi otro abuelo, su viejo, a quien no llegué a conocer, era del Verde. Fue un partidazo, ganó Excursio 3 a 1, y reconozco que grité los goles. Cómo no hacerlo, en esa tribuna de enloquecidos.
Supongo que ese desliz fue perdonado. Me alegré cuando Defe subió a la B, y después al Nacional. Si en la AFA no hubiera joda, el año pasado habría bajado el desagradable Chacarita de Barrionuevo, y no Defe otra vez a la B. Este año el ascenso se escapó por poco. Así que vamos Defe, que hay que volver al Nacional.
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sábado, 20 de mayo de 2006
Familia Costa en la radio
Un poco tarde, pero esta es la novedad. Habrá más para la semana que viene, con tiempo. 
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martes, 16 de mayo de 2006
Más nacionalprogresismo

El siguiente es un link al blog del inteligente crítico de cine Leonardo D´Esposito (http://www.elbigote.blog.terra.com.ar/), quien comenta un ridículo proyecto de ley que obligaría a todas las películas nacionales a incluir primeros planos de la bandera nacional.
Es una locura total. De todas las lacras ideológicas posibles, el nacionalismo es una de las peores. ¿Sabrá la senadora que estamos en el siglo XXI, conocerá la problemática de la globalización, estará al tanto del agotamiento del modelo decimonónico de estados nacionales? No creo, ni siquiera sabe escribir en español. Creo que es en la política cultural en donde se hacen evidentes las peores características del peronismo. Esa visión tan atrasada del mundo, ese autoritarismo inspirado -como bien dice D´Esposito- en el fascismo, el nazismo y el stalinismo, ese paternalismo que favorece un estado guardián ideológico de las cabecitas de sus indefensos ciudadanos, ese estúpido y simplificado odio por los EE.UU. Lo peor es que mucha gente va a estar de acuerdo con el proyecto. Los políticos obedientes que quieran quedar bien con el jefe, los cínicos de la "industria" súbitamente patriotas para financiar Patoruzito y otras basuras, los ñoños biempensantes y políticamente correctos del gran diario argentino, el público en general finalmente, que supo ser liberal, cosmopolita y privatista y súbitamente se ha vuelto progre, nacionalista y estatista. Una regresión en todo sentido.
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viernes, 12 de mayo de 2006
P de polìtica

Esta vez los prejuicios no tuvieron fundamento. Contra todo lo que indicaban sus antecedentes, V de venganza es una película que, sin dejar de aspirar a recaudar las mismas fortunas que cualquier otro tanque de Hollywood que se precie de tal, se diferencia de la mayoría de los bodrios de su categoría por arriesgarse a discutir algunos planteos políticos fuertes sin caer del todo en la banalidad, y sin excesivas concesiones a lo políticamente correcto.
Por más que se la presente como otra adaptación de las historietas de un superhéroe, V de venganza es en realidad una versión muy libre y alivianada de 1984, la famosa novela de George Orwell. Cierto, posiblemente no muchos espectadores de multicines podrían soportar una película que respetara fielmente el espíritu de aquel libro tan implacable y angustiante, que en el inicio de la guerra fría se animaba a desarrollar con paciencia y detalle todos los horrendos aspectos de un estado totalitario en un futuro próximo. Por eso los principales problemas de V no residen en su estética más bien convencional, o en algunos diálogos grandilocuentes, o en su estructura de flashbacks algo confusos, o en el escaso atractivo de sus escenas de acción. La película debe, antes que nada, lidiar con una dificultad inicial, que radica en cómo trasladar el futuro de Orwell al futuro cercano inscripto en el imaginario colectivo del espectador de comienzos del siglo XXI. En V, el estado policial inglés que se jacta de prevalecer incluso por encima de los EE.UU no termina de armonizar con la percepción más difundida de un mundo globalizado dominado por las grandes corporaciones informáticas y de biogenética, aquello que el cyber punk avizoró y el presente parece confirmar, al menos parcialmente. La fortaleza de ese estado policial inglés del futuro se justifica únicamente en su estricto control policial, por supuesto que posibilitado por una sofisticada tecnología de represión más insinuada que puesta en escena, y por el aparente monopolio de las transmisiones televisivas. Pero claro, esa situación algo simplificada no parece tan horrenda como para justificar el accionar terrorista del enmascarado. Los ingleses de ese futuro pueden parecer algo anestesiados, deben respetar toques de queda y dependen de la TV estatal para saber cómo pensar. Pero parecen esencialmente felices, no hay exclusión social o económica, la paranoia que genera el sistema de delaciones no parece mucho peor que el generado por una manzanera duhaldista. A lo que se parece esa Inglaterra no es tanto al totalitarismo clásico sino al presente de la heterodoxia comunista china: una extraña combinación entre estado fuerte, control social, poder militar, economía de mercado, alta tecnología y acceso a Internet pero con contenidos restringidos.
Por eso, como casi siempre en el cine mainstream, para justificar la construcción un tanto endeble del presente se debe recurrir al pasado. La historia que se narra mediante sucesivos flashbacks es imprescindible para entender el presente de las acciones, todo ese torbellino que se va acelerando a medida que se acerca al poco sorpresivo final. Y también como casi siempre en estas películas, el trauma de un individuo se entrelaza con la historia de esa estructura (en este caso estatal) que lo determinó para siempre y sobre la cual se dispone a operar. Siempre el individuo enfrentado al colectivo. Un tipo de individuo que excede la categoría de superhéroe para entrar en la harto más problemática de terrorista. El enmascarado es un resultado directo de las operaciones del estado, porta un discurso social para levantar a las masas, pero su motivación es personal. Después de dinamitar el Old Bailey y antes de destruir el parlamento (su particular modo de llamar a la desobediencia civil), la tarea que lo ocupa es la venganza personal, matar a esos otros individuos que le hicieron lo que le hicieron, en nombre del estado, de la ambición de poder, o de la megalomanía cientificista.
Las dos historias principales de V de venganza están, como decía antes, entrelazadas: por un lado, el ascenso y posible caída del estado policial inglés; por el otro, la identidad y el accionar de un individuo que fue un producto colateral de aquel ascenso y artífice solitario del inicio de la caída. Si la Inglaterra de 2025 se parece a la China de 2006, la que permite la ascensión del partido del alto canciller es igual a la Alemania de Weimar que culmina en 1933 con Hitler y el III Reich. Toda la estética partidaria es una copia nada sutil de la emblemática nazi-fascista (algo también recreado en The Wall y agotado por sus innumerables reproducciones merced al merchandising). En resumidas cuentas, las bases del conformismo inglés del presente de la narración hay que rastrearlas en el miedo y el caos del pasado: una sucesión de guerras internacionales gentileza de los EE.UU. y la eterna cuestión de Medio Oriente, más las operaciones desestabilizadoras del partido, las cuales culminan con los experimentos y los atentados bio-terroristas contra la propia población inglesa como mecanismo último para consolidarse en el poder. De aquellos experimentos nace el enmascarado, superhéroe y terrorista, guerrero e intelectual, bon vivant y connaiseur, atesorador de los emblemas de la alta cultura del pasado (un inglés puede ser revolucionario y conservador a la vez), extremista dulcificado por el amor de una mujer (quien arrastra sus propios traumas a causa del accionar del estado) a la que sin embargo no duda en torturar con tal de convertirla a su causa.
Como se ve, V de venganza trata de cuestiones bastante urticantes para lo que es la media del cine comercial. Y a pesar de sus evidentes falencias, no lo hace de manera superficial. Para la polémica quedará, en todo caso, si a todos esos recursos que debe utilizar para aligerar la historia original de 1984 se los debe considerar como medios legítimos para lograr que una película así llegue al gran público, o como concesiones inaceptables que terminan por diluir demasiado el mensaje político de fondo. Ciertas cuestiones del film podrían servir como argumentos a favor de cualquiera de las dos posiciones. Las terribles “telepantallas” de Orwell son aquí hermosos aparatos de pantalla plana, con el logo de una marca actual bien visible. Las torturas por las que debe pasar Natalie Portman son de un jardín de infantes en comparación con lo que sufre (y cómo termina) el desgraciado de la novela. El llamado a la acción civil del enmascarado tiene la estética del atentado terrorista (ver explotar al Big Ben es una referencia obvia a las Torres Gemelas) pero lo que termina proponiendo es una desobediencia civil no violenta (por suerte), más al estilo de la Ucrania del año pasado que a las violentas (aunque imposibles) rebeliones imaginadas por Orwell. Y estos ejemplos no son para nada anecdóticos, sino que están en el centro de la discusión política que la película propone. Que esta discusión sea posible, ese es un mérito de la película. Que las industrias culturales propongan a los estados totalitarios como los únicos malvados del futuro, es una de sus limitaciones.
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El Cholo



Tres momentos, ilustrados por las fotos.
Copa América de 1999. Las estrellas argentinas que juegan en Europa alegan cansancio, stress, jet-lag, lesiones en fiestas, y se niegan a jugar para la selección. Marcelo Bielsa no chista, y arma un equipo basado en el Boca de Bianchi que bate todos los records. Y con el Cholo Simeone. Él sí que viene de Europa. Cómo no va a venir.
Partido debut contra Ecuador. Van pocos minutos y hay corner para Argentina. Un centro pasado, y el Cholo, que venía lanzado como una tromba, se eleva y conecta un furibundo cabezazo, de pique, inatajable. Golazo. El Cholo lo grita como si fuera la final del mundo. Es el mensaje del capitán.
Fines de 2004. El Cholo planea su retiro. Podría hacerlo en Europa, en el Aleti, en la Lazio, en el Inter, en donde conquistó títulos y la idolatría de los hinchas. Pero no, él es de Racing, dijo que se quería retirar en la Academia, en donde nunca jugó, y eso es lo que va a hacer. Viene, juega bastante bien, hace un par de goles, no sale campeón por poco. Habría salido si hubiese venido a River o Boca, como Francescoli, Gallardo, Balbo. O si se quedaba en Qatar, como el Bati. Pero no, él vino a Racing, y en Racing las películas rara vez terminan bien.
Mediados de 2006. Se tuvo que retirar antes de lo previsto. Su segundo campeonato fue más flojo, algunos atrevidos se animan a chiflarlo. El equipo cae en picada, se come a varios técnicos. ¿Quién agarra la papa caliente? El Cholo. Debuta como técnico, y nada parece cambiar. El equipo sigue perdiendo, amenaza la promoción. Pero algo cambia. El Cholo puso a los pibes de las inferiores, los que salieron campeones con la cuarta. Y de repente, cuatro victorias al hilo, con el arco invicto. Eso, en el fútbol argentino de hoy, tan imprevisible e histérico, es un milagro. Pero igual se va a tener que ir. Cambio de manos en la empresa Blanquiceleste S.A., gerenciadora del fútbol de la asociación civil Racing Club.
Se va por la puerta grande, y no importa el partido de esta noche. Habría que despedirlo como se lo merece. Un partido en la cancha de Racing, contra la Selección. Un tiempo para cada uno, y lo que se recaudare por la venta de entradas (cuyo precio no debería ser de $ 100 la general, para que la pelota no se manche), quedaría para el club o para beneficiencia.
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lunes, 8 de mayo de 2006
Rock en la fiesta electrónica

No creo que las fiestas electrónicas como la Southfest, a la cual asistí el sábado pasado, tengan muchos motivos musicales de peso como para justificar el elevado precio de su entrada. No es que falte calidad, en todo caso falta cantidad. En la Creamfields del año pasado pude comprobar que pagando mucho menos que una entrada de campo para ver, por ejemplo, a los apolillados U2, tuve a mi disposición horas de música en vivo en los más variados formatos y géneros, desde Emmanuel Horvilleur a la Zuker XP, desde 2 Many DJ´s a Prodigy, desde Paul Oakenfold a Audiobullys. Muchos escenarios, varias carpas en un espacio adecuado, sin superposiciones ni otras mezclas de sonido que no fueran las ejecutadas por los DJ´s. Sí, claro, conseguir algo de comer o tomar era más difícil que en Haití, pero más que nada estoy hablando de música.
Pero la Southfest fue otra cosa. Un predio mucho más pequeño, apenas un escenario principal y una carpa medianita, demasiado próximas entre sí. Una docena de artistas en total. Sólo dos bandas en vivo. Poca oferta para lo que era el precio de la entrada. Pero como ya hace rato que se nota en los festivales dirigidos al público de clase media para arriba (bastante arriba) a nadie parece importarle demasiado. Está el VIP, están las cada vez más numerosas carpas de los auspiciantes, donde casi nada viene de arriba, sin embargo. Más bien todo lo contrario. Y por supuesto, está el público, también cada vez más numeroso, habitual de este tipo de festivales, que básicamente y como en cualquier otro evento multitudinario no tiene ni idea de lo que está escuchando, quiénes son los que tocan, que estilo tiene tal o cual DJ. Se trata de estar, como había que estar en River con los Stones. Se trata de bailar, moverse, bailar mucho, tomar tragos, Speed, bichitos, churros. Algunos llevan las bocinas, otros silbatos, otros muñecos, o disfraces, prendas estrafalarias. Lo que se puede hacer en Mint o en Pachá cualquier día, pero al aire libre y a mayor escala. ¿Es todo esto criticable de por sí? No más que todos los rituales del aguante, por ejemplo, o del reviente cumbianchero. El eterno juego de mirar y ser mirado, de llamar la atención, de divertirse o creer en la diversión. Las diferencias son superficiales, es sólo cuestión de poder adquisitivo.
Pero a mí me interesa la música. Sí, la entrada me la regaló mi hermano, pero de todos modos yo tenía muchas ganas de ver a LCD Soundsystem. ¿Por qué un grupo de rock como éste del notable James Murphy (natural de New Jersey, también DJ y productor de los geniales The Rapture y otros grupos nuevos importantes, para más datos) se presentó en una fiesta electrónica? Simplificando bastante la cuestión, porque su música contiene algunos de los elementos que cualquier clubber globalizado pediría para bailar un buen rato en su pista preferida, pero en verdad LCD Soundsystem es mucho más que eso, y por eso lo considero un grupo de rock, acogedora etiqueta que permite reunir a todos los descarriados e inclasificables. Para bailar están los ritmos machacantes, los bajos poderosos e hipnóticos, temas de largo desarrollo (y no quiero menospreciar para nada la importancia del baile para la música). Pero también están las melodías mínimas, unas cuantas parrafadas rapeadas sin rastro de hip-hop, algunas frases que se repiten como mantras, teclados y guitarras que pasan desapercibidos a nivel de la ejecución pero que disparan certeros ataques sónicos al cerebro. Además, abundante percusión, tanto electrónica como tradicional, a cargo de un baterista de un despliegue llamativo, y ocasionalmente también del guitarrista y del propio Murphy. En algunas canciones, y como para reforzar, bases pregrabadas de bajo y batería, todo perfectamente amalgamado. Un conjunto bastante particular, una mezcla de Public Image Ltd. con Daft Punk, algo de dub, algo de house, algo de ruido industrial.
Y el recital fue contundente, conciso, de apenas una hora de duración, y si bien quizás no hubiera sido conveniente prolongarlo demasiado, sí me quedé con ganas de un par de canciones más, no sé, quince minutitos, un par de bises. Pero no, el horario está pautado, hay que desmontar todo que viene Cattaneo. No importa, LCD Soundsystem demostraron con creces por qué son uno de los grupos más interesantes del momento, ofrecieron un show impecable, que combinó prolijidad y potencia, meticulosidad y el necesario descontrol de toda presentación en vivo. Un sonido muy bueno y sin fallas, que permitió apreciar la variada paleta de sonidos del grupo. Si no se puede calificar al show como memorable, como sí lo fue este año el de Franz Ferdinand, es porque simplemente el marco no era el más adecuado, por todo lo expuesto más arriba. De hecho, el único tema que tocaron con un poco de desgano fue el hit, el que todos querían escuchar, el radiable "Tribulations". No es que esa actitud sea elogiable de por sí, pero es la clásica venganza del músico. (A propósito de esto, para la historia quedó la furia que le provocó a Nirvana el típico machismo y la intolerancia de los descerebrados rockeros argentinos para con sus amigas, las Calamity Jane, lo que derivó en uno de los peores shows de un grupo internacional relevante en Buenos Aires, con Kurt Cobain amagando todo el tiempo con tocar "Smells Like Teen Spirit" para finalmente no hacerlo nunca).
¿Y qué más hubo en la Southfest? Alcancé a escuchar cuatro canciones de Ladytron, la otra banda en vivo programada. Absolutos desconocidos para mí, fueron una agradable sorpresa. Tres chicas y tres chicos, todos vestidos de negro, una onda ligeramente gótica, pero sin exagerar. Y los sonidos acompañaban el vestuario, un rock medio tiempo bailable e industrial, con dos cantantes que más bien recitaban, con melancolía impostada pero sin desgano, lo que no las hacía demasiado odiosas. Pero también sonaban muy aceitados y potentes, no estaría mal buscar algún disco de ellos en Internet.
También me quedé un rato largo escuchando a Cattaneo, el famoso "DJ argentino que triunfa en el exterior, vive en Londres, o Barcelona, y no es un grasa como Deró, aunque tampoco es bueno mostrarse demasiado fan suyo". El que se llevó a mi amada Jackie Keen. En la semana lo había escuchado en la radio en el programa de Matías Martin, y no me cayó para nada mal. Un tipo ubicado, sin falsa modestia pero tampoco agrandado, simpático y muy correcto, quizás demasiado. Profesional, muy dedicado a lo que hace. Y supongo que lo hará bien, yo no tengo los elementos suficientes como para juzgarlo. Lo que escuché no me desagradó, tampoco me interesó demasiado. Se dice de él que sus mezclas son muy elegantes, y sí, podría ser. También me pareció bastante tranquilo, no sé si en algún momento de su extenso set habrá acelerado los beats. No pretendo descalificar para nada lo que hace Cattaneo, pero no creo que lo suyo fuera como para que el público se mostrara tan excitado, dejando de lado el trillado tema de las sustancias. Es cierto que no es para nada efectista, como sí lo eran los otros DJ´s que escuché el sábado, Plump DJ´s, u otros como Fatboy Slim que juegan abiertamente para la tribuna. Pero tampoco me pareció que Cattaneo tome demasiados riesgos. Hablando desde lo poco que sé de música electrónica, su set me pareció muy correcto, agradable pero sin matices. Es que yo estoy más acostumbrado a la electrónica cuando se cruza con el rock, con los Chemical Brothers como el mejor ejemplo, y los 2 Many DJ´s como el mejor show de los que vi en la última Creamfields. Claro, ellos también tienen un grupo de rock, Soulwax, que en su disco Any Minute Now demuestran tener más de un punto en común con, justamente, LCD Soundsystem (creo haber leído que James Murphy participa en la mejor canción del disco, "NY Excuse").
Eso fue todo, puede que haya parecido que estuve poco tiempo, ya que me fui algo después de las 2, mientras mi hermano y sus amigas se quedaron hasta las 6. Pero bueno, después de todo estuve cuatro horas. A mi edad no creo que se pueda pedir más. Y yo fui a ver a LCD Soundsystem.
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martes, 2 de mayo de 2006
Internacionales

Acerca de la foto:
¡Aprendé K, esto es un piquete a una estación de servicio!
¿Nadie leyó las páginas internacionales de los diarios últimamente? ¿No hay nada que les llame la atención?
Quizás una tercera guerra mundial a la vuelta de la esquina por la cuestión de Irán y el enriquecimiento de uranio, sin olvidar que en Palestina gobierna una agrupación terrorista y el estado de Israel actúa como tal, en ciertas ocasiones. Bueno, sí, una retirada unilateral quizás sea mejor que ninguna, pero la cuestión está muy lejos de resolverse.
¿Qué más? La vieja Europa descubre las bondades del piquete, en sus variantes musulmuna-marginal o intelectual no flexibilizable, por eso Francia parece la Argentina de 2001. La prensa inglesa sensacionalista, el incomparable Sun de Londres muestra el culo de la canciller alemana. Un progreso indudable, por mucho menos en el siglo pasado empezaban una guerra mundial. En cambio, en la nueva Europa, la central y del este, la fiesta continúa. Modernidad para sumar a la tradición, celulares, i-pods, plasmas, de todo para festejar. Llueven las inversiones y las relocalizaciones, ojalá que les dure. Al menos hasta que despierte el próximo gigante asiático con ganas de terminar con la pobreza de 500 millones de tipos en dos semanas.
¿Y en el Cono Sur? Ahora sí que se puso lindo. Nunca estuvo tan cercana la posibilidad de invadir la Banda Oriental, y terminar con esa farsa del paísito suizo en medio de los cabezas de termo sudamericanos. Pero al esperpéntico venezolano se le suma el de pulóver a rayas, que nacionaliza los hidrocarburos, y ahora agarrate. Los diarios de negocios, las agencias como Reuters, los mercados centrales todavía no lo pueden creer, creen que están viviendo una pesadilla. ¡Justo ahora! Pero esta película ya la vimos, y el final no creo que vaya a ser diferente. ¿Qué tal otra campañita al Alto Perú, ya que estamos? Y el que no va a poder festejar para nada el pase a cuartos de final del Timao es el compañero Da Silva. Con Uruguay y Paraguay en el ALCA, Argentina en Santa Cruz, y Bolivia con Cuba, el liderazgo regional y la Comunidad Sudamericana se posponen hasta el siglo XXIV, como mínimo.
Apasionante y divertidísmo, si no fuera que nos afecta directamente, aunque no lo notemos.
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martes, 25 de abril de 2006
Se fue el BAFICI

Se sabe, nadie puede estar en todos lados, y por eso mi presencia en el festival de este año fue casi testimonial: apenas un total de cuatro películas. Está claro que una grilla de programación así de apretada es la única forma de poder presentar tamaña cantidad de películas. Ningún festival del mundo, por muy importante que sea, puede durar un mes para que todo el mundo pueda ver todas las películas. El cine parece no ser tan rentable como un mundial de fútbol, al fin de cuentas.
Pero lo malo del festival es que uno se desespera por ver todo lo bueno, muy bueno e imperdible que hay para ver cada año, rarezas o experimentos muy difíciles de ver en salas comerciales, que a lo sumo y con mucha suerte alguien se animará a programar en el Malba o la Sala Lugones del San Martín. Y el público lo tiene muy en claro, porque responde llenando todas y cada una de las funciones, ya sea en el Abasto o en las demás salas periféricas. Pero claro, si bien el festival tiene muchos adeptos, también sabemos que es un evento para algunas minorías: críticos de cine, estudiantes y directores jóvenes, algunos empresarios o distribuidores independientes, chicos bohemios y alternativos por demás, estudiantes y turistas extranjeros (de presencia cada vez más notoria). Con todo esto no alcanza para que el festival resulte no más importante, que ya lo es, sino más cómodo. Más y mejores salas, más repeticiones de las mejores películas, mejores facilidades para asistir a los eventos. Me da la impresión de que la distribución de las salas no es la apropiada, que la mayor cantidad de proyecciones se centralice en un lugar es acertado, pero que ese lugar sea el Abasto no lo es en absoluto. No hay forma de evitar sentir que ese lugar es hostil, todo el evento del festival parece un injerto contra natura. En medio de la vorágine por conseguir entradas o no perderse la última proyección de esa joya que jamás volveremos a ver, falta algo más de tiempo para el disfrute. O para la reflexión, para la polémica, incluso para socializar, para compartir otras cosas con los demás espectadores y los organizadores.
A medida que escribo estas líneas me parece que se vuelven irrelevantes, cualquier evento cultural de cierta envergadura, como también la Feria del Libro, por ejemplo, sufre de los mismos males de gigantismo y aceleración desmedida. De hecho, a la Feria ya no voy más, más allá incluso de todo lo que ese evento significó en mi historia personal. Mejor comprar los libros en la librería y leer tranquilo en casa, porque, después de todo, ¿para qué mierda quiero que Hanif Kureishi me firme un libro?
La última película que vi del festival fue Election, del coreano Johnny To. Otra de mafiosos, un género que ya se ha vuelto definitivamente universal. Y tiene lo que tienen todas las del género: luchas por el control de la organización, violencia, humor absurdo, alguien que se queda con todo después de terribles luchas. Los espectadores occidentales todavía solemos denominar “independiente” a este tipo de películas, pero dudo de que en sus países de origen realmente lo sean. Están realizadas con presupuestos generosos, actores famosos y todo lo que el espectador de cine más comercial espera encontrar para su tranquilidad, en cualquiera de los dos hemisferios. Por supuesto que hay un cine oriental experimental, diferente (muy diferente), y ese cine también lo he visto en el festival, pero está claro que un film como Election es del más puro mainstream. Sigue siendo una experiencia desafiante, de todos modos, porque todavía cuesta acostumbrarse al muy peculiar sentido del humor oriental, a la entonación de esos idiomas irreconocibles, que puede parecer muchas veces desconcertante, a esa extraña manera de alternar cierta ingenuidad casi pueril con explosiones de violencia o perversión difíciles de digerir. Hay toda una serie de barreras culturales, en definitiva, que van más allá de tal o cual película o director, y que se interponen como un desafío adicional a lo específicamente cinematográfico. Podríamos también considerarlas como una invitación a comenzar a entender algo de esas complejas y fascinantes sociedades del Lejano Oriente. Aprovechemos ahora que la invitación es amigable, me da la impresión de que pronto seremos testigos de una verdadera invasión de las industrias culturales orientales, y no únicamente de aparatitos electrónicos.
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miércoles, 19 de abril de 2006
martes, 18 de abril de 2006
Cuando la publicidad impone estas caras de imbéciles
¿Alguien podría adivinar qué se supone que quieren vender los que publicaron este engendro?¿Medicina prepaga, tarjetas de crédito, universidades privadas, AFJP´s? ¿Venden algo con este tipo de estética tan de Hallmark Channel para jóvenes? ¿Por qué esas caras, esas sonrisas, qué significan esas posiciones? ¿Es porque no pudimos presenciar la orgía que comenzó inmediatamente después de la sesión fotográfica? ¿Realmente creen que el público, o al menos el segmento de público al cual se dirigen desearía tener esa apariencia, esa ropa, mostrarse con esa actitud de alegría artificial? ¿O no es tan artificial, después de todo? Si ellos son los grosos, entonces deben tener razón. ¿O no será todo un gran, enorme, gigantesco malentendido? |
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lunes, 17 de abril de 2006
BAFICI bizarro

Todavía tengo pendiente completar la nota sobre Daniel Burman, pero empezó el BAFICI, y durante el fin de semana no pude evitar la tentación de ver algunas películas, aún sin estar muy al tanto de la grilla de este año.
Por eso al sábado a la noche terminé viendo un descarte del Hoyts a las 0:45, la única que no estaba agotada. Se llamaba Double Dare, un documental norteamericano sobre dobles de riesgo, en este caso dos mujeres, la experimentada y la debutante. Nada demasiado llamativo, mientras lo veía trataba de convencerme de que la historia era interesante, que revelaba un costado poco conocido de la industria del cine, que la breve aparición de Quentin Tarantino valía por toda la película. Pero en verdad el conjunto resultaba demasiado convencional, poco arriesgado, hasta indulgente. Parecía uno de esos realities de la MTV o de VH1 que tanto fastidio me causan (¿no eran canales de música, esos dos?) y que tardo una fracción de segundo en pasar de largo con el zapping.
Para el domingo fui mejor preparado, había tenido tiempo de consultar la grilla de programación con más detenimiento. Así fue que después del ensayo de Familia Costa me dirigí al Atlas Recoleta, un reducto apartado en medio de la parafernalia turística y familiar ABC1. Una sala que ahora llamaríamos vintage por su estilo setentoso tardío (esa onda recargada de revestimientos acolchados y de tonalidades coloradas oscuras, que parecía funcionar igual de bien en boliches, cines, restaurantes y telos), pero que no es otra cosa que lo que quedó de la decadencia general de los cines tradicionales. Sobrevive como el hermano menor del América, a fuerza de eventos especiales como el festival, en general de mucha menor escala que éste. Más allá de su condición, al Atlas Recoleta lo asocio siempre con buenas películas, casi siempre muy alternativas. Como antecedente más inmediato, de esa misma sala había salido unos cuantos meses antes, excitado como un nene después de ver la increíble Kung-fusión, en una noche tan fría como la de ayer.
Decidí hacer una seguidilla de dos películas consecutivas, con una apurada pausa para comerme una hamburguesa en el local de al lado, entre una y otra función. La primera fue Screaming Masterpiece, también un documental, pero bien diferente al anterior. Este trataba sobre la escena musical islandesa, la cual se hizo famosa mundialmente con los trabajos de Björk y Sigúr Ros. La realización era mucho más ambiciosa desde el punto de vista formal, y los largos pasajes musicales contribuían a reforzar, quizás excesivamente, ese sentimiento de majestuosidad que buscaban transmitir las abundantes tomas panorámicas de los paisajes de Islandia. Es evidente que la música de ese país posee características muy propias y definidas, ya sea en sus variantes más tradicionales o en su fusión con otros géneros como el rock, el pop o la electrónica. Se puede entender también que la obra de Björk no es un caso de genialidad aislada venida de aquellos confines polares, sino que es la parte más visible de todo un movimiento estético que parte de premisas incluso políticas. Pero en términos estrictamente cinematográficos la película no puede evitar caer en la monotonía. El director se esmera en transmitir toda la delicada y a la vez primitiva belleza de esas voces y esas instrumentaciones casi vanguardistas que parece ser la constante de la música islandesa. También se ocupa de presentar a una gran cantidad de artistas, intentando abarcar a todas las edades, géneros y niveles de difusión previa: no parece faltar nadie, si es cierto que en Islandia viven apenas 300.000 personas. Pero todo este cuidado no puede impedir que la narración cargue con el peso de una solemnidad por momentos exasperante. Pareciera que el director se tomara a los músicos demasiado en serio, mucho más que ellos mismos incluso. Nadie sonríe, nadie parece divertirse ni disfrutar la música de otro modo que no sea en medio de un éxtasis místico. Todas las declaraciones de los protagonistas son emitidas en un tono como de ceremonia religiosa, y también hay que decir que no todos tienen mucho de interesante para contar. Y esta solemnidad tan contraproducente llama mucho la atención, porque muy a su pesar la película deja entrever que los islandeses son en verdad unos jodones de aquellos. No me cabe la menor duda de que sólamente con un sentido del humor por demás especial puede un grupo de seres humanos vivir de manera tan armoniosa en un lugar tan inhóspito como Islandia. 
Únicamente la entrevista a Björk le aporta algo de claridad teórica a todo el asunto, parece ser ella la que mejor entiende o la que mejor sabe explicar la historia y la inesperada proyección de la música de su país. Justamente ella, la súper estrella pop (cuya música se vuelve más y más compleja a medida que pasan los años y los discos, pese a su éxito comercial o quizás justamente a causa de él). Es un placer además ver algunas imágenes de sus grupos anteriores, como por ejemplo los muy ingenuos, sofisticados y divertidos Sugarcubes, a quienes se les agradece el toque de ligereza que le falta a la película. Y también reconforta comprobar que en la actualidad Björk sigue tan linda como siempre.
Y la segunda ¿película? resultó ser todo lo lunática que prometía, pero muchísimo más escatológica, morbosa y políticamente incorrecta. Su título, The Aristocrats, proviene de un chiste viejo y no muy gracioso que circula desde hace décadas entre los actores del vodevil norteamericano. Es justamente una típica pieza que ilustra muy bien el estilo del humor yanqui, ese que, a la distancia, a muchos les resulta incomprensible. Básicamente sería algo así:
Un matrimonio de actores se presenta ante un agente teatral para ofrecerle un número nuevo, nunca visto.
-¿En qué consiste?-, pregunta el agente.
- Mi esposa y yo entramos al escenario- contesta el actor-, y luego de bailar un numerito musical, nos ponemos a cagar en un balde. Después volcamos el contenido en el piso y nos revolcamos en la mierda hasta quedar por completo cubiertos. Saludamos y nos retiramos.
- Es lo más espantoso que escuché en mi vida, ¿cómo se llama este acto?
- “Los aristócratas”.
A partir de este chiste tan sencillo, que oscila entre lo absurdo y lo escatológico casi con ingenuidad, la película se construye mediante el montaje frenético de breves fragmentos de entrevistas a varios de los cómicos más famosos de los EE.UU en la actualidad. Aunque no conozcamos todos los nombres, seguramente los vimos en las series de Sony, o en películas, o en programas como Saturday Night Live, o shows como los de Leno, Letterman o Carson. Por si no quedó claro, ninguno es un artista del under, aunque quizás provenga de allí. Y no parece faltar casi nadie, sólo Seinfeld y Jim Carrey. Pero están Paul Reiser (Mad about you), Jason Alexander (el George de Seinfeld), Drew Carey, Whoopie Goldberg, Rob Schneider, ¡Carrie Fisher!, Kevin Nealon, Trey Parker y Matt Stone (los realizadores de South Park), y muchos más que ahora no recuerdo. Otros son escritores de revistas humorísticas, o productores de cine o TV, en algunos casos, verdaderas leyendas de la comedia.
Está claro que durante las entrevistas los cómicos dialogan con los realizadores, pero en la edición final queda mayormente lo que declaran los actores, como si fuera una variante todavía más informal de sus rutinas stand-up. Y lo que la edición de los fragmentos va intercalando a un ritmo tremendo es, en resumidas cuentas, primero la versión “básica” que cada cómico conoce del chiste, y luego cómo cada uno de ellos lo va modificando para darle su toque personal, casi siempre expandiéndolo hasta hacerlo durar varios minutos, agregándole toda clase de variantes y hasta cambiando o invirtiendo el sencillo remate. Algunos hasta se atreven a teorizar o incluso historizar acerca del chiste y sus sucesivas modificaciones. También se cuentan las anécdotas de quienes presenciaron las versiones más legendarias del relato de este chiste.
Pero el detalle fundamental es que todos esos agregados son una acumulación infinita de escatología, pornografía, incesto, racismo, sexismo, xenofobia y todo aquello que pueda considerarse como políticamente incorrecto. Se trata de convertir al inocente balde de mierda del chiste original en una montaña de lo peor que pueda imaginar un ser humano. Todos, absolutamente todos y cada uno de esos cómicos, muy aptos para todo público por lo general, que suelen aparecer en series y películas familiares, se dedican a relatar bellezas del estilo:
Entonces entran al escenario mi hija de diez años y mi hijo de ocho. Empiezan a coger entre ellos, hasta que me caliento tanto que agarro del culo al nene y le meto en el orto mi pija llena de mierda, mientras por la otra punta del escenario también entra mi abuelo con un burro, al cual mi mujer le empieza a chupar la pija hasta que de la acabada del burro mi mujer queda tuerta, lo cual no le impide a mi abuelo empezar a cogérsela él por el culo, mientras mi nena de diez le chupa los huevos a mi abuelo y el burro le chupa la concha a mi mujer.
O si no:
También tenemos un bebé de apenas unos meses, al cual intento volver a meter en la concha de mi mujer, pero sólo consigo meterle la cabeza, así que también le meto a mi mujer mi pija en la concha así el bebé me la puede chupar desde adentro. Mientras tanto, unos miembros del KKK se dedican a ahorcar a varios negros, y un nazi disfrazado de Hitler prende fuego a mi hermano judío, situación que es aprovechada por un grupo de hispanos para robarnos las billeteras.
O también:
Mi hijo de quince años tiene la pija tan grande que al penetrarme hace que me revienten las hemorroides, por eso cuando la saca mi recto se despedaza y se vuelca ardiendo por todo el escenario, y los nódulos más chicos son del tamaño de una pelota de tenis. Mi hija menor los agarra del piso y se los come como manzanas.
O la versión “invertida”, a cargo de una simpatiquísima y joven actriz:
- En su antiguo palacio de las afueras la familia disfruta de una exquisita cena, servidos por el mayordomo y varias mucamas. Todos conversan con amabilidad, amor y respeto, los chicos se portan bien, piden permiso para hablar y manejan los cubiertos a la perfección. Deciden comer el delicioso postre en la sala de juegos, mientras el padre disfruta de un excelente cognac y un puro junto al fuego de la chimenea.
- Ajá, bien, ¿cómo se llama el acto?
- “La familia de putos remachados y chupapijas” (traducción libre de “the cocksucking motherfuckers”).
Y hay más, mucho más. Está la versión de los dibujitos de South Park, la versión de acróbatas con fuego, hasta la versión de un mimo, que hace toda la mímica de violar a un bebé para el espanto de los ocasionales peatones. Algunos de los cómicos le cuentan incluso el chiste a sus propios nenitos de menos de un año, rubiecitos y tiernos como cualquier otro bebé, y los nenes reponden a las barbaridades del padre con risitas e interjecciones. Después de toda esta interminable serie de atrocidades más explícitas que el peor de los materiales del más perverso de los sex-shops, el remate es siempre el mismo: “se llama Los aristócratas”. Delirante, imposible de creer, revulsivo, salí del cine con amagos de arcadas. Pero nadie podía parar de reírse.
Cuando algunos de los actores hablaban de mezclar en el relato del chiste a las víctimas del 11-S toda esta locura empezaba a tener un sentido más político. Muchos de los cómicos son neoyorquinos, de la larga tradición humorística judía que se remonta a los Hermanos Marx, pasa por Woody Allen y llega hasta la fama planetaria del mismo Jerry Seinfeld, y vivieron el clima de consternación patriótica posterior al atentado como una maldición. No solo en cuanto al recorte de sus posibilidades laborales, sino también como un avance represivo del Estado sobre la libertad de los ciudadanos. En la exageración alucinada de este chiste tan tonto hay entonces una voluntad de oponerse a la ideología autoritaria y militarista republicana, y además, muy especialmente, una catarsis más que evidente. Sobre todo cuando vemos las imágenes de uno de los actores más desaforados, quien en medio de un show privado para gente muy exclusiva patrocinado por Hugo Hefner con la intención de recaudar fondos para las víctimas de las torres, ante la dificultad aparentemente insalvable de conseguir que el público se relajara un poco y se riera sin culpas, decidió arremeter con una versión desatada y memorable del chiste de los aristócratas. El resultado: todo el mundo revolcándose en sus asientos de la risa, necesitaban un shock de ese calibre para soltar tanta mierda atragantada.
Esta es una de esas películas que realmente hacen honor al espíritu del festival. Está hecha en EE.UU., con un montón de gente famosa, pero es una rareza absoluta, una creación que lleva al espectador al límite de su tolerancia y de su entendimiento, un poquito de luz para las regiones más oscuras de los ciudadanos de Occidente. Un desafío conceptual disfrazado de la peor de las groserías.
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lunes, 10 de abril de 2006
Unos momentos de felicidad: dos películas de Burman (intro)

No es algo de lo que pueda opinar a fondo, pero desde hace un par de temporadas es una experiencia muy frustrante ver ficción televisiva argentina. Están las tiras diarias: gritos, histeria, trazo grueso, recursos argumentales muy pobres, repetición, previsibilidad, crispación, ninguna sutileza, todo hablado y explicado como si además de idiotas los espectadores fueran ciegos. El costumbrismo del año 2000, que algún guionista culposo justificará inscribiéndolo en la tradición del sainete criollo, estableció a la gente del barrio y a las clases altas como los estereotipos sociales a caricaturizar, mientras que las clases medias quedaron para los unitarios: los productos “serios”, “de calidad”. Pero el nivel no mejora. Truculencia, violencia gratuita, sobreactuaciones, pulsos, labios y cabezas que tiemblan y se menean descontroladas. Toda la ficción televisiva no hace sino duplicar lo que se vio momentos antes en los noticieros, la frontera entre realidad y ficción es cada vez más tenue.
¿Quedará todavía alguna posibilidad de sentir felicidad por un rato frente al televisor? No la felicidad histérica y arrebatada del gol del equipo propio, casi la única alegría de millones de personas. Tampoco esa que proviene de disfrutar del padecimiento o la ridiculez del prójimo en la cámara oculta, o ese sentimiento de viveza compartida que nos quieren generar los presentadores bananas, esos que desparraman con sonrisa ladeada su cínico descreimiento de todo, menos de sus anunciantes. Me refiero más precisamente a una felicidad más serena, esa que nos reconcilia con nosotros mismos y con los demás, que muy a nuestro pesar nos deja sellada una sonrisa estúpida, la cual sin embargo proviene no de nuestro sentimentalismo (otro mal de la TV) sino de apreciar toda la inteligencia y la sensibilidad de un realizador y su equipo plasmada en un producto audiovisual. Un entusiasmo reposado, un sentimiento reconfortante, que puede no estar relacionado con el hecho de poder identificarse o sentir empatía por los personajes. Pudo pasar hace algunos años con Okupas, un milagro que parecía venir de Marte. Una rarísima ocasión en la cual los mejores recursos formales y técnicos se pusieron con un máximo de coherencia al servicio de una historia distinta a todo, que pese a su temática sórdida supo entregar muchos momentos inolvidables, de genuina alegría. Pero después de eso, incluso si accedemos a considerar como ficción al delirio y la extravagancia inteligente de Todo por dos pesos, ¿pasó algo más en la tele nacional que nos haga sentir mejor por un rato? No, hubo que pagar el cable y ver a los ingleses de The Office, o a las chicas neoyorquinas de and the City. Algún momento inspirado de Saturday Night Live, y las eternas repeticiones de Seinfeld.
Para sentirse feliz viendo una ficción nacional en estos años hubo que ir al cine a ver las películas de Burman. Al menos las dos últimas, El abrazo partido y Derecho de familia.
CONTINUARÁ
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jueves, 30 de marzo de 2006
Todos a Tucumán, vieja
Puede que este texto haya quedado desactualizado en cuanto a que Callejeros no va a tocar en Tucumán. Era para ser publicado ayer. Pero va igual.

Para ser una bandita marginal, la verdad es que llevan mucha gente, ¿no? Pobres, cuánta gente inocente...
Estoy harto de lo políticamente correcto, ya sería hora de llamar a las cosas por su nombre sin miedo a ser tildado de reaccionario. Tomando como guía algunos comentarios publicados en Internet por fanas de Callejeros se puede apreciar el bajísimo nivel cultural de estas personas. No sólo porque son incapaces de escribir sin faltas de ortografía y con una redacción fluida y comprensible sino porque sus opiniones denotan una pasmosa estupidez. El descuido por las formas del lenguaje no es solamente una anticuada manera de escandalizarse al estilo de las cartas de lectores de La Nación (así y todo el único diario legible del país), sino que denota una seria limitación de las capacidades intelectuales de las personas. No es posible pensar a un nivel de cierta complejidad sin dominar correctamente la lengua. Hasta que las futuras generaciones o la neurolingüística demuestren que existe una manera diferente de razonamiento, por ahora los seres humanos pensamos con palabras.
Ay, el falso mito del aguante... Ya me referí lateralmente al tema en esa entrada anterior tan extensa. Para creerse algo así hay que ser como mínimo ingenuo y como máximo un cínico, ya sea que se trate de un fan o de un músico cultor del rock barrial. Pero tanto la ignorancia o la mala fe pueden resultar igualmente devastadoras, como lo demostró el mismo Cromañón. No importa cuánta gente haya muerto, según esta gente toda la culpa es de Ibarra y de Chabán, nunca una autocrítica, jamás una reflexión más cuidada, únicamente vociferar que nosotros y nuestra banda preferida somos los eternos inocentes. Llegan a decir incluso que Callejeros es una banda chica, sin recursos. ¡Por favor, si están llenos de oro y pueden agotar las entradas de casi cualquier lado! Me parece bien que hagan guita con su música, pero dejen de hacerse los marginales, que somos pocos y nos conocemos de sobra. Banda chica es la mía, que llevamos 50 personas y desde ese puto 30 de diciembre no encontramos un lugar decente para tocar, porque el gobierno de la ciudad ahora se pasa de rosca con las clausuras. Todo se hace así, tarde y mal.
De paso y como comentario al margen, ahora que cualquiera se cree habilitado para hacer justicia por mano propia, ya podemos ver cómo después de las amenazas de muerte a los legisladores ahora llegan las amenazas a los de la banda y sus familiares. Ser víctima real o presunta en este país parece ser una habilitación implícita para hacer cualquier cosa: cortar puentes, quemar casas, saquear comisarías y municipalidades, amenazar de muerte. Y claro, si no saltaron antes para decir que eso era una barbaridad, ahora que la idea y el método están instalados, ¿cómo se hace para parar la bola de nieve?
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viernes, 24 de marzo de 2006
Suficiente con el 24 de marzo
Ya gente más inteligente que yo dijo y escribió cosas más inteligentes acerca de este promocionadísimo aniversario del golpe. Los puedo remitir al blog de Alejandro Rozitchner, por ejemplo (www.100volando.net). Sólo voy a decir un par de cosas.
Esta locura más o menos repentina por recordar, conmemorar, repudiar o no sé cuántas cosas más el 24 de marzo del 76 no sirve para casi nada bueno. Es nada más que una sucesión histérica de especiales de TV, suplementos de diarios y de esos repugnantes y nazis ejercicios de actuación política que son los escraches (lo digo literalmente, era lo que hacían al comienzo los nazis con los judíos). Esa clase de demostraciones se dicen actos de justicia, pero son sólo escenificaciones repletas de odio y resentimiento, que además rozan ya lo ilegal. Y por favor, ya sé que Videla y todos esos tipos son algunos de los seres más execrables del mundo. Pero me asusta la idea de que las supuestas buenas causas (como destituir a Ibarra o bloquear las papeleras) conviertan a quienes las promueven en portadores para ejercer la justicia por mano propia.
Nada de todo este show de falsa conciencia ciudadana alrededor del 24 de marzo conduce a lo que quizás sería lo más deseable, que entiendo yo que sería una comprensión acabada de un proceso histórico complejo, con todos sus antecedentes y consecuencias. Eso no se consigue con histeria mediática, sino con estudio metódico y equilibrado. Y claro, eso requiere un esfuerzo intelectual mayor al que muchos están dispuestos a realizar.
Ya hace varios años que creo que no podemos seguir atados a la carga de la dictadura. Incluso para las generaciones más jóvenes parece un imperativo a tratar en todas las ramas del arte y de las ciencias sociales. Antes que recordarla hay que tratar de entenderla, pero sobre todo hay que saber dejarla atrás. Como sociedad tenemos desafíos mucho mayores, que si no entendemos que ya hace rato que son impostergables se volverán otras oportunidades históricas desaprovechadas. La Argentina mejoró mucho desde 1983, con democracia, libertad y tolerancia. Pero pareciera que estamos empeñados en retroceder en el calendario, a contramano del mundo, en un siglo XXI que ya vuelve irreconocibles las realidades de hace dos o tres años. Las estructuras de pensamiento de la sociedad están obsoletas, y desde este gobierno que yo voté pareciera que lo único que se busca es recrear las confrontaciones del pasado. Pensar que yo los voté porque me parecían los más pragmáticos y realistas. Claro, antes estaba Lavagna...
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jueves, 23 de marzo de 2006
Parque Chas (parte I)

A casi un año y medio de aquel momento -tan significativo- en el que abandoné el barrio de Belgrano tras más de treinta años de residencia para mudarme al casi exótico Parque Chas, creo que sería un buen momento para comentar algunas particularidades de este lugar tan peculiar. De la tranquilidad de sus irregulares calles, de lo fácil que se pierden los que no circulan por allí, de lo agradable de sus plazas, de su disfrutable silencio habla casi cualquiera que quiera ensalzar con entusiasmo las virtudes del barrio. Por eso preferiría en cambio tratar de trazar un panorama de lo más llamativo, lo más notorio de todo lo que sucede últimamente en este pequeño barrio de casas de muñecas que se le ocurrió inventar a un tal señor Chas hace 80 años.
Prácticamente desde que me instalé en mi nuevo hogar pude notar cómo el barrio se encuentra en medio de un proceso de transformación (o quizás actualización) de su fisonomía, seguramente no tan acelerado como el que se aprecia en varias zonas de Palermo desde hace unos años, pero sí continuo y alentador, en rasgos generales. No parece que el barrio vaya a perder en el futuro cercano esa tranquilidad y silencio que le contagian sus intrincadas calles para transformarse en una zona de moda como Las Cañoitas, pero sí es posible aventurar que más temprano que tarde voy a dejar de ostentar el dudoso privilegio de ser el único chico moderno y bien vestido de Parque Chas. Realmente lo soy, no es por soberbio (bueno, sí lo es). Es de esperar también que las únicas músicas que se dejan escuchar por allí, esos deprimentes géneros nacionales en boga que afean el paisaje sonando desde el interior de las casas y coches, pronto dejen algo de espacio para la penetración de otros sonidos más estimulantes. Como esos mismos que, gracias a mi equipo de audio y mi batería, me dedico a emitir con generosidad desde el living enclavado en una de las famosas seis esquinas de Parque Chas, para sorpresa y perplejidad de más de un vecino. Hasta ahora no recibí ninguna muestra de hostilidad abierta, y creo sinceramente que lo mejor para todo el barrio sería que escuchen y aprendan. No es fácil, ni se consigue de un día para el otro.
Pero volviendo al tema principal de esta entrada y dejando de lado las extensas disgresiones al estilo del admirado Mansilla, decía que es notable la cantidad de construcciones y reformas de casas que se aprecian desde hace un tiempo en el ahora oficializado nuevo y laberíntico barrio porteño. Incluso en el mismo bloque edilicio del cual forma parte mi ¿departamento, PH, casa? las reformas están a lo orden del día. No parece que vaya a ser posible mejorar en mucho el inexpresivo exterior del edificio, pero sí se va a ver más prolijo, y los cambios interiores parecen ser profundos. De todos modos, los pequeños detalles siempre ayudan. Tan sólo con dos simples macetas con plantas y flores en mi balcón, el frente que da a la ochava presenta un aspecto mucho más vivo. Me llama mucho la atención lo saludables que están mis plantas, apenas con los cuidados mínimos que les dispenso.
En el resto del barrio el panorama es, en general, bastante alentador. El extraño trazado de las calles hace que las manzanas sean chicas y muy irregulares, y eso implica una limitación y también un desafío para los constructores. Lo que se puede apreciar es bastante variado. Entre lo positivo, chalets rústicos de estilo sobrio, PHs modernos como los que se ven por Palermo, viejas casas con galerías puestas a nuevo. Entre lo negativo, esos impersonales y estrechos grupos de duplex gemelos, cuadrados pero sin gracia, construidos casi como por compromiso. Sé que la carrera de arquitectura es difícil, pero ¿cómo coño puede ser que le otorguen el título a gente con tan poco aprecio por la estética?
Por el lado de los espacios públicos el resultado es más incierto. Se ha presentado un interesante proyecto para reformar la tan odiada por los vecinos fuente de la rotonda de las seis esquinas, la misma que está frente a mi puerta. Pero aún considerando el deteriorado estado de esta fuente no se sabe todavía la fecha de iniciación de las obras ni mucho menos la de su finalización. La plaza "Dominguito" Sarmiento fue apenas acondicionada con algo de grava y arena, pero su aspecto general podría mejorar aún más y la limpieza es algo dudosa, mérito de los dueños de los innumerables perros de la zona. No ayudan mucho tampoco los pibes que juegan todo el día al fútbol. La plaza más linda es la que está por allá al fondo, creo que por la calle Nápoles cerca de Constituyentes. No recuerdo ahora su nombre, pero es la más grande, agradable y cuidada. Da gusto cada tanto caminarse unas cuadras hasta allí.
Y también fue una imprevista novedad el cambio de nombre de la estación del subte, que de su original nombre de "Los Incas" pasó a llamarse "De los Incas-Parque Chas". Tal cual lo que sucedió con la inmediatamente anterior "Tronador" que ahora se llama "Tronador-Villa Ortúzar". Esto rompe con una tendencia histórica del subte, que por la corta distancia que media entre sus estaciones siempre se las denominó haciendo referencia a la calle más próxima a la avenida principal que recorre la línea, o a algún edificio o sitio público de las inmediaciones. Con estos cambios se busca resaltar la presencia del subte en los barrios, quizás en aquellos hasta ahora algo postergados, o que apenas muy recientemente han sido reconocidos como independientes de otro, como es el caso de Parque Chas respecto de Agronomía. Por supuesto, en los únicos lugares en donde estos cambios de nombre son visibles es en los propios carteles indicadores de esas estaciones, siendo totalmente desconocidos para los usuarios que nunca se aventuran por estos pagos. Seguramente, más de una confusión habrá de suscitarse.
Como me han criticado la extensión de las entradas de este blog (los pocos que se han tomado el trabajo de leerlo), concluyo aquí esta primera parte de la nota dedicada a mi nuevo barrio. Prometo para la próxima algunos comentarios sobre algunos lugares y sucesos llamativos, esas cosas que terminan por formar las pequeñas mitologías porteñas. Que siempre es mejor que se mantengan en ese tamaño.
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jueves, 9 de marzo de 2006
¿Continuará?

La destitución de Ibarra resultará quizás una módica inyección de morfina que calmará el dolor más lacerante de los familiares directos de las víctimas de Cromañón, pero si se lo analiza con objetividad, como corresponde a un hecho de tamaña importancia, también es otra demostración de lo frustrantes que siguen siendo en la Argentina las maneras de ejercer la política, tanto por los funcionarios de los diferentes poderes como por los ciudadanos comunes.
Aclaro rápidamente que, aunque lo voté las dos veces, Ibarra ya no me inspira ninguna clase de respeto. Su gestión no fue mala, quizás despareja, pero su comportamiento en relación con la tragedia de Cromañón fue patético. Debería haber renunciado inmediatamente, aportando de ese modo un mínimo gesto de grandeza ante el fracaso evidente de su política de control de las habilitaciones. Y también como para evitar todo el circo posterior, con la oposición macrista a la caza de su puesto, los aristas reafirmándose en su pose de pureza absoluta y la izquierda delirando con asestarle otro supuesto golpe mortal a lo que se suele denominar el “sistema”. Mientras los familiares descargaban todo su dolor de la peor manera, transformándolo en intolerancia irreflexiva y falta de autocrítica. A casi nadie en la sociedad se le ocurre pensar que la fórmula mágica del “juicio y castigo a los responsables” no sirve de nada si no se acompaña con un cambio de modelo de pensamiento que nos permita madurar, superar este estado de situación en donde solamente cuando mueren muchas personas al mismo tiempo y en el mismo lugar parecemos tomar alguna vaga conciencia de que nuestra forma de vida no es tal, sino una constante búsqueda de la inmolación sin sentido. Porque, ¿qué otra cosa es si no esa mitificación delirante llamada “aguante”? Podríamos poner un ejemplo más vulgar, exento en principio de toda la carga emotiva que conlleva esa mitificación, y decir que todos los días en las calles y rutas del país suceden varios Cromañones si se releva el número de víctimas fatales por accidentes de tránsito. Así y todo nadie parece estar dispuesto a modificar su comportamiento en la vía pública sin la amenaza concreta de algún tipo de multa. 
Ni se nos ocurre pensar que la incapacidad o la mala fe de la clase política no deberían disculpar nuestro pésimo comportamiento como ciudadanos. Tampoco que la mejor forma de aprovechar los devastadores efectos de las tragedias sería asumir un compromiso concreto para intentar modificar toda la cadena colectiva de responsabilidades, las propias y las ajenas. No alcanza con encontrar y castigar a los responsables más inmediatos si luego la realidad cotidiana de nuestros valores, pensamientos y acciones permanece inalterada, manteniendo las condiciones propicias para el próximo desastre. Tampoco alcanza con que ahora los súbitamente incorruptibles inspectores porteños le arruinen sus pequeños proyectos a mucha gente con iniciativa que trata de hacer las cosas bien, mientras los grandes empresarios del espectáculo se siguen haciendo millonarios trayendo a los dinosaurios de siempre y generando más episodios de violencia.
El circo del juicio político a Ibarra exhibió lo peor de nuestro comportamiento ciudadano. Los funcionarios que no se quieren hacer cargo. La oposición que busca su tajada. Los familiares que recurren al apriete y la amenaza con tal de cumplir su objetivo (a eso no se le puede llamar “mejorar las instituciones”). Chabán, Callejeros y otros involucrados clamando por su inocencia cuando en verdad son cualquier cosa, menos inocentes. El progresismo y la defensa corporativa de la última de sus figuras políticas, además del ya gastado recurso de acusar a “la derecha” (sinónimo automático del mal) de intento de “golpe institucional” y de recurrir a figuras prestigiosas del campo de la defensa de los derechos humanos cuando no era lo pertinente, sin comprender que no se gestiona con prestigio y buenas intenciones. No se puede seguir ideologizando de esta manera, gobernar una ciudad, antes que nada, es un problema de gestión. Hay pensamiento político de derecha y de izquierda, pero primero se debe evaluar si una gestión es eficiente o no. No es una simple cuestión administrativa o burocrática. Como se ha visto, muchas vidas dependen de ello, además de nuestra calidad de vida más en general. En lo personal, si no voté a Macri fue no sólo porque no coincido ideológicamente con su partido, sino porque no me genera confianza su capacidad de gestión, justamente, esa cualidad que sus defensores le adjudican constantemente. ¿Cuáles son sus éxitos de gestión, sus empresas familiares, el Club Atlético Boca Juniors? Las castigadas arcas del Estado pueden dar fe del comportamiento empresario de la familia Macri, por más que Mauricio se quiera despegar de papá. Y en cuanto a Boca, bueno, es muy sencillo, Boca sale campeón por default. Me gustaría saber en cambio si el accionar abiertamente ilegal de personajes como el Rafa Di Zeo también es un éxito de gestión Pro.
En definitiva, hagamos algo para cambiar las cosas sin que ello implique necesariamente una protesta. Con la queja no maduramos, no asumimos nuestras responsabilidades, no pensamos en acciones concretas que redunden en beneficios concretos. Creemos que nos enfrentamos “al sistema” cuando el sistema somos nosotros. Pensamos que las instituciones se mejoran únicamente reclamando, que la democracia y la ciudadanía se limitan a votar cada dos años y esperar a que otro nos arregle la vida. Incluso inventamos enemigos externos y totales, responsables absolutos e idealizados de nuestros males (la globalización, los EE.UU., el Fondo Monetario, el capitalismo) sin comprender la naturaleza real de esos actores o conceptos, bien complejos por cierto. Comprendamos de una puta vez que por encima del accionar corrupto de ciertos políticos y funcionarios, y por encima de las reacciones de las víctimas de cualquier tragedia debe primar siempre el respeto por la ley.
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jueves, 2 de marzo de 2006
Los grupos de rock y el mito de la permanencia

Seguramente el hecho de que yo tuviera tan sólo 19 años pueda servir como atenuante, pero de todos modos fue uno de los peores errores musicales de mi vida. Era fines de diciembre de 1992, y de todos los recitales importantes con que se suele cerrar cada año había dos que se destacaban claramente, marcando al mismo tiempo dos tendencias muy diferentes. Por un lado Seru Giran se presentaba en la cancha de River para cerrar con toda pompa una corta e incomprensible gira por algunos grandes estadios del país, con el flojísimo nuevo disco Seru ´92 como único pretexto para un regreso más que controvertido. Y por el otro estaba Soda Stereo, que acababa de lanzar al mercado la obra más audaz de toda su carrera, el extraordinario Dynamo. Un disco inspirado claramente (algunos dirán que excesivamente) en el sonido de grupos casi desconocidos en Argentina como My Bloody Valentine o Sonic Youth, que internacionalmente venían marcando desde hacía algunos años las tendencias de la típica corriente sónica de los ´90. Una mezcla de guitarras saturadas y distorsionadas hasta el feedback con las buenas melodías pop de siempre. Desde la aparición de Sumo en los ´80 que el rock argentino no experimentaba un shock de modernización tan fuerte, y fue más destacable aún porque fue llevado adelante por un grupo que estaba en su momento de máxima aceptación masiva, no sólo en Argentina sino en toda Latinoamérica. Después de llenar estadios en todo el continente Soda Stereo se “empequeñecía” al presentarse en Obras, animándose a llevar como teloneros a otros grupos modernos que por entonces apenas si comenzaban su carrera, como Juana la Loca o Babasónicos.
En estos días de principios de 2006 la dicotomía de elegir entre los monstruosos shows de los Rolling Stones y U2 o el más pequeño pero imprescindible recital de Franz Ferdinand es bastante más sencilla de resolver gracias a la experiencia adquirida en todos estos años de aprendizaje constante del rock y el pop verdaderamente relevantes de cada época. Pero en 1992 mi ingenuidad me jugó una mala pasada, y fue así que terminé yendo a River a ver a Seru Giran, mientras que Soda Stereo se la jugaba en Obras para unos cuantos menos (y no vendría mal aclarar que los típicos fans de Soda le hicieron la cruz al grupo a partir de ese disco; hasta la gira de despedida de las “gracias totales” no volvieron a aparecer, lo cual se explica también por lo que veremos más adelante). Y aún cuando por aquellos años el trío de Cerati no me desagradaba para nada, hasta me animé a esbozar una sonrisita de irónica aprobación cuando en más de una ocasión, entre un tema y otro el público de Seru se animaba a cantar “es para Soda que lo mira por TV”. Por supuesto, azuzados por un Charly García que ya comenzaba su vertiginoso descenso de la categoría de músico talentoso a la de payaso insoportable, y mientras el correctísimo Pedro Aznar (uf) aclaraba culposo que a él sí le encantaba Soda Stereo.
De mi error me percaté recién algunos años después, cuando gracias a la ayuda de algún amigo, de unas buenas revistas (extranjeras en su mayoría) y de mi propio criterio empecé a comprender mejor todo el panorama y la historia del rock. Una tarea nada sencilla, por otra parte, que al día de hoy aún dista de estar concluida. Pero siempre intenté reflexionar a qué se obedeció aquel error que no puede ser atribuido únicamente a mi juventud, ya que actualmente miles de personas jóvenes y viejas lo siguen cometiendo, tal como las masivas convocatorias de los Stones y U2 lo demuestran. Me fui dando cuenta entonces de que desde hace muchísimos años existe lo que podríamos denominar el mito de la permanencia de la banda de rock, no sólo acá en la Argentina sino en todos los lugares del mundo en donde el rock tiene una difusión importante. No me voy a poner en pose de sociólogo o psicólogo social y pretender analizar las causas de este fenómeno con explicaciones del tipo de “necesidad de construcción de una identidad o pertenencia social”, o algo por el estilo. Definitivamente no. Que cada uno se haga cargo de su parte. Prefiero limitarme a señalar entonces las manifestaciones más evidentes (e irritantes) de este error de valoración (porque en definitiva no se trata de otra cosa más que de eso) que tiene por consecuencia más indeseable el hecho de ayudar a perpetuar el estatismo y el conservadurismo de las industrias culturales. Lo cual no sería tan dramático en un país medianamente normal, pero sí se vuelve particularmente complejo en una sociedad proclive a construir con mucha liviandad todo tipo de mitificaciones que, casi sin que se pueda saber muy bien cómo ni por qué, un buen día se convierten en la excusa perfecta para una tragedia de proporciones.
Pero en definitiva, ¿de qué estamos hablando cuando digo “mito de la permanencia”? Creo que sería más fácil recurrir a otro ejemplo. Uno bien extremo, por cierto: se trata de Pink Floyd. Banda idolatrada por legiones de fanáticos en todo el mundo, el típico grupo al que se le debe guardar respeto. El hecho de que al rock se lo deba respetar (¿?) es justamente parte esencial del mito de la permanencia y una invención propiciada por discos tan serios y bienintencionados como Dark Side of the Moon, o Wish You Were Here. Resueltos a cometer un sacrilegio, no por nada los Scissor Sisters eligieron una canción como "Comfortably Numb" para hacer ese delicioso cover en clave música disco (recordar a los Pet Shop Boys versionando "Where the Streets Have No Name" de U2, parece que los putos tienen más sentido del humor).
En fin, casi nadie dudaría en cuestionar la mera existencia del grupo Pink Floyd, de una entidad denominada Pink Floyd, más allá de los cambios de formación, de las peleas o de las reuniones ocasionales, como la última en Londres para el Live 8 (¡ay, los festivales benéficos!). Pero repasemos un poco sus últimas producciones discográficas, un criterio de validación cada vez más cuestionado, pero el único todavía más o menos creíble. ¿Qué hizo Pink Floyd en los últimos 25 años? Veamos: The Final Cut en 1982, A Momentary Lapse of Reason en 1987, The Delicate Sound of Thunder en 1988, The Division Bell en 1994, Pulse en 1995, más una edición de The Wall en vivo originalmente grabada en 1979. En el medio de todo esto, un box-set recopilatorio y quizás alguna que otra delicadeza (del tipo “reedición aniversario de…”) que ahora no recuerdo. En definitiva, sólo tres discos de estudio entre 1980 y 2005, los demás son sólo refritos en vivo. Los tres de mediocres para abajo, además.
Podría decirse entonces que hay un momento en la historia de ciertas bandas a partir del cual y por motivos de muy variado tenor se produce un cambio drástico en las expectativas que giran en torno a ellas. Si en general los parámetros que distinguen y vuelven relevante a cualquier grupo de música (como a cualquier otro producto del mercado, cultural o no) son la cantidad, calidad y novedad de música que produce y ejecuta -más allá de los múltiples criterios de evaluación de esos parámetros- a partir de este quiebre que señalamos lo relevante pasa a ser únicamente la existencia misma del grupo a lo largo de los años. Existencia que, como en el caso de Pink Floyd, podría ser apenas una presunción, pero que el devoto da por descontada. El grupo pasa a ser un puro concepto escondido detrás del nombre que se ha convenido en que lo denomina, y ya no se trata de pedirle música –la razón de ser de un grupo de rock o de cualquier género- sino de que simplemente prolongue su entidad, quizás con algún regreso ocasional cada tantos (muchos) años. No importa ya entonces qué es lo que hagan Pink Floyd, los Stones o, en menor medida, U2. Sólo importa que permanezcan en el tiempo, que prolonguen la validez de ese concepto al que se suele recurrir con motivos diversos. Circularmente, esa validez se renueva con el simple hecho de permanecer en ese limbo que proporciona la no oficialización de la separación de facto de un grupo. Y este concepto, esta idea que se forja acerca de una banda y que se superpone con la banda misma puede resultar dudosa para cualquier espectador que se coloque en una posición neutral pero es incuestionable para sus usuarios. Tampoco importa que sea de una vaguedad tal que resulta difícil de precisar. Porque, ¿cuál es finalmente ese famoso concepto? Podría ser la seriedad o la calidad musical para el caso de Pink Floyd, porque quienes dicen gustar de esa banda no suelen tolerar fácilmente las excentricidades o las arbitrariedades de la estética pop, aunque encuentran fascinante el vuelo de un chancho de goma relleno de luces. Podría ser la defensa heroica de las buenas causas en el caso de U2, aunque ese heroísmo sea totalmente simbólico (Bono es el primero en saberlo) y se exprese por medio de canciones cada vez más previsibles y apolilladas. Si pensamos en los Stones, el concepto que les otorga identidad ya es indescifrable, quizás reducido a un ícono (la lengua), una apariencia (flequillo, ropa, etc.) o una pose (alguna clase de vaga rebeldía, I can´t get no satisfaction. ¿Seguro que no? Se trata justamente de conseguir la mayor satisfacción posible con el menor compromiso).
Sabemos obviamente que la apreciación de la música que producen (o dejan de producir) estos grupos, como en cualquier otro caso es siempre el resultado de un trabajo intelectual subjetivo mejor o peor fundamentado, y esa misma apreciación está sujeta a todo tipo de mediaciones. Pero cuando ese ejercicio intelectual se reduce a su más mínima expresión, entonces, ¿qué clase de público consumidor de música es el que se siente atraído por estas bandas que basan su accionar en el mito de la permanencia? ¿Qué tienen en común todas esas personas de extracción social tan diferente que pagan una entrada carísima o bien se resuelven a entrar como fuere a un recital de los Stones? Son hombres y mujeres comunes, con mayor o menor poder económico, de toda clase de nivel educativo e inteligencia, de las más variadas ocupaciones. Simplemente que la música no les interesa. Aunque ellos crean que sí. Pero no les importa mucho, definitivamente no. ¿Por qué esto es así, cómo se puede estar tan seguro? Porque esas personas son simplemente incapaces de fundamentar con un mínimo de solidez sus preferencias.
Mientras el grupo del cual se declaran adeptos se mantiene en hibernación ni siquiera les resulta necesario escuchar algún registro de su música. En todo caso, si se lo toman con algo de seriedad, se pone algún CD viejo cuando la ocasión lo amerita, o se escucha la radio en la que seguro van a pasar por enésima vez algún hit de esos que ya sabemos. Se puede demostrar cierta euforia si el DJ del boliche se porta como el de la radio. Incluso un poster o una remera pueden ayudar, especialmente si se consiguieron fuera del país. Hasta que, como en estos días, llega el momento de la nueva gira y el intrascendente nuevo disco (como aquel Seru ´92), la maquinaria empieza a funcionar y la concurrencia al próximo estadio se vuelve un imperativo ineludible. El fanatismo vuelve a aflorar como un virus que estaba latente, a la espera del momento favorable. Ahora bien, en esta clase de eventos en vivo, a lo que el público le presta la menor atención es a la música. Porque no se fue a escuchar nada sino que se fue a cumplir con una obligación, que cualquiera que haya ido a un par de recitales sabe que está perfectamente codificada: saltos, palmas, encendedores, banderas, etc. Y por eso seguramente esta clase de shows necesita de un despliegue escénico tan espectacular, porque quizás ni los propios miembros de los grupos le tienen una confianza absoluta al funcionamiento del mito. Pero creo que se equivocan, deberían dormir tranquilos. Los Stones podrían venir con luces blancas por toda escenografía y llenarían diez canchas de River, sin duda. Quizás sea que, al fin y al cabo, se sientan obligados a brindarles algo llamativo a los ojos de los espectadores, como justificativo para una entrada tan cara. De todas maneras, la parafernalia visual es redundante, a los Stones se los va a ver porque… son los Stones. Y lo mismo sucede con cualquier otra banda asentada en el mito de la permanencia.
Posiblemente, que la acusación última que le hacemos al público complaciente enamorado del mito de la permanencia sea su falta de interés por la música en sí, como puro fenómeno artístico, a más de uno podrá resultarle intrascendente. Podríamos ser tildados quizás de diletantes, de falsos entendidos en cuestiones finalmente inservibles. Puede ser, no sería difícil argumentar en favor de esa posición, y la cuestión en sí misma es muy compleja. De fondo siempre sobrevuelan las eternas discusiones acerca del arte y su pertinencia, del arte y las industrias culturales, del arte y las nuevas tecnologías, especialmente de la autonomía del arte. Sin embargo, tampoco sería conveniente subestimar las consecuencias concretas para la vida social que resultan de las mitificaciones constantes en relación con los productos de las industrias culturales. Los episodios de violencia registrados cerca de la cancha de River antes de los recitales de los Stones no deberían considerarse menores. Especialmente en el marco de una sociedad inmadura y paranoica que parece solazarse con las manifestaciones autodestructivas de sus individuos o comunidades, que parece encontrar en la agresión verbal o física la única manera de resolver sus conflictos, que desconfía profundamente de las razones del otro y sólo sabe formalizar la expresión de sus necesidades mediante el enfrentamiento y el comportamiento autoritario o extorsivo. Una sociedad infantil que no asume sus responsabilidades y todavía parece no haber comprendido –ni está dispuesta a hacerlo- que otra mitificación atribuida a un producto de la industria musical (el llamado “aguante”), por supuesto que en combinación con otros fenómenos complejos que forman el imaginario social, fue la causa principal de una tragedia en la que murieron casi doscientas personas.
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Etiquetas: dinosaurios, mitos, música, rock
miércoles, 1 de marzo de 2006
We had it so much better ...

… with Franz Ferdinand.
Los recitales internacionales de este comienzo de año están resultando ser exactamente lo que debían, lo que era más que previsible que iban a resultar. Por un lado, todo el circo decadente de los Rolling Stones, arriba del escenario, en el campo y las tribunas, en las puertas de acceso y en las inmediaciones del estadio. Por otro, esta noche y mañana será el turno de la buena conciencia y el heroísmo gastados de U2, que recorrerán todos sus hits pasados y presentes durante un show emocionante y bien codificado, con los saltos cuando se deba saltar, las palmas cuado se deba aplaudir y los encendedores (o ahora los celulares) cuando se requiera la postal emotiva. Todo esto por supuesto sin el menor atisbo de aquellos momentos mágicos que la banda supo tener entre 1991 y 1997, con los sorprendentes y casi vanguardistas discos (a nivel mainstream) Achtung Baby! y Zooropa, más la yapa inofensiva de POP. Hasta sería esperable encontrarse con alguna referencia de Bono a las víctimas de Cromañón, o al conflicto por las papeleras uruguayas, ya que las Madres de Plaza de Mayo parecen haberse retirado a cuarteles de invierno y más de uno podría pensar que su infaltable numerito de otras épocas ha quedado ya bastante desactualizado. De todos modos, buenas causas tras las cuales encolumnarse nunca van a faltar.
Sin embargo, casi de milagro, apareció la tercera opción salvadora. Los escoceses de Franz Ferdinand llegaban al país apenas en el papel de grupo soporte de U2, lo cual no dejaba de ser una ironía cruel. Pero el inefable Daniel Grinbank o algún otro iluminado a su servicio consideró conveniente gestionar una fecha para FF solitos, en el Luna Park, para alegría de todos los chicos modernos y de nuestros bolsillos. Así que fue ayer a la noche el momento de recibir este regalo casi inesperado, porque mi orgullo me había convencido de que de ningún modo iba a pagar la carísima entrada de U2 para ver a FF haciendo el rol de idiotas por cuarenta o cincuenta minutos, en medio de la incomprensión general de un público que a lo sumo les concederá una tenue aprobación.
Para los desprevenidos de siempre y como para contextualizar un poco, podríamos decir rápidamente que en lo que va de esta década dos grupos nuevos se han destacado claramente por su calidad artística y repercusión comercial, y ellos son The Strokes en los EE.UU. y Franz Ferdinand en el Reino Unido. Más allá de la discusión bizantina acerca de si son grupos innovadores, plagiadores o reelaboradores de las escenas musicales de fines de los ´70 y principios de los ´80, ambos han demostrado, cada uno con su propio estilo, que tienen en grado sumo todo lo que los mejores grupos de rock deben tener para volverse realmente relevantes: potencia, melodías, arreglos, arrogancia, estilo y sofisticación.
Ya que The Strokes también estuvieron en el país hace pocos meses, una comparación entre ambos recitales me parece pertinente, sobre todo por lo diferentes que resultaron. Franz Ferdinand tocó en un lugar de dimensiones apropiadas, pero de pésima acústica, por lo cual durante los primeros veinte minutos más que sonido lo que nuestros oídos sufrían era una bola de ruido. Sin embargo, ni la banda ni el público se dejaron amilanar, ya que era muy notorio que el público estaba muy bien predispuesto y FF estaban resueltos a ganar por demolición. Y eso fue lo que hicieron. Su repertorio repleto de hits (Take Me Out, Darts of Pleasure, Do You Want To?, y varios más), compuesto por buena parte de sus dos únicos discos, resultó una explosiva mezcla de melodías britpop, aceleración punk y rítmica new-wave, y fue ejecutado de manera potente, rápida y concisa. Quizás con algo de desprolijidad también, a consecuencia de los problemas con el sonido, pero con toda la determinación, la soberbia e incluso con algunas actitudes clásicas de la demagogia típica de recital de rock. FF siempre dicen que uno de sus objetivos principales es que las chicas bailen, y lo que consiguieron anoche fue que todo el estadio bailara, saltara, se aplastara, aplaudiera o simplemente descansara unos minutos para empezar otra vez con todo en la siguiente canción. Que el Luna Park no estuviera repleto ayudaba mucho para que cualquiera de estas opciones fuese posible, más allá de que el aire acondicionado del estadio estaba apagado y el calor era insoportable. Cuando el show concluyó, después de una tremenda versión de This Fire, los FF estaban felices y agotados, tanto como el público: no creo que hubiese aguantado otra canción más sin derrumbarme.
El show de The Strokes fue totalmente diferente. En el marco del Festival BUE en el Club Ciudad, al aire libre y en una fría y ventosa noche, los de Nueva York prefirieron la eficiencia y la meticulosidad. Sus impecables canciones, las últimas frutas deliciosas de la tradición rockera de la Gran Manzana, fueron interpretadas con una precisión y una coordinación sorprendentes. Si uno cerraba los ojos podía creer que estaba escuchando directamente un disco. Esto no debería interpretarse necesariamente como un defecto, ya que muchas de las canciones de los Strokes se distinguen justamente por sus complejos arreglos de guitarras, esos contrapuntos que por comparación terminaron por traer de regreso a las listas de históricos indispensables a los Television. Y aquella noche no faltó ni sobró una sola nota, ni siquiera cuando interpretaron tres canciones del por entonces todavía inédito First Impressions From Earth, su tercer disco. Así y todo yo me quedé con la sensación de que faltó algo más, de que podrían haber resignado algo de prolijidad para ganar en potencia. Se los notaba contenidos incluso a nivel de su expresividad física, como si estuvieran rindiendo alguna clase de examen en el colegio. Y justamente porque dan la impresión que poder tocar como y donde se les ocurra es que me hubiera gustado que se descontrolaran un poco más.
En definitiva, si algo tuvieron en común estos dos recitales tan diferentes, fue el hecho de que se produjeron en el momento justo, cuando ambas bandas se encuentran consolidadas como las mejores del mainstream del rock. No vinieron a robar, ni a tocar sus grandes éxitos de antaño, ni con formaciones irreconocibles, como hacen tantos grupos que sobreviven torpemente engañando a montones de giles por el mundo. No se trató de ver luces, o pantallas, o fastuosas puestas en escena, se trató de ir a ver a un grupo que interpreta sus canciones en vivo. Ni más ni menos que lo indispensable.
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