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martes, 25 de abril de 2006

Se fue el BAFICI


Se sabe, nadie puede estar en todos lados, y por eso mi presencia en el festival de este año fue casi testimonial: apenas un total de cuatro películas. Está claro que una grilla de programación así de apretada es la única forma de poder presentar tamaña cantidad de películas. Ningún festival del mundo, por muy importante que sea, puede durar un mes para que todo el mundo pueda ver todas las películas. El cine parece no ser tan rentable como un mundial de fútbol, al fin de cuentas.

Pero lo malo del festival es que uno se desespera por ver todo lo bueno, muy bueno e imperdible que hay para ver cada año, rarezas o experimentos muy difíciles de ver en salas comerciales, que a lo sumo y con mucha suerte alguien se animará a programar en el Malba o la Sala Lugones del San Martín. Y el público lo tiene muy en claro, porque responde llenando todas y cada una de las funciones, ya sea en el Abasto o en las demás salas periféricas. Pero claro, si bien el festival tiene muchos adeptos, también sabemos que es un evento para algunas minorías: críticos de cine, estudiantes y directores jóvenes, algunos empresarios o distribuidores independientes, chicos bohemios y alternativos por demás, estudiantes y turistas extranjeros (de presencia cada vez más notoria). Con todo esto no alcanza para que el festival resulte no más importante, que ya lo es, sino más cómodo. Más y mejores salas, más repeticiones de las mejores películas, mejores facilidades para asistir a los eventos. Me da la impresión de que la distribución de las salas no es la apropiada, que la mayor cantidad de proyecciones se centralice en un lugar es acertado, pero que ese lugar sea el Abasto no lo es en absoluto. No hay forma de evitar sentir que ese lugar es hostil, todo el evento del festival parece un injerto contra natura. En medio de la vorágine por conseguir entradas o no perderse la última proyección de esa joya que jamás volveremos a ver, falta algo más de tiempo para el disfrute. O para la reflexión, para la polémica, incluso para socializar, para compartir otras cosas con los demás espectadores y los organizadores.

A medida que escribo estas líneas me parece que se vuelven irrelevantes, cualquier evento cultural de cierta envergadura, como también la Feria del Libro, por ejemplo, sufre de los mismos males de gigantismo y aceleración desmedida. De hecho, a la Feria ya no voy más, más allá incluso de todo lo que ese evento significó en mi historia personal. Mejor comprar los libros en la librería y leer tranquilo en casa, porque, después de todo, ¿para qué mierda quiero que Hanif Kureishi me firme un libro?

La última película que vi del festival fue Election, del coreano Johnny To. Otra de mafiosos, un género que ya se ha vuelto definitivamente universal. Y tiene lo que tienen todas las del género: luchas por el control de la organización, violencia, humor absurdo, alguien que se queda con todo después de terribles luchas. Los espectadores occidentales todavía solemos denominar “independiente” a este tipo de películas, pero dudo de que en sus países de origen realmente lo sean. Están realizadas con presupuestos generosos, actores famosos y todo lo que el espectador de cine más comercial espera encontrar para su tranquilidad, en cualquiera de los dos hemisferios. Por supuesto que hay un cine oriental experimental, diferente (muy diferente), y ese cine también lo he visto en el festival, pero está claro que un film como Election es del más puro mainstream. Sigue siendo una experiencia desafiante, de todos modos, porque todavía cuesta acostumbrarse al muy peculiar sentido del humor oriental, a la entonación de esos idiomas irreconocibles, que puede parecer muchas veces desconcertante, a esa extraña manera de alternar cierta ingenuidad casi pueril con explosiones de violencia o perversión difíciles de digerir. Hay toda una serie de barreras culturales, en definitiva, que van más allá de tal o cual película o director, y que se interponen como un desafío adicional a lo específicamente cinematográfico. Podríamos también considerarlas como una invitación a comenzar a entender algo de esas complejas y fascinantes sociedades del Lejano Oriente. Aprovechemos ahora que la invitación es amigable, me da la impresión de que pronto seremos testigos de una verdadera invasión de las industrias culturales orientales, y no únicamente de aparatitos electrónicos.

miércoles, 19 de abril de 2006

Hermosa...


La foto de la otra entrada quedó muy chiquita, así que ahí va otra vez.

martes, 18 de abril de 2006

Cuando la publicidad impone estas caras de imbéciles


¿Alguien podría adivinar qué se supone que quieren vender los que publicaron este engendro?¿Medicina prepaga, tarjetas de crédito, universidades privadas, AFJP´s? ¿Venden algo con este tipo de estética tan de Hallmark Channel para jóvenes? ¿Por qué esas caras, esas sonrisas, qué significan esas posiciones? ¿Es porque no pudimos presenciar la orgía que comenzó inmediatamente después de la sesión fotográfica?

¿Realmente creen que el público, o al menos el segmento de público al cual se dirigen desearía tener esa apariencia, esa ropa, mostrarse con esa actitud de alegría artificial? ¿O no es tan artificial, después de todo? Si ellos son los grosos, entonces deben tener razón. ¿O no será todo un gran, enorme, gigantesco malentendido?

lunes, 17 de abril de 2006

BAFICI bizarro


Todavía tengo pendiente completar la nota sobre Daniel Burman, pero empezó el BAFICI, y durante el fin de semana no pude evitar la tentación de ver algunas películas, aún sin estar muy al tanto de la grilla de este año.

Por eso al sábado a la noche terminé viendo un descarte del Hoyts a las 0:45, la única que no estaba agotada. Se llamaba Double Dare, un documental norteamericano sobre dobles de riesgo, en este caso dos mujeres, la experimentada y la debutante. Nada demasiado llamativo, mientras lo veía trataba de convencerme de que la historia era interesante, que revelaba un costado poco conocido de la industria del cine, que la breve aparición de Quentin Tarantino valía por toda la película. Pero en verdad el conjunto resultaba demasiado convencional, poco arriesgado, hasta indulgente. Parecía uno de esos realities de la MTV o de VH1 que tanto fastidio me causan (¿no eran canales de música, esos dos?) y que tardo una fracción de segundo en pasar de largo con el zapping.

Para el domingo fui mejor preparado, había tenido tiempo de consultar la grilla de programación con más detenimiento. Así fue que después del ensayo de Familia Costa me dirigí al Atlas Recoleta, un reducto apartado en medio de la parafernalia turística y familiar ABC1. Una sala que ahora llamaríamos vintage por su estilo setentoso tardío (esa onda recargada de revestimientos acolchados y de tonalidades coloradas oscuras, que parecía funcionar igual de bien en boliches, cines, restaurantes y telos), pero que no es otra cosa que lo que quedó de la decadencia general de los cines tradicionales. Sobrevive como el hermano menor del América, a fuerza de eventos especiales como el festival, en general de mucha menor escala que éste. Más allá de su condición, al Atlas Recoleta lo asocio siempre con buenas películas, casi siempre muy alternativas. Como antecedente más inmediato, de esa misma sala había salido unos cuantos meses antes, excitado como un nene después de ver la increíble Kung-fusión, en una noche tan fría como la de ayer.

Decidí hacer una seguidilla de dos películas consecutivas, con una apurada pausa para comerme una hamburguesa en el local de al lado, entre una y otra función. La primera fue Screaming Masterpiece, también un documental, pero bien diferente al anterior. Este trataba sobre la escena musical islandesa, la cual se hizo famosa mundialmente con los trabajos de Björk y Sigúr Ros. La realización era mucho más ambiciosa desde el punto de vista formal, y los largos pasajes musicales contribuían a reforzar, quizás excesivamente, ese sentimiento de majestuosidad que buscaban transmitir las abundantes tomas panorámicas de los paisajes de Islandia. Es evidente que la música de ese país posee características muy propias y definidas, ya sea en sus variantes más tradicionales o en su fusión con otros géneros como el rock, el pop o la electrónica. Se puede entender también que la obra de Björk no es un caso de genialidad aislada venida de aquellos confines polares, sino que es la parte más visible de todo un movimiento estético que parte de premisas incluso políticas. Pero en términos estrictamente cinematográficos la película no puede evitar caer en la monotonía. El director se esmera en transmitir toda la delicada y a la vez primitiva belleza de esas voces y esas instrumentaciones casi vanguardistas que parece ser la constante de la música islandesa. También se ocupa de presentar a una gran cantidad de artistas, intentando abarcar a todas las edades, géneros y niveles de difusión previa: no parece faltar nadie, si es cierto que en Islandia viven apenas 300.000 personas. Pero todo este cuidado no puede impedir que la narración cargue con el peso de una solemnidad por momentos exasperante. Pareciera que el director se tomara a los músicos demasiado en serio, mucho más que ellos mismos incluso. Nadie sonríe, nadie parece divertirse ni disfrutar la música de otro modo que no sea en medio de un éxtasis místico. Todas las declaraciones de los protagonistas son emitidas en un tono como de ceremonia religiosa, y también hay que decir que no todos tienen mucho de interesante para contar. Y esta solemnidad tan contraproducente llama mucho la atención, porque muy a su pesar la película deja entrever que los islandeses son en verdad unos jodones de aquellos. No me cabe la menor duda de que sólamente con un sentido del humor por demás especial puede un grupo de seres humanos vivir de manera tan armoniosa en un lugar tan inhóspito como Islandia.

Únicamente la entrevista a Björk le aporta algo de claridad teórica a todo el asunto, parece ser ella la que mejor entiende o la que mejor sabe explicar la historia y la inesperada proyección de la música de su país. Justamente ella, la súper estrella pop (cuya música se vuelve más y más compleja a medida que pasan los años y los discos, pese a su éxito comercial o quizás justamente a causa de él). Es un placer además ver algunas imágenes de sus grupos anteriores, como por ejemplo los muy ingenuos, sofisticados y divertidos Sugarcubes, a quienes se les agradece el toque de ligereza que le falta a la película. Y también reconforta comprobar que en la actualidad Björk sigue tan linda como siempre.

Y la segunda ¿película? resultó ser todo lo lunática que prometía, pero muchísimo más escatológica, morbosa y políticamente incorrecta. Su título, The Aristocrats, proviene de un chiste viejo y no muy gracioso que circula desde hace décadas entre los actores del vodevil norteamericano. Es justamente una típica pieza que ilustra muy bien el estilo del humor yanqui, ese que, a la distancia, a muchos les resulta incomprensible. Básicamente sería algo así:

Un matrimonio de actores se presenta ante un agente teatral para ofrecerle un número nuevo, nunca visto.
-¿En qué consiste?-, pregunta el agente.
- Mi esposa y yo entramos al escenario- contesta el actor-, y luego de bailar un numerito musical, nos ponemos a cagar en un balde. Después volcamos el contenido en el piso y nos revolcamos en la mierda hasta quedar por completo cubiertos. Saludamos y nos retiramos.
- Es lo más espantoso que escuché en mi vida, ¿cómo se llama este acto?
- “Los aristócratas”.


A partir de este chiste tan sencillo, que oscila entre lo absurdo y lo escatológico casi con ingenuidad, la película se construye mediante el montaje frenético de breves fragmentos de entrevistas a varios de los cómicos más famosos de los EE.UU en la actualidad. Aunque no conozcamos todos los nombres, seguramente los vimos en las series de Sony, o en películas, o en programas como Saturday Night Live, o shows como los de Leno, Letterman o Carson. Por si no quedó claro, ninguno es un artista del under, aunque quizás provenga de allí. Y no parece faltar casi nadie, sólo Seinfeld y Jim Carrey. Pero están Paul Reiser (Mad about you), Jason Alexander (el George de Seinfeld), Drew Carey, Whoopie Goldberg, Rob Schneider, ¡Carrie Fisher!, Kevin Nealon, Trey Parker y Matt Stone (los realizadores de South Park), y muchos más que ahora no recuerdo. Otros son escritores de revistas humorísticas, o productores de cine o TV, en algunos casos, verdaderas leyendas de la comedia.

Está claro que durante las entrevistas los cómicos dialogan con los realizadores, pero en la edición final queda mayormente lo que declaran los actores, como si fuera una variante todavía más informal de sus rutinas stand-up. Y lo que la edición de los fragmentos va intercalando a un ritmo tremendo es, en resumidas cuentas, primero la versión “básica” que cada cómico conoce del chiste, y luego cómo cada uno de ellos lo va modificando para darle su toque personal, casi siempre expandiéndolo hasta hacerlo durar varios minutos, agregándole toda clase de variantes y hasta cambiando o invirtiendo el sencillo remate. Algunos hasta se atreven a teorizar o incluso historizar acerca del chiste y sus sucesivas modificaciones. También se cuentan las anécdotas de quienes presenciaron las versiones más legendarias del relato de este chiste.

Pero el detalle fundamental es que todos esos agregados son una acumulación infinita de escatología, pornografía, incesto, racismo, sexismo, xenofobia y todo aquello que pueda considerarse como políticamente incorrecto. Se trata de convertir al inocente balde de mierda del chiste original en una montaña de lo peor que pueda imaginar un ser humano. Todos, absolutamente todos y cada uno de esos cómicos, muy aptos para todo público por lo general, que suelen aparecer en series y películas familiares, se dedican a relatar bellezas del estilo:

Entonces entran al escenario mi hija de diez años y mi hijo de ocho. Empiezan a coger entre ellos, hasta que me caliento tanto que agarro del culo al nene y le meto en el orto mi pija llena de mierda, mientras por la otra punta del escenario también entra mi abuelo con un burro, al cual mi mujer le empieza a chupar la pija hasta que de la acabada del burro mi mujer queda tuerta, lo cual no le impide a mi abuelo empezar a cogérsela él por el culo, mientras mi nena de diez le chupa los huevos a mi abuelo y el burro le chupa la concha a mi mujer.

O si no:

También tenemos un bebé de apenas unos meses, al cual intento volver a meter en la concha de mi mujer, pero sólo consigo meterle la cabeza, así que también le meto a mi mujer mi pija en la concha así el bebé me la puede chupar desde adentro. Mientras tanto, unos miembros del KKK se dedican a ahorcar a varios negros, y un nazi disfrazado de Hitler prende fuego a mi hermano judío, situación que es aprovechada por un grupo de hispanos para robarnos las billeteras.

O también:

Mi hijo de quince años tiene la pija tan grande que al penetrarme hace que me revienten las hemorroides, por eso cuando la saca mi recto se despedaza y se vuelca ardiendo por todo el escenario, y los nódulos más chicos son del tamaño de una pelota de tenis. Mi hija menor los agarra del piso y se los come como manzanas.

O la versión “invertida”, a cargo de una simpatiquísima y joven actriz:

- En su antiguo palacio de las afueras la familia disfruta de una exquisita cena, servidos por el mayordomo y varias mucamas. Todos conversan con amabilidad, amor y respeto, los chicos se portan bien, piden permiso para hablar y manejan los cubiertos a la perfección. Deciden comer el delicioso postre en la sala de juegos, mientras el padre disfruta de un excelente cognac y un puro junto al fuego de la chimenea.
- Ajá, bien, ¿cómo se llama el acto?
- “La familia de putos remachados y chupapijas” (traducción libre de “the cocksucking motherfuckers”).



Y hay más, mucho más. Está la versión de los dibujitos de South Park, la versión de acróbatas con fuego, hasta la versión de un mimo, que hace toda la mímica de violar a un bebé para el espanto de los ocasionales peatones. Algunos de los cómicos le cuentan incluso el chiste a sus propios nenitos de menos de un año, rubiecitos y tiernos como cualquier otro bebé, y los nenes reponden a las barbaridades del padre con risitas e interjecciones. Después de toda esta interminable serie de atrocidades más explícitas que el peor de los materiales del más perverso de los sex-shops, el remate es siempre el mismo: “se llama Los aristócratas”. Delirante, imposible de creer, revulsivo, salí del cine con amagos de arcadas. Pero nadie podía parar de reírse.

Cuando algunos de los actores hablaban de mezclar en el relato del chiste a las víctimas del 11-S toda esta locura empezaba a tener un sentido más político. Muchos de los cómicos son neoyorquinos, de la larga tradición humorística judía que se remonta a los Hermanos Marx, pasa por Woody Allen y llega hasta la fama planetaria del mismo Jerry Seinfeld, y vivieron el clima de consternación patriótica posterior al atentado como una maldición. No solo en cuanto al recorte de sus posibilidades laborales, sino también como un avance represivo del Estado sobre la libertad de los ciudadanos. En la exageración alucinada de este chiste tan tonto hay entonces una voluntad de oponerse a la ideología autoritaria y militarista republicana, y además, muy especialmente, una catarsis más que evidente. Sobre todo cuando vemos las imágenes de uno de los actores más desaforados, quien en medio de un show privado para gente muy exclusiva patrocinado por Hugo Hefner con la intención de recaudar fondos para las víctimas de las torres, ante la dificultad aparentemente insalvable de conseguir que el público se relajara un poco y se riera sin culpas, decidió arremeter con una versión desatada y memorable del chiste de los aristócratas. El resultado: todo el mundo revolcándose en sus asientos de la risa, necesitaban un shock de ese calibre para soltar tanta mierda atragantada.

Esta es una de esas películas que realmente hacen honor al espíritu del festival. Está hecha en EE.UU., con un montón de gente famosa, pero es una rareza absoluta, una creación que lleva al espectador al límite de su tolerancia y de su entendimiento, un poquito de luz para las regiones más oscuras de los ciudadanos de Occidente. Un desafío conceptual disfrazado de la peor de las groserías.

lunes, 10 de abril de 2006

Unos momentos de felicidad: dos películas de Burman (intro)


No es algo de lo que pueda opinar a fondo, pero desde hace un par de temporadas es una experiencia muy frustrante ver ficción televisiva argentina. Están las tiras diarias: gritos, histeria, trazo grueso, recursos argumentales muy pobres, repetición, previsibilidad, crispación, ninguna sutileza, todo hablado y explicado como si además de idiotas los espectadores fueran ciegos. El costumbrismo del año 2000, que algún guionista culposo justificará inscribiéndolo en la tradición del sainete criollo, estableció a la gente del barrio y a las clases altas como los estereotipos sociales a caricaturizar, mientras que las clases medias quedaron para los unitarios: los productos “serios”, “de calidad”. Pero el nivel no mejora. Truculencia, violencia gratuita, sobreactuaciones, pulsos, labios y cabezas que tiemblan y se menean descontroladas. Toda la ficción televisiva no hace sino duplicar lo que se vio momentos antes en los noticieros, la frontera entre realidad y ficción es cada vez más tenue.

¿Quedará todavía alguna posibilidad de sentir felicidad por un rato frente al televisor? No la felicidad histérica y arrebatada del gol del equipo propio, casi la única alegría de millones de personas. Tampoco esa que proviene de disfrutar del padecimiento o la ridiculez del prójimo en la cámara oculta, o ese sentimiento de viveza compartida que nos quieren generar los presentadores bananas, esos que desparraman con sonrisa ladeada su cínico descreimiento de todo, menos de sus anunciantes. Me refiero más precisamente a una felicidad más serena, esa que nos reconcilia con nosotros mismos y con los demás, que muy a nuestro pesar nos deja sellada una sonrisa estúpida, la cual sin embargo proviene no de nuestro sentimentalismo (otro mal de la TV) sino de apreciar toda la inteligencia y la sensibilidad de un realizador y su equipo plasmada en un producto audiovisual. Un entusiasmo reposado, un sentimiento reconfortante, que puede no estar relacionado con el hecho de poder identificarse o sentir empatía por los personajes. Pudo pasar hace algunos años con Okupas, un milagro que parecía venir de Marte. Una rarísima ocasión en la cual los mejores recursos formales y técnicos se pusieron con un máximo de coherencia al servicio de una historia distinta a todo, que pese a su temática sórdida supo entregar muchos momentos inolvidables, de genuina alegría. Pero después de eso, incluso si accedemos a considerar como ficción al delirio y la extravagancia inteligente de Todo por dos pesos, ¿pasó algo más en la tele nacional que nos haga sentir mejor por un rato? No, hubo que pagar el cable y ver a los ingleses de The Office, o a las chicas neoyorquinas de and the City. Algún momento inspirado de Saturday Night Live, y las eternas repeticiones de Seinfeld.

Para sentirse feliz viendo una ficción nacional en estos años hubo que ir al cine a ver las películas de Burman. Al menos las dos últimas, El abrazo partido y Derecho de familia.

CONTINUARÁ

jueves, 30 de marzo de 2006

Todos a Tucumán, vieja


Puede que este texto haya quedado desactualizado en cuanto a que Callejeros no va a tocar en Tucumán. Era para ser publicado ayer. Pero va igual.

Para ser una bandita marginal, la verdad es que llevan mucha gente, ¿no? Pobres, cuánta gente inocente...

Estoy harto de lo políticamente correcto, ya sería hora de llamar a las cosas por su nombre sin miedo a ser tildado de reaccionario. Tomando como guía algunos comentarios publicados en Internet por fanas de Callejeros se puede apreciar el bajísimo nivel cultural de estas personas. No sólo porque son incapaces de escribir sin faltas de ortografía y con una redacción fluida y comprensible sino porque sus opiniones denotan una pasmosa estupidez. El descuido por las formas del lenguaje no es solamente una anticuada manera de escandalizarse al estilo de las cartas de lectores de La Nación (así y todo el único diario legible del país), sino que denota una seria limitación de las capacidades intelectuales de las personas. No es posible pensar a un nivel de cierta complejidad sin dominar correctamente la lengua. Hasta que las futuras generaciones o la neurolingüística demuestren que existe una manera diferente de razonamiento, por ahora los seres humanos pensamos con palabras.

Ay, el falso mito del aguante... Ya me referí lateralmente al tema en esa entrada anterior tan extensa. Para creerse algo así hay que ser como mínimo ingenuo y como máximo un cínico, ya sea que se trate de un fan o de un músico cultor del rock barrial. Pero tanto la ignorancia o la mala fe pueden resultar igualmente devastadoras, como lo demostró el mismo Cromañón. No importa cuánta gente haya muerto, según esta gente toda la culpa es de Ibarra y de Chabán, nunca una autocrítica, jamás una reflexión más cuidada, únicamente vociferar que nosotros y nuestra banda preferida somos los eternos inocentes. Llegan a decir incluso que Callejeros es una banda chica, sin recursos. ¡Por favor, si están llenos de oro y pueden agotar las entradas de casi cualquier lado! Me parece bien que hagan guita con su música, pero dejen de hacerse los marginales, que somos pocos y nos conocemos de sobra. Banda chica es la mía, que llevamos 50 personas y desde ese puto 30 de diciembre no encontramos un lugar decente para tocar, porque el gobierno de la ciudad ahora se pasa de rosca con las clausuras. Todo se hace así, tarde y mal.

De paso y como comentario al margen, ahora que cualquiera se cree habilitado para hacer justicia por mano propia, ya podemos ver cómo después de las amenazas de muerte a los legisladores ahora llegan las amenazas a los de la banda y sus familiares. Ser víctima real o presunta en este país parece ser una habilitación implícita para hacer cualquier cosa: cortar puentes, quemar casas, saquear comisarías y municipalidades, amenazar de muerte. Y claro, si no saltaron antes para decir que eso era una barbaridad, ahora que la idea y el método están instalados, ¿cómo se hace para parar la bola de nieve?

viernes, 24 de marzo de 2006

Suficiente con el 24 de marzo

Ya gente más inteligente que yo dijo y escribió cosas más inteligentes acerca de este promocionadísimo aniversario del golpe. Los puedo remitir al blog de Alejandro Rozitchner, por ejemplo (www.100volando.net). Sólo voy a decir un par de cosas.

Esta locura más o menos repentina por recordar, conmemorar, repudiar o no sé cuántas cosas más el 24 de marzo del 76 no sirve para casi nada bueno. Es nada más que una sucesión histérica de especiales de TV, suplementos de diarios y de esos repugnantes y nazis ejercicios de actuación política que son los escraches (lo digo literalmente, era lo que hacían al comienzo los nazis con los judíos). Esa clase de demostraciones se dicen actos de justicia, pero son sólo escenificaciones repletas de odio y resentimiento, que además rozan ya lo ilegal. Y por favor, ya sé que Videla y todos esos tipos son algunos de los seres más execrables del mundo. Pero me asusta la idea de que las supuestas buenas causas (como destituir a Ibarra o bloquear las papeleras) conviertan a quienes las promueven en portadores para ejercer la justicia por mano propia.

Nada de todo este show de falsa conciencia ciudadana alrededor del 24 de marzo conduce a lo que quizás sería lo más deseable, que entiendo yo que sería una comprensión acabada de un proceso histórico complejo, con todos sus antecedentes y consecuencias. Eso no se consigue con histeria mediática, sino con estudio metódico y equilibrado. Y claro, eso requiere un esfuerzo intelectual mayor al que muchos están dispuestos a realizar.

Ya hace varios años que creo que no podemos seguir atados a la carga de la dictadura. Incluso para las generaciones más jóvenes parece un imperativo a tratar en todas las ramas del arte y de las ciencias sociales. Antes que recordarla hay que tratar de entenderla, pero sobre todo hay que saber dejarla atrás. Como sociedad tenemos desafíos mucho mayores, que si no entendemos que ya hace rato que son impostergables se volverán otras oportunidades históricas desaprovechadas. La Argentina mejoró mucho desde 1983, con democracia, libertad y tolerancia. Pero pareciera que estamos empeñados en retroceder en el calendario, a contramano del mundo, en un siglo XXI que ya vuelve irreconocibles las realidades de hace dos o tres años. Las estructuras de pensamiento de la sociedad están obsoletas, y desde este gobierno que yo voté pareciera que lo único que se busca es recrear las confrontaciones del pasado. Pensar que yo los voté porque me parecían los más pragmáticos y realistas. Claro, antes estaba Lavagna...

jueves, 23 de marzo de 2006

Parque Chas (parte I)


A casi un año y medio de aquel momento -tan significativo- en el que abandoné el barrio de Belgrano tras más de treinta años de residencia para mudarme al casi exótico Parque Chas, creo que sería un buen momento para comentar algunas particularidades de este lugar tan peculiar. De la tranquilidad de sus irregulares calles, de lo fácil que se pierden los que no circulan por allí, de lo agradable de sus plazas, de su disfrutable silencio habla casi cualquiera que quiera ensalzar con entusiasmo las virtudes del barrio. Por eso preferiría en cambio tratar de trazar un panorama de lo más llamativo, lo más notorio de todo lo que sucede últimamente en este pequeño barrio de casas de muñecas que se le ocurrió inventar a un tal señor Chas hace 80 años.

Prácticamente desde que me instalé en mi nuevo hogar pude notar cómo el barrio se encuentra en medio de un proceso de transformación (o quizás actualización) de su fisonomía, seguramente no tan acelerado como el que se aprecia en varias zonas de Palermo desde hace unos años, pero sí continuo y alentador, en rasgos generales. No parece que el barrio vaya a perder en el futuro cercano esa tranquilidad y silencio que le contagian sus intrincadas calles para transformarse en una zona de moda como Las Cañoitas, pero sí es posible aventurar que más temprano que tarde voy a dejar de ostentar el dudoso privilegio de ser el único chico moderno y bien vestido de Parque Chas. Realmente lo soy, no es por soberbio (bueno, sí lo es). Es de esperar también que las únicas músicas que se dejan escuchar por allí, esos deprimentes géneros nacionales en boga que afean el paisaje sonando desde el interior de las casas y coches, pronto dejen algo de espacio para la penetración de otros sonidos más estimulantes. Como esos mismos que, gracias a mi equipo de audio y mi batería, me dedico a emitir con generosidad desde el living enclavado en una de las famosas seis esquinas de Parque Chas, para sorpresa y perplejidad de más de un vecino. Hasta ahora no recibí ninguna muestra de hostilidad abierta, y creo sinceramente que lo mejor para todo el barrio sería que escuchen y aprendan. No es fácil, ni se consigue de un día para el otro.

Pero volviendo al tema principal de esta entrada y dejando de lado las extensas disgresiones al estilo del admirado Mansilla, decía que es notable la cantidad de construcciones y reformas de casas que se aprecian desde hace un tiempo en el ahora oficializado nuevo y laberíntico barrio porteño. Incluso en el mismo bloque edilicio del cual forma parte mi ¿departamento, PH, casa? las reformas están a lo orden del día. No parece que vaya a ser posible mejorar en mucho el inexpresivo exterior del edificio, pero sí se va a ver más prolijo, y los cambios interiores parecen ser profundos. De todos modos, los pequeños detalles siempre ayudan. Tan sólo con dos simples macetas con plantas y flores en mi balcón, el frente que da a la ochava presenta un aspecto mucho más vivo. Me llama mucho la atención lo saludables que están mis plantas, apenas con los cuidados mínimos que les dispenso.

En el resto del barrio el panorama es, en general, bastante alentador. El extraño trazado de las calles hace que las manzanas sean chicas y muy irregulares, y eso implica una limitación y también un desafío para los constructores. Lo que se puede apreciar es bastante variado. Entre lo positivo, chalets rústicos de estilo sobrio, PHs modernos como los que se ven por Palermo, viejas casas con galerías puestas a nuevo. Entre lo negativo, esos impersonales y estrechos grupos de duplex gemelos, cuadrados pero sin gracia, construidos casi como por compromiso. Sé que la carrera de arquitectura es difícil, pero ¿cómo coño puede ser que le otorguen el título a gente con tan poco aprecio por la estética?

Por el lado de los espacios públicos el resultado es más incierto. Se ha presentado un interesante proyecto para reformar la tan odiada por los vecinos fuente de la rotonda de las seis esquinas, la misma que está frente a mi puerta. Pero aún considerando el deteriorado estado de esta fuente no se sabe todavía la fecha de iniciación de las obras ni mucho menos la de su finalización. La plaza "Dominguito" Sarmiento fue apenas acondicionada con algo de grava y arena, pero su aspecto general podría mejorar aún más y la limpieza es algo dudosa, mérito de los dueños de los innumerables perros de la zona. No ayudan mucho tampoco los pibes que juegan todo el día al fútbol. La plaza más linda es la que está por allá al fondo, creo que por la calle Nápoles cerca de Constituyentes. No recuerdo ahora su nombre, pero es la más grande, agradable y cuidada. Da gusto cada tanto caminarse unas cuadras hasta allí.

Y también fue una imprevista novedad el cambio de nombre de la estación del subte, que de su original nombre de "Los Incas" pasó a llamarse "De los Incas-Parque Chas". Tal cual lo que sucedió con la inmediatamente anterior "Tronador" que ahora se llama "Tronador-Villa Ortúzar". Esto rompe con una tendencia histórica del subte, que por la corta distancia que media entre sus estaciones siempre se las denominó haciendo referencia a la calle más próxima a la avenida principal que recorre la línea, o a algún edificio o sitio público de las inmediaciones. Con estos cambios se busca resaltar la presencia del subte en los barrios, quizás en aquellos hasta ahora algo postergados, o que apenas muy recientemente han sido reconocidos como independientes de otro, como es el caso de Parque Chas respecto de Agronomía. Por supuesto, en los únicos lugares en donde estos cambios de nombre son visibles es en los propios carteles indicadores de esas estaciones, siendo totalmente desconocidos para los usuarios que nunca se aventuran por estos pagos. Seguramente, más de una confusión habrá de suscitarse.

Como me han criticado la extensión de las entradas de este blog (los pocos que se han tomado el trabajo de leerlo), concluyo aquí esta primera parte de la nota dedicada a mi nuevo barrio. Prometo para la próxima algunos comentarios sobre algunos lugares y sucesos llamativos, esas cosas que terminan por formar las pequeñas mitologías porteñas. Que siempre es mejor que se mantengan en ese tamaño.

jueves, 9 de marzo de 2006

¿Continuará?


La destitución de Ibarra resultará quizás una módica inyección de morfina que calmará el dolor más lacerante de los familiares directos de las víctimas de Cromañón, pero si se lo analiza con objetividad, como corresponde a un hecho de tamaña importancia, también es otra demostración de lo frustrantes que siguen siendo en la Argentina las maneras de ejercer la política, tanto por los funcionarios de los diferentes poderes como por los ciudadanos comunes.

Aclaro rápidamente que, aunque lo voté las dos veces, Ibarra ya no me inspira ninguna clase de respeto. Su gestión no fue mala, quizás despareja, pero su comportamiento en relación con la tragedia de Cromañón fue patético. Debería haber renunciado inmediatamente, aportando de ese modo un mínimo gesto de grandeza ante el fracaso evidente de su política de control de las habilitaciones. Y también como para evitar todo el circo posterior, con la oposición macrista a la caza de su puesto, los aristas reafirmándose en su pose de pureza absoluta y la izquierda delirando con asestarle otro supuesto golpe mortal a lo que se suele denominar el “sistema”. Mientras los familiares descargaban todo su dolor de la peor manera, transformándolo en intolerancia irreflexiva y falta de autocrítica. A casi nadie en la sociedad se le ocurre pensar que la fórmula mágica del “juicio y castigo a los responsables” no sirve de nada si no se acompaña con un cambio de modelo de pensamiento que nos permita madurar, superar este estado de situación en donde solamente cuando mueren muchas personas al mismo tiempo y en el mismo lugar parecemos tomar alguna vaga conciencia de que nuestra forma de vida no es tal, sino una constante búsqueda de la inmolación sin sentido. Porque, ¿qué otra cosa es si no esa mitificación delirante llamada “aguante”? Podríamos poner un ejemplo más vulgar, exento en principio de toda la carga emotiva que conlleva esa mitificación, y decir que todos los días en las calles y rutas del país suceden varios Cromañones si se releva el número de víctimas fatales por accidentes de tránsito. Así y todo nadie parece estar dispuesto a modificar su comportamiento en la vía pública sin la amenaza concreta de algún tipo de multa.

Ni se nos ocurre pensar que la incapacidad o la mala fe de la clase política no deberían disculpar nuestro pésimo comportamiento como ciudadanos. Tampoco que la mejor forma de aprovechar los devastadores efectos de las tragedias sería asumir un compromiso concreto para intentar modificar toda la cadena colectiva de responsabilidades, las propias y las ajenas. No alcanza con encontrar y castigar a los responsables más inmediatos si luego la realidad cotidiana de nuestros valores, pensamientos y acciones permanece inalterada, manteniendo las condiciones propicias para el próximo desastre. Tampoco alcanza con que ahora los súbitamente incorruptibles inspectores porteños le arruinen sus pequeños proyectos a mucha gente con iniciativa que trata de hacer las cosas bien, mientras los grandes empresarios del espectáculo se siguen haciendo millonarios trayendo a los dinosaurios de siempre y generando más episodios de violencia.

El circo del juicio político a Ibarra exhibió lo peor de nuestro comportamiento ciudadano. Los funcionarios que no se quieren hacer cargo. La oposición que busca su tajada. Los familiares que recurren al apriete y la amenaza con tal de cumplir su objetivo (a eso no se le puede llamar “mejorar las instituciones”). Chabán, Callejeros y otros involucrados clamando por su inocencia cuando en verdad son cualquier cosa, menos inocentes. El progresismo y la defensa corporativa de la última de sus figuras políticas, además del ya gastado recurso de acusar a “la derecha” (sinónimo automático del mal) de intento de “golpe institucional” y de recurrir a figuras prestigiosas del campo de la defensa de los derechos humanos cuando no era lo pertinente, sin comprender que no se gestiona con prestigio y buenas intenciones. No se puede seguir ideologizando de esta manera, gobernar una ciudad, antes que nada, es un problema de gestión. Hay pensamiento político de derecha y de izquierda, pero primero se debe evaluar si una gestión es eficiente o no. No es una simple cuestión administrativa o burocrática. Como se ha visto, muchas vidas dependen de ello, además de nuestra calidad de vida más en general. En lo personal, si no voté a Macri fue no sólo porque no coincido ideológicamente con su partido, sino porque no me genera confianza su capacidad de gestión, justamente, esa cualidad que sus defensores le adjudican constantemente. ¿Cuáles son sus éxitos de gestión, sus empresas familiares, el Club Atlético Boca Juniors? Las castigadas arcas del Estado pueden dar fe del comportamiento empresario de la familia Macri, por más que Mauricio se quiera despegar de papá. Y en cuanto a Boca, bueno, es muy sencillo, Boca sale campeón por default. Me gustaría saber en cambio si el accionar abiertamente ilegal de personajes como el Rafa Di Zeo también es un éxito de gestión Pro.

En definitiva, hagamos algo para cambiar las cosas sin que ello implique necesariamente una protesta. Con la queja no maduramos, no asumimos nuestras responsabilidades, no pensamos en acciones concretas que redunden en beneficios concretos. Creemos que nos enfrentamos “al sistema” cuando el sistema somos nosotros. Pensamos que las instituciones se mejoran únicamente reclamando, que la democracia y la ciudadanía se limitan a votar cada dos años y esperar a que otro nos arregle la vida. Incluso inventamos enemigos externos y totales, responsables absolutos e idealizados de nuestros males (la globalización, los EE.UU., el Fondo Monetario, el capitalismo) sin comprender la naturaleza real de esos actores o conceptos, bien complejos por cierto. Comprendamos de una puta vez que por encima del accionar corrupto de ciertos políticos y funcionarios, y por encima de las reacciones de las víctimas de cualquier tragedia debe primar siempre el respeto por la ley.

jueves, 2 de marzo de 2006

Los grupos de rock y el mito de la permanencia


Seguramente el hecho de que yo tuviera tan sólo 19 años pueda servir como atenuante, pero de todos modos fue uno de los peores errores musicales de mi vida. Era fines de diciembre de 1992, y de todos los recitales importantes con que se suele cerrar cada año había dos que se destacaban claramente, marcando al mismo tiempo dos tendencias muy diferentes. Por un lado Seru Giran se presentaba en la cancha de River para cerrar con toda pompa una corta e incomprensible gira por algunos grandes estadios del país, con el flojísimo nuevo disco Seru ´92 como único pretexto para un regreso más que controvertido. Y por el otro estaba Soda Stereo, que acababa de lanzar al mercado la obra más audaz de toda su carrera, el extraordinario Dynamo. Un disco inspirado claramente (algunos dirán que excesivamente) en el sonido de grupos casi desconocidos en Argentina como My Bloody Valentine o Sonic Youth, que internacionalmente venían marcando desde hacía algunos años las tendencias de la típica corriente sónica de los ´90. Una mezcla de guitarras saturadas y distorsionadas hasta el feedback con las buenas melodías pop de siempre. Desde la aparición de Sumo en los ´80 que el rock argentino no experimentaba un shock de modernización tan fuerte, y fue más destacable aún porque fue llevado adelante por un grupo que estaba en su momento de máxima aceptación masiva, no sólo en Argentina sino en toda Latinoamérica. Después de llenar estadios en todo el continente Soda Stereo se “empequeñecía” al presentarse en Obras, animándose a llevar como teloneros a otros grupos modernos que por entonces apenas si comenzaban su carrera, como Juana la Loca o Babasónicos.

En estos días de principios de 2006 la dicotomía de elegir entre los monstruosos shows de los Rolling Stones y U2 o el más pequeño pero imprescindible recital de Franz Ferdinand es bastante más sencilla de resolver gracias a la experiencia adquirida en todos estos años de aprendizaje constante del rock y el pop verdaderamente relevantes de cada época. Pero en 1992 mi ingenuidad me jugó una mala pasada, y fue así que terminé yendo a River a ver a Seru Giran, mientras que Soda Stereo se la jugaba en Obras para unos cuantos menos (y no vendría mal aclarar que los típicos fans de Soda le hicieron la cruz al grupo a partir de ese disco; hasta la gira de despedida de las “gracias totales” no volvieron a aparecer, lo cual se explica también por lo que veremos más adelante). Y aún cuando por aquellos años el trío de Cerati no me desagradaba para nada, hasta me animé a esbozar una sonrisita de irónica aprobación cuando en más de una ocasión, entre un tema y otro el público de Seru se animaba a cantar “es para Soda que lo mira por TV”. Por supuesto, azuzados por un Charly García que ya comenzaba su vertiginoso descenso de la categoría de músico talentoso a la de payaso insoportable, y mientras el correctísimo Pedro Aznar (uf) aclaraba culposo que a él sí le encantaba Soda Stereo.

De mi error me percaté recién algunos años después, cuando gracias a la ayuda de algún amigo, de unas buenas revistas (extranjeras en su mayoría) y de mi propio criterio empecé a comprender mejor todo el panorama y la historia del rock. Una tarea nada sencilla, por otra parte, que al día de hoy aún dista de estar concluida. Pero siempre intenté reflexionar a qué se obedeció aquel error que no puede ser atribuido únicamente a mi juventud, ya que actualmente miles de personas jóvenes y viejas lo siguen cometiendo, tal como las masivas convocatorias de los Stones y U2 lo demuestran. Me fui dando cuenta entonces de que desde hace muchísimos años existe lo que podríamos denominar el mito de la permanencia de la banda de rock, no sólo acá en la Argentina sino en todos los lugares del mundo en donde el rock tiene una difusión importante. No me voy a poner en pose de sociólogo o psicólogo social y pretender analizar las causas de este fenómeno con explicaciones del tipo de “necesidad de construcción de una identidad o pertenencia social”, o algo por el estilo. Definitivamente no. Que cada uno se haga cargo de su parte. Prefiero limitarme a señalar entonces las manifestaciones más evidentes (e irritantes) de este error de valoración (porque en definitiva no se trata de otra cosa más que de eso) que tiene por consecuencia más indeseable el hecho de ayudar a perpetuar el estatismo y el conservadurismo de las industrias culturales. Lo cual no sería tan dramático en un país medianamente normal, pero sí se vuelve particularmente complejo en una sociedad proclive a construir con mucha liviandad todo tipo de mitificaciones que, casi sin que se pueda saber muy bien cómo ni por qué, un buen día se convierten en la excusa perfecta para una tragedia de proporciones.

Pero en definitiva, ¿de qué estamos hablando cuando digo “mito de la permanencia”? Creo que sería más fácil recurrir a otro ejemplo. Uno bien extremo, por cierto: se trata de Pink Floyd. Banda idolatrada por legiones de fanáticos en todo el mundo, el típico grupo al que se le debe guardar respeto. El hecho de que al rock se lo deba respetar (¿?) es justamente parte esencial del mito de la permanencia y una invención propiciada por discos tan serios y bienintencionados como Dark Side of the Moon, o Wish You Were Here. Resueltos a cometer un sacrilegio, no por nada los Scissor Sisters eligieron una canción como "Comfortably Numb" para hacer ese delicioso cover en clave música disco (recordar a los Pet Shop Boys versionando "Where the Streets Have No Name" de U2, parece que los putos tienen más sentido del humor).

En fin, casi nadie dudaría en cuestionar la mera existencia del grupo Pink Floyd, de una entidad denominada Pink Floyd, más allá de los cambios de formación, de las peleas o de las reuniones ocasionales, como la última en Londres para el Live 8 (¡ay, los festivales benéficos!). Pero repasemos un poco sus últimas producciones discográficas, un criterio de validación cada vez más cuestionado, pero el único todavía más o menos creíble. ¿Qué hizo Pink Floyd en los últimos 25 años? Veamos: The Final Cut en 1982, A Momentary Lapse of Reason en 1987, The Delicate Sound of Thunder en 1988, The Division Bell en 1994, Pulse en 1995, más una edición de The Wall en vivo originalmente grabada en 1979. En el medio de todo esto, un box-set recopilatorio y quizás alguna que otra delicadeza (del tipo “reedición aniversario de…”) que ahora no recuerdo. En definitiva, sólo tres discos de estudio entre 1980 y 2005, los demás son sólo refritos en vivo. Los tres de mediocres para abajo, además.

Podría decirse entonces que hay un momento en la historia de ciertas bandas a partir del cual y por motivos de muy variado tenor se produce un cambio drástico en las expectativas que giran en torno a ellas. Si en general los parámetros que distinguen y vuelven relevante a cualquier grupo de música (como a cualquier otro producto del mercado, cultural o no) son la cantidad, calidad y novedad de música que produce y ejecuta -más allá de los múltiples criterios de evaluación de esos parámetros- a partir de este quiebre que señalamos lo relevante pasa a ser únicamente la existencia misma del grupo a lo largo de los años. Existencia que, como en el caso de Pink Floyd, podría ser apenas una presunción, pero que el devoto da por descontada. El grupo pasa a ser un puro concepto escondido detrás del nombre que se ha convenido en que lo denomina, y ya no se trata de pedirle música –la razón de ser de un grupo de rock o de cualquier género- sino de que simplemente prolongue su entidad, quizás con algún regreso ocasional cada tantos (muchos) años. No importa ya entonces qué es lo que hagan Pink Floyd, los Stones o, en menor medida, U2. Sólo importa que permanezcan en el tiempo, que prolonguen la validez de ese concepto al que se suele recurrir con motivos diversos. Circularmente, esa validez se renueva con el simple hecho de permanecer en ese limbo que proporciona la no oficialización de la separación de facto de un grupo. Y este concepto, esta idea que se forja acerca de una banda y que se superpone con la banda misma puede resultar dudosa para cualquier espectador que se coloque en una posición neutral pero es incuestionable para sus usuarios. Tampoco importa que sea de una vaguedad tal que resulta difícil de precisar. Porque, ¿cuál es finalmente ese famoso concepto? Podría ser la seriedad o la calidad musical para el caso de Pink Floyd, porque quienes dicen gustar de esa banda no suelen tolerar fácilmente las excentricidades o las arbitrariedades de la estética pop, aunque encuentran fascinante el vuelo de un chancho de goma relleno de luces. Podría ser la defensa heroica de las buenas causas en el caso de U2, aunque ese heroísmo sea totalmente simbólico (Bono es el primero en saberlo) y se exprese por medio de canciones cada vez más previsibles y apolilladas. Si pensamos en los Stones, el concepto que les otorga identidad ya es indescifrable, quizás reducido a un ícono (la lengua), una apariencia (flequillo, ropa, etc.) o una pose (alguna clase de vaga rebeldía, I can´t get no satisfaction. ¿Seguro que no? Se trata justamente de conseguir la mayor satisfacción posible con el menor compromiso).

Sabemos obviamente que la apreciación de la música que producen (o dejan de producir) estos grupos, como en cualquier otro caso es siempre el resultado de un trabajo intelectual subjetivo mejor o peor fundamentado, y esa misma apreciación está sujeta a todo tipo de mediaciones. Pero cuando ese ejercicio intelectual se reduce a su más mínima expresión, entonces, ¿qué clase de público consumidor de música es el que se siente atraído por estas bandas que basan su accionar en el mito de la permanencia? ¿Qué tienen en común todas esas personas de extracción social tan diferente que pagan una entrada carísima o bien se resuelven a entrar como fuere a un recital de los Stones? Son hombres y mujeres comunes, con mayor o menor poder económico, de toda clase de nivel educativo e inteligencia, de las más variadas ocupaciones. Simplemente que la música no les interesa. Aunque ellos crean que sí. Pero no les importa mucho, definitivamente no. ¿Por qué esto es así, cómo se puede estar tan seguro? Porque esas personas son simplemente incapaces de fundamentar con un mínimo de solidez sus preferencias.

Mientras el grupo del cual se declaran adeptos se mantiene en hibernación ni siquiera les resulta necesario escuchar algún registro de su música. En todo caso, si se lo toman con algo de seriedad, se pone algún CD viejo cuando la ocasión lo amerita, o se escucha la radio en la que seguro van a pasar por enésima vez algún hit de esos que ya sabemos. Se puede demostrar cierta euforia si el DJ del boliche se porta como el de la radio. Incluso un poster o una remera pueden ayudar, especialmente si se consiguieron fuera del país. Hasta que, como en estos días, llega el momento de la nueva gira y el intrascendente nuevo disco (como aquel Seru ´92), la maquinaria empieza a funcionar y la concurrencia al próximo estadio se vuelve un imperativo ineludible. El fanatismo vuelve a aflorar como un virus que estaba latente, a la espera del momento favorable. Ahora bien, en esta clase de eventos en vivo, a lo que el público le presta la menor atención es a la música. Porque no se fue a escuchar nada sino que se fue a cumplir con una obligación, que cualquiera que haya ido a un par de recitales sabe que está perfectamente codificada: saltos, palmas, encendedores, banderas, etc. Y por eso seguramente esta clase de shows necesita de un despliegue escénico tan espectacular, porque quizás ni los propios miembros de los grupos le tienen una confianza absoluta al funcionamiento del mito. Pero creo que se equivocan, deberían dormir tranquilos. Los Stones podrían venir con luces blancas por toda escenografía y llenarían diez canchas de River, sin duda. Quizás sea que, al fin y al cabo, se sientan obligados a brindarles algo llamativo a los ojos de los espectadores, como justificativo para una entrada tan cara. De todas maneras, la parafernalia visual es redundante, a los Stones se los va a ver porque… son los Stones. Y lo mismo sucede con cualquier otra banda asentada en el mito de la permanencia.

Posiblemente, que la acusación última que le hacemos al público complaciente enamorado del mito de la permanencia sea su falta de interés por la música en sí, como puro fenómeno artístico, a más de uno podrá resultarle intrascendente. Podríamos ser tildados quizás de diletantes, de falsos entendidos en cuestiones finalmente inservibles. Puede ser, no sería difícil argumentar en favor de esa posición, y la cuestión en sí misma es muy compleja. De fondo siempre sobrevuelan las eternas discusiones acerca del arte y su pertinencia, del arte y las industrias culturales, del arte y las nuevas tecnologías, especialmente de la autonomía del arte. Sin embargo, tampoco sería conveniente subestimar las consecuencias concretas para la vida social que resultan de las mitificaciones constantes en relación con los productos de las industrias culturales. Los episodios de violencia registrados cerca de la cancha de River antes de los recitales de los Stones no deberían considerarse menores. Especialmente en el marco de una sociedad inmadura y paranoica que parece solazarse con las manifestaciones autodestructivas de sus individuos o comunidades, que parece encontrar en la agresión verbal o física la única manera de resolver sus conflictos, que desconfía profundamente de las razones del otro y sólo sabe formalizar la expresión de sus necesidades mediante el enfrentamiento y el comportamiento autoritario o extorsivo. Una sociedad infantil que no asume sus responsabilidades y todavía parece no haber comprendido –ni está dispuesta a hacerlo- que otra mitificación atribuida a un producto de la industria musical (el llamado “aguante”), por supuesto que en combinación con otros fenómenos complejos que forman el imaginario social, fue la causa principal de una tragedia en la que murieron casi doscientas personas.

miércoles, 1 de marzo de 2006

We had it so much better ...



… with Franz Ferdinand.

Los recitales internacionales de este comienzo de año están resultando ser exactamente lo que debían, lo que era más que previsible que iban a resultar. Por un lado, todo el circo decadente de los Rolling Stones, arriba del escenario, en el campo y las tribunas, en las puertas de acceso y en las inmediaciones del estadio. Por otro, esta noche y mañana será el turno de la buena conciencia y el heroísmo gastados de U2, que recorrerán todos sus hits pasados y presentes durante un show emocionante y bien codificado, con los saltos cuando se deba saltar, las palmas cuado se deba aplaudir y los encendedores (o ahora los celulares) cuando se requiera la postal emotiva. Todo esto por supuesto sin el menor atisbo de aquellos momentos mágicos que la banda supo tener entre 1991 y 1997, con los sorprendentes y casi vanguardistas discos (a nivel mainstream) Achtung Baby! y Zooropa, más la yapa inofensiva de POP. Hasta sería esperable encontrarse con alguna referencia de Bono a las víctimas de Cromañón, o al conflicto por las papeleras uruguayas, ya que las Madres de Plaza de Mayo parecen haberse retirado a cuarteles de invierno y más de uno podría pensar que su infaltable numerito de otras épocas ha quedado ya bastante desactualizado. De todos modos, buenas causas tras las cuales encolumnarse nunca van a faltar.

Sin embargo, casi de milagro, apareció la tercera opción salvadora. Los escoceses de Franz Ferdinand llegaban al país apenas en el papel de grupo soporte de U2, lo cual no dejaba de ser una ironía cruel. Pero el inefable Daniel Grinbank o algún otro iluminado a su servicio consideró conveniente gestionar una fecha para FF solitos, en el Luna Park, para alegría de todos los chicos modernos y de nuestros bolsillos. Así que fue ayer a la noche el momento de recibir este regalo casi inesperado, porque mi orgullo me había convencido de que de ningún modo iba a pagar la carísima entrada de U2 para ver a FF haciendo el rol de idiotas por cuarenta o cincuenta minutos, en medio de la incomprensión general de un público que a lo sumo les concederá una tenue aprobación.

Para los desprevenidos de siempre y como para contextualizar un poco, podríamos decir rápidamente que en lo que va de esta década dos grupos nuevos se han destacado claramente por su calidad artística y repercusión comercial, y ellos son The Strokes en los EE.UU. y Franz Ferdinand en el Reino Unido. Más allá de la discusión bizantina acerca de si son grupos innovadores, plagiadores o reelaboradores de las escenas musicales de fines de los ´70 y principios de los ´80, ambos han demostrado, cada uno con su propio estilo, que tienen en grado sumo todo lo que los mejores grupos de rock deben tener para volverse realmente relevantes: potencia, melodías, arreglos, arrogancia, estilo y sofisticación.

Ya que The Strokes también estuvieron en el país hace pocos meses, una comparación entre ambos recitales me parece pertinente, sobre todo por lo diferentes que resultaron. Franz Ferdinand tocó en un lugar de dimensiones apropiadas, pero de pésima acústica, por lo cual durante los primeros veinte minutos más que sonido lo que nuestros oídos sufrían era una bola de ruido. Sin embargo, ni la banda ni el público se dejaron amilanar, ya que era muy notorio que el público estaba muy bien predispuesto y FF estaban resueltos a ganar por demolición. Y eso fue lo que hicieron. Su repertorio repleto de hits (Take Me Out, Darts of Pleasure, Do You Want To?, y varios más), compuesto por buena parte de sus dos únicos discos, resultó una explosiva mezcla de melodías britpop, aceleración punk y rítmica new-wave, y fue ejecutado de manera potente, rápida y concisa. Quizás con algo de desprolijidad también, a consecuencia de los problemas con el sonido, pero con toda la determinación, la soberbia e incluso con algunas actitudes clásicas de la demagogia típica de recital de rock. FF siempre dicen que uno de sus objetivos principales es que las chicas bailen, y lo que consiguieron anoche fue que todo el estadio bailara, saltara, se aplastara, aplaudiera o simplemente descansara unos minutos para empezar otra vez con todo en la siguiente canción. Que el Luna Park no estuviera repleto ayudaba mucho para que cualquiera de estas opciones fuese posible, más allá de que el aire acondicionado del estadio estaba apagado y el calor era insoportable. Cuando el show concluyó, después de una tremenda versión de This Fire, los FF estaban felices y agotados, tanto como el público: no creo que hubiese aguantado otra canción más sin derrumbarme.

El show de The Strokes fue totalmente diferente. En el marco del Festival BUE en el Club Ciudad, al aire libre y en una fría y ventosa noche, los de Nueva York prefirieron la eficiencia y la meticulosidad. Sus impecables canciones, las últimas frutas deliciosas de la tradición rockera de la Gran Manzana, fueron interpretadas con una precisión y una coordinación sorprendentes. Si uno cerraba los ojos podía creer que estaba escuchando directamente un disco. Esto no debería interpretarse necesariamente como un defecto, ya que muchas de las canciones de los Strokes se distinguen justamente por sus complejos arreglos de guitarras, esos contrapuntos que por comparación terminaron por traer de regreso a las listas de históricos indispensables a los Television. Y aquella noche no faltó ni sobró una sola nota, ni siquiera cuando interpretaron tres canciones del por entonces todavía inédito First Impressions From Earth, su tercer disco. Así y todo yo me quedé con la sensación de que faltó algo más, de que podrían haber resignado algo de prolijidad para ganar en potencia. Se los notaba contenidos incluso a nivel de su expresividad física, como si estuvieran rindiendo alguna clase de examen en el colegio. Y justamente porque dan la impresión que poder tocar como y donde se les ocurra es que me hubiera gustado que se descontrolaran un poco más.

En definitiva, si algo tuvieron en común estos dos recitales tan diferentes, fue el hecho de que se produjeron en el momento justo, cuando ambas bandas se encuentran consolidadas como las mejores del mainstream del rock. No vinieron a robar, ni a tocar sus grandes éxitos de antaño, ni con formaciones irreconocibles, como hacen tantos grupos que sobreviven torpemente engañando a montones de giles por el mundo. No se trató de ver luces, o pantallas, o fastuosas puestas en escena, se trató de ir a ver a un grupo que interpreta sus canciones en vivo. Ni más ni menos que lo indispensable.

lunes, 27 de febrero de 2006

La red

En los últimos días asisto a una escalada gradual pero incontenible de mi adicción a internet. Cada vez me quedo más tiempo, las posibilidades que se abren son asombrosas, no me quiero bajar. Empieza a parecerse a una adicción, pero la información y los sitios interesantes se multiplican.
Me empiezo a dar cuenta de que yo mismo soy lo que empieza a estar en circulación, y se parece a algo vertiginoso. Es estimulante, pero para variar también me genera ansiedad. La aceleración me lo hace desear todo ya, todo instantáneo.

Familia Costa se consolida en lo musical, pero la pelea entre los hermanitos Gallagher/Gagliesi nos hace tambalear. Por favor, que no se pudra todo ahora. Se vienen recitales, salimos en la Inrockuptibles, es ahora el momento de hacer las cosas bien en serio. Tenemos con qué. Va a salir, tiene que salir.

Mañana, Franz Ferdinand. Próxima entrada.

martes, 21 de febrero de 2006

The Magnetic Fields

El aspecto positivo de estar tan al pedo en el banco es que podría decirse que me han otorgado una beca de perfeccionamiento para mis estudios musicales. Hoy a la tarde, mientras buscaba en el disco rígido unas cuantas buenas canciones para armar un compilado en CD, revisé el excelente ¡triple! disco 69 Love Songs, de The Magnetic Fields. Una obra sorprendente, elegida por casi todas las revistas especializadas como el mejor de 1999 y uno de los mejores de la década. Su muy prosaico título resume bien de qué se trata en general, pero para disfrutarlo como corresponde hay que tener paciencia, escucharlo con atención varias veces, hasta que las canciones, en apariencia tan sencillas e intrascendentes, completen su lento trabajo de encantamiento. Es difícil saber cuándo, pero en cierto momento uno se siente hechizado por esta interminable sucesión de pequeñas bellezas.

No sé si se puede subir música al blog, pero al menos como muestra, transcribo los últimos versos de la canción que elegí para el compilado. Tan sencillos y hermosos como la canciones que los contienen:

You need me
like the wind needs the trees
to blow wind,
like the moon needs poetry
You need me

When you betray me
betray me with a kiss
Then you are never stayed up
as late as this

miércoles, 15 de febrero de 2006

ABC

El periodismo y el mundillo literario y cultural políticamente correctos suelen trazar un perfil de Borges y Bioy Casares de digestión fácil y apto para todo público. Especialmente en sus últimos años, cuando esa estampa de ancianos venerables de alta sociedad podía simplificar hasta la obviedad la construcción de esa imagen.

Y sin embargo y por suerte, qué par de hijos de putas que eran. Ambos eran casi insuperables en el dominio de la técnica literaria. Ya nadie puede escribir como ellos, sus metáforas, metonimias y otras figuras no tienen lugar en este tiempo, son ya piezas de un museo exquisito. Pero toda esa técnica también sabía ponerse al servicio del más puro odio. No de otra manera puede entenderse si no un pasaje de la novela El sueño de los héroes, de Bioy Casares, que leí durante mis vacaciones. El narrador escenifica un diálogo entre el tal doctor Valerga y sus temerosos seguidores. Le hace decir a Valerga: "¿Tienen algo que objetar?". Luego del punto aparte, el narrador comenta, casi como al pasar y como si fuera la más inocente de las observaciones: "Por cierto, ninguna 'b' entorpeció la pronunciación de esta última palabra.". Qué belleza, cuánto desprecio por los presuntos letrados que encierra esa simple oración. Y qué elegancia para decirlo, que sentido del humor más corrosivo.

Algo parecido podría decirse del héroe de la clase media progre, el inefable Cortázar, y su excelente cuento "Las puertas del cielo". ¿Nadie nota el desprecio de Cortázar por el aluvión zoológico peronista, que traído a la actualidad serían los negros cabezas? Cuestión para la revista Ñ.

domingo, 12 de febrero de 2006

Todo el cine de febrero

Se acaban las vacaciones. Mañana, otra vez al laburo. Voy a tratar de conjurar la melancolía que me produce la idea de volver a esa cueva de mediocres (con las debidas excepciones) escribiendo las reseñas de cine que debía. En el orden en que las vi, estas son las privilegiadas:

- El hijo, de los hermanos Dardenne. Aunque los directores son belgas, estoy casi seguro de que la película es francesa. Los personajes hablan francés, salvo que ya no sea capaz de distinguir el francés del belga. No recuerdo haber escuchado a nadie hablando belga, de todos modos. Durante los primeros veinte o treinta minutos de proyección, mi mal humor era terrible. Llegué a pensar en irme de la sala, algo que hice una sola vez en mi vida. No tenía ganas de ver algo así. Sí, era previsible, pero de todas maneras, el ritmo acelerado, la cámara en mano de movimientos frenéticos, los diálogos entrecortados, el exaltado y a la vez contenido estado de ánimo del protagonista masculino, siempre a punto de estallar no se sabía bien por qué, al comienzo me parecieron una colección de lugares comunes de ese cine francés independiente,miserabilista, nihilista y violento (ejemplo, Solo contra todos o Irreversible, de Gaspar Noé) que ya no tiene razón de ser. Pero a medida que los minutos transcurrían la película me fue ganando, me pudo convencer de que se trataba de otra cosa, de que los elogiosos antecedentes tenían su fundamentación (aunque nunca leo las reseñas antes ir al cine, generalmente es fácil saber quiénes y cuánto van a elogiar las películas que se estrenan comercialmente). Sin contar el argumento, se puede decir que la resolución de la película es magistral, se atreve a plantear e ir hasta el fondo de una historia terrible sin ningún golpe bajo, dosificando las palabras y las emociones con mucho oportunismo y de manera totalmente creíble. Salí realmente muy satisfecho. Podría decirse que como la proyección era en el Arteplex de Belgrano, casi todo el resto de los espectadores se retiraron educadamente sin hacer mayores comentarios, aunque es difícil saber si realmente les gustó. De haberse proyectado en el Village o algún lugar similar, varios se habrían indignado y lo habrían manifestado a viva voz. Especialmente por el final tan abrupto. Algún día debería escribir un largo artículo acerca de los distintos tipos de espectadores de cine.

- Munich, de Steven Spielberg. Es muy curioso lo que me ha pasado con Spielberg. En los últimos quince años no le presté ninguna atención. Su cine de ciencia ficción me parecía poco digno de un "intelectual" como yo, y cuando se aparecía con algo como La lista de Schindler lo tomaba como un simple truco de marketing consistente en anunciar a los cuatro vientos que de repente se había vuelto "serio", y que se atrevía a filmar una historia relacionada con el holocausto. Me daba la impresión de que la calidad de las películas era siempre lo menos relevante. Como tantas veces, estaba equivocado. (Curiosamente, un tipo tan respetable e inteligente como Tomás Abraham publicó en Perfil un artículo bastante imbécil en donde acusa a Munich de las mismas pavadas que yo le adjudicaba a Schindler). En los útimos años, casi por casualidad vi Atrapame si puedes, La terminal y Guerra de los mundos. Todas me gustaron. También, todas me parecieron imperfectas, desparejas, con momentos brillantes y otros casi pueriles. Pero me di cuenta de que Spielberg es justamente aquello que hoy escasea en Hollywood, es decir, un director muy personal, con un estilo bien definido, con sus virtudes y defectos, pero alguien que se atreve a plantear temáticas y cuestiones formales mucho más complejas de lo que puede parecer a primera vista. Y Munich continúa con la tendencia de las últimas películas que mencionaba, sólo que todo resulta mucho más extremo. Es posible que la narración sea desordenada, que los diálogos en alguna ocasión resulten impostados o grandilocuentes, pero la historia comienza siendo una reprochable oda a los eficientes servicios israelíes y se transforma de a poco (junto con sus personajes) en un muy fuerte cuestionamiento a la violencia como política y razón de Estado y en un reconocimiento al menos equilibrado de las razones de la causa palestina. En un momento como el actual, en donde la política mundial parece haberse desquiciado por completo y en donde se superponen las luchas entre fundamentalismos religiosos, los intereses económicos y los valores culturales para beneficio de casi nadie y amenazando con el exterminio total de millones de personas, a Munich se le pueden disculpar sus carencias formales (al menos por esta vez) y reconocerla como un emotivo e inteligente pedido de racionalidad y cordura.

- Ana y los otros, de Celina Murga. Acerca del cine argentino más en general también debería escribir un artículo aparte. Esta película fue filmada en 2002 y estrenada comercialmente recién ahora y en muy pocos cines. De hecho, yo la vi en el Cosmos y ¡con subtítulos en italiano! Las condiciones materiales del estreno en realidad ya hablan mucho más de la película que casi todos los comentarios que se puedan hacer de ella. Los críticos onda El amante la elogiaron mucho. Y no se trata de que no sea una película con varios méritos, aún cuando la propia directora parecía mostrarse mucho más cauta que los periodistas que la entrevistaban y la elogiaban tanto. Lo que sucede es que yo directamente cuestionaría, si no la existencia, al menos el estreno comercial (o para decirlo con mayor precisión, la reducida difusión pública) de películas como esta. Nadie las quiere ver. Y los que queremos, la terminamos justificando casi como con culpa. No estoy diciendo que una historia sencilla como esta, filmada con mucha corrección técnica y gran sensibilidad, sea peor que la basura usual que nos ofrece el cine nacional. De hecho, es mucho mejor. Pero a mí no me alcanza, no quiero sentirme un freak por seguir viendo estas películas, no quiero que me pase como cuando en el baño de un multicine, después de ver Sábado (de Juan Villegas y con la misma actriz de Ana...) un señor mayor me pidió que le explicara la película, si es que yo la había entendido. Claro, el señor me adjudicó la supuesta capacidad de comprender Sábado por razones generacionales y no tanto por una cuestión de capacidad intelectual. Pero aún así, lo increíble es que en películas como esta no hay nada que explicar, está todo ahí en la pantalla y es muy sencillo, pero el espectador promedio y su paranoico complejo de inferioridad jamás lo van a entender. Creo que hacen falta otra clase de películas, que empiecen por tener los méritos de Ana... pero que sean más arriesgadas en todo sentido, que contengan más sustancia y a la vez que no desanimen a los imbéciles que van a los multicines. Un oso rojo, la de Caetano, podría ser un camino a seguir. Otra posibilidad es el trabajo de Bielinsky, el mejor director argentino de la actualidad con tan sólo dos películas estrenadas. El problema es que en cuanto arriesgó un poco más de la cuenta, al ponerse un poco más oscuro y meticuloso de lo estrictamente recomendable, todos fueron a ver El aura, pero a nadie le gustó. Todo esto que digo es por si a alguien le interesa que el cine nacional sea capaz de seguir algunos ejemplos del cine americano, que en sus mejores exponentes sabe combinar la excelencia artística con cierta masividad comercial. Si no, mucho me temo que vamos a seguir conviviendo con la oposición entre el cine independiente-artístico-raro-lento-aburrido-elogiado por la crítica especializada-valioso pero inservible por un lado, y la mierda demagógica, sentimentalista, provinciana, burda, autoindulgente, conservadora, retardataria, oscurantista, nacionalista e imbécil del tipo de Papá se volvió loco o El hijo de la novia, por el otro. Necesito más opciones.

Hasta la próxima.
- Walk the line, de James Mangold. Para el que no registre el título en inglés, es el biopic de Johnny Cash (me niego a reproducir el estúpido título con que fue estrenada aquí). Para el que no registre a Johnny Cash, bueno, debería escuchar más o mejor música. Para el que no sepa qué es un biopic, debería saber más de cine, o de inglés (biography-motion picture). La película es convencional, apenas correcta en su narración y arriesga bastante poco, pero yo la disfruté muchísimo. Se trata de la música, y de una historia de amor realmente emotiva sin sentimentalismos exagerados. Con eso es más que suficiente. De Cash sólo tengo un disco en realidad, y varias canciones sueltas en bandas de sonido o compilados varios. Pero qué cantante increíble que es, que voz tan profunda y perturbadora (mientras escribo esto en el locutorio, los dueños me castigan con un atronador e inquietante compilado de reggaeton, cumbia, cuarteto y otros sub-productos de la peor mierda sonora que conoce el mundo, la que suele conocerse como música popular, nacional o latina, siempre "divertida", siempre despreciable. Y yo escribiendo sobre Johnny Cash. Para qué, sería la pregunta más obvia, pero no quiero ser tan obvio). Walk the line triunfa porque, aunque se limita a la obra más conocida y accesible de Cash, consigue transmitir al espectador bien dispuesto todo el poder y la energía de una música tan maravillosa, especialmente cuando se recrea acertadamente la atmósfera tan especial de ese momento mágico que es compartir con otros músicos y cantantes una actuación en vivo, cuando pareciera que los espectadores son sólo un decorado, cuando la vibración que genera la banda entre sus integrantes se transforma en lo único que importa en el mundo. Más aún cuando Cash pareciera ser capaz de conquistar a su amada June Carter gracias a sus canciones y a su particularísima capacidad de interpretación. Pero a Cash sí le interesa su audiencia. Delante de un auditorio colmado consigue que June le dé el sí. Y sólo delante de un público como el de la cárcel de Folsom parece sentirse capaz de consumar para siempre su alejamiento de las anfetaminas. Muchos comentarios elogian hasta el exceso la actuación de Joaquín Phoenix y Reese Witherspoon (claro, los famosos Oscar). Y es cierto, están muy bien, asumen el riesgo de cantar ellos mismos y superan el trance con mucha dignidad. Me sorprendió especialmente mi admirada Witherspoon (por siempre la heroína de esa maravilla que fue Legally blonde), que más allá de tecnicismos vocales, cada vez que canta y se mueve en un escenario resulta un derroche de energía vital y alegría. Es por ella y por la música, claro. En definitiva, hay que escuchar a Johnny Cash.

jueves, 9 de febrero de 2006

Baterista equipado

La cosa fue bastante sencilla. Tenía que comprar mi propia batería de una buena vez. La tarde de hoy no podía ser más propicia: mi "amiga americana" (por la película de Wim Wenders, "Der amerikanische Freund", Samantha) me había pedido posponer la salida planeada para esta noche porque otra de sus amigas americanas había adelantado su visita prevista para mañana y le cayó en su casa por sorpresa. Se trataba entonces de aprovechar el tiempo. Había que tomar una decisión y ya no había nada más que averiguar. Si tradicional o electrónica. Nueva o usada. Portable o no. Nacional o importada. De medidas standard o más chica. De mi encuentro con el profesor de batería tampoco saqué mucho más en limpio. Cuando estaba más inclinado a gastar una fortuna en la electrónica Yamaha DTxpress, el profe me comentó que ni siquiera las Yamaha eran tan buenas (las nacionales ya habían sido descartadas), que las mejores eran las Roland -más caras aún-. La clase en sí fue un embole. Obviamente, mi técnica es un desastre, tengo que corregir miles de defectos. Pero si la cuestión me aburre, mando al profe al carajo: seguiré tocando como una bestia, pero tocando. Practicando en casa ya voy a tener la precisión y el tempo que me faltan. No me interesa el virtuosismo, la buena música no necesita virtuosos de ningún tipo.

Así que fui a ver al "Señor de los Platillos" (peor o mejor nick de la historia, todavía no lo sé). Tenía tres o cuatro modelos en mente, una vez descartada la opción electrónica. Finalistas: la Tama Rockstar y la Premier APK. La primera, de las fabricadas en Taiwan, el llamado Ford Falcon de las batas, la que está en todas las salas y tienen montones de bateros. Confiable y resistente a cualquier salvaje que quiera emular a Lars Ullrich. La segunda, un modelo tradicional inglés, un clásico con mejor sonido aunque quizás menos resistencia. Cualquiera que me conozca sabrá que opté por supuesto por la segunda. Inglesa, más cálida, más delicada, colorada, de un rojo tan desabrido que termina encantando por su simpleza. Nada de brillos superfluos o colores eléctricos. Algo que no muchos tienen o buscan. Algo como lo que a mí me gusta. Igual que mis muy ingleses amplificador y parlantes.

Es probable que el vendedor se haya creído el rey de los bananas por orientarme hacia ese modelo, ligeramente más caro. Igual, yo ya sabía de antemano que si no elegía el modelo de menores dimensiones (la Pearl Export Pro, mismo precio, bombo de 20´´ y tones más chicos, descartada para tocar rock según el conocedor), era la Premier, sí o sí. En lo que sí quizás haya hecho negocio el tipo es en habérsela comprado en mercadolibre.com a algún desesperado que precisaba la plata, creo haber visto un modelo así publicado hace unos meses, quizás era la misma. Pero no importa, éste era el momento y esto es lo que necesito.

Todavía no la traje a casa. La cuestión en sí me parece aún algo desmesurada. ¿Ahora, a los 32 años, gastar guita en esto y ponerme a darle a los tamborcitos? Sí, es ahora, esto es lo que quiero, pero me conozco y voy a tener que convivir con esa vocecita interior que me dice que estoy demente, o que es otro de mis entusiamos pasajeros y fatalmente inconducentes. No importa, ALGO productivo tiene que salir de todo esto, en algún momento tiene que pasar.

El comentario sobre el disco de Familia Costa en Los Inrockuptibles no fue a pedido, fue iniciativa de la propia revista. Excelente. Ojalá sirva para estimular a mis lánguidos compañeros de banda. Que desplieguen todo su potencial -que es bastante-, que se lo tomen en serio. (¡Que consigamos a un cantante! Perdón, se me escapó).

Pensaba escribir sobre películas. Tengo que comentar las que vi en cine últimamente: El hijo, Munich y Ana y los otros. Próximamente. Ahora tengo sueño. Mañana me voy al Tigre.

martes, 7 de febrero de 2006

Las vacaciones mejoran

Bueno, después de todo, puede que estas vacaciones no sean tan horribles. En cierto modo, podría decirse que estoy aprovechando el tiempo. Varias salidas, los amigos de siempre, algunos que no veía hacía un tiempo y algunas caras nuevas.
Por ejemplo, la noche que vi Munich me encontré al final de la función con Mariano, mi compañero de trabajo, y su hermana, que sigue viviendo y estudiando en Junín. Estuvimos charlando un rato largo después de la película y fue muy agradable, los dos son muy divertidos, y compartimos esa rara alegría por competir en humor negro. El hecho de que su madre haya muerto de cáncer cuando ellos eran apenas adolescentes y de que al padre le hayan cortado ambas piernas muy recientemente les da una amplia ventaja, pero trato de no quedarme atrás.
Después, "viajé" hasta Adrogué y Burzaco la noche del sábado, acompañado por Gustavo y Wally, para encontrarnos con Ramiro y su banda de enfermitos por la música. Incréible la cantidad de gente que hay por Adrogué, una movida nada despreciable. En cambio, el famoso bar Tío Bizarro es un tugurio infecto. Estos nenes de veintitantos años me generan sensaciones encontradas: algo de envidia, un poco de arrogancia, algo de indulgencia. Tienen varias cosas a favor (especialmente nuestra experiencia para saber lo que sí deberían hacer, que nunca hicimos) pero no dejan de ser algo ingenuos en varios aspectos. En definitiva, hay que seguirles el rastro, podemos ser muy útiles los unos a los otros.
El domingo, luego del ensayo de Familia Costa más estimulante en mucho tiempo (en formato trío), el cumpleaños de Luciano. Gente bastante exclusiva, aunque lo disimulan bien y nadie se cree la gran cosa, por suerte. Todos son en cierta forma artistas: DJ´s, músicos, diseñadores, escritores, publicistas. La esencia cool de Palermo. De a poco me voy integrando, si Familia Costa sigue puede llegar a ser productivo.
El lunes, paella en lo de Chirola. Un largo viaje hasta Escalada, una buena comida, aunque la charla con los chicos del colegio no fue gran cosa. La mejor noticia: Familia Costa salió en la sección "alocables!" de Los Inrockuptibles. Ni mi hermano sabe todavía cómo pasó, si fue obra de la influencia de alguien del grupo, por favor, qué gran comunicación que tenemos. Si fue iniciativa propia de la revista, excelente. Lo mejor de ser una rock star en potencia es que ya puedo decir algo más que el embole de "trabajo en un banco". Que me siga creyendo un estudiante de letras ya no me lo cree nadie. Veremos cómo sigue, me tengo que ir a la clase de batería que la semana pasada no fue.
En la próxima entrada, más cine. Y cuando termine con los tres libros que estoy leyendo a la vez, algunos comentarios también habrá. Pero falta.

martes, 31 de enero de 2006

Cine de vacaciones

Estas vacaciones son todo un desafío, especialmente si no quiero recordarlas como una de las peores de mi vida. Nada de interesante, sólo cuidar a mi abuela mientras mis viejos están de viaje, mirar pavadas en la televisión, ir al club, sacar al perro (algo enloquecedor: ayer, de un topetazo me desparramó en el medio de la calle), esperar a que mi hermano llegue de su segundo trabajo a eso de la una de la mañana. Cierto, también solía tener mi propia casa, pero de eso parece que se encarga la señora que limpia.

Sí, también empiezo hoy mismo las clases de batería. Una incógnita total, y supongo que motivo de alguna entrada posterior.

Así que solo quedan las películas y los libros, pero voy a empezar por lo primero: cine, video, DVD y TV. Cometarios rápidos de lo visto en los últimos días:

- Las vírgenes suicidas, de Sofía Coppola, con Kirsten Dunst. Sí, Kirsten, además de ser hermosa, tiene la sonrisa más macabra y perversa del momento. La película es una maravilla del diseño de decorados y vestuario, con esa onda setentosa que viene causando estragos en todos lados desde hace ya varios años (¿cuándo empezó todo eso, con Boogie Nights?). También la banda de sonido impresiona, desde la música original de Air hasta las canciones de otros artistas especialmente elegidas, todo sorprende por su cohesión y por como parecen estar muy ligeramente a contramano de las escenas en que son utilizadas, lo que refuerza ese efecto de extrañamiento que la película busca constantemente. Sin embargo, la resolución de la historia no me termina de conformar, hay quizás alguna indecisión para cerrar una historia bien terrible dentro del esquema formal propuesto por la directora. Pero quizás le exijo demasiado a Sofía en su debut, una de las princesas de la modernidad cool mundial, que ya demostró de lo que es capaz con Lost in translation.

-Mean girls: típico producto del actual equipo de Saturday Night Live, que todavía da pelea y tiene algún momento inspirado pero está lejos de lo que era hace unos cinco o diez años. Tina Fey escribe y protagoniza otra típica película de colegio secundario, en el estilo de Ni idea. Claro, no es tan graciosa ni precisa, y se preocupa por ser mucho más políticamente correcta (¡más!). El resultado final no puede decirse que decepcione, gracias seguramente a Lindsay Lohan, la perra descontrolada de cuerpo increíble y carita de nena buena, estrella absoluta de la película. Será nomás que me cae bien Tina Fey, que hace siempre de sí misma, también en SNL: un aire intelectual, un mínimo toque sexy, algo de cinismo y mucho progresismo a la americana. Claro, alguien como Molly Shannon ganaba por goleada en casi todos los rubros. En verdad, a todos los SNL hay que reconocerles su gran ductilidad: actúan, imitan, cantan, bailan, quizás hasta tocan algún instrumento.

- The Anchorman: otra derivación de SNL, esta vez con su figura masculina excluyente de la última década, Will Ferrell, claro. Y otra más ambientada en los setenta. En teoría, a esta comedia en la onda de que la revista El amante llama "nueva comedia americana" (pensar en las películas de Wes Anderson y Ben Stiller, fundamentalmente) no parece faltarle nada. Otro perfecto diseño retro, un casting muy acertado (se destaca Cristina Applegate en su encantador y feminista personaje), breves apariciones de los amigotes Luke Wilson y el propio Ben Stiller, pero así y todo la película está lejos de los mejores exponentes del género, como por ejemplo, Zoolander. Me parece que no se trabaja demasiado en el guión y se apuesta demasiado al carisma y comicidad de los actores. Por muy talentoso que sea Ferrell, tampoco puede hacer milagros.

- El transportador, no importa de quién ni con quién. De esas que sólo puedo ver por cable, de madrugada y cuando el agua me llega al cuello. Y claro, las escenas de acción del principio te enganchan, muy cancheras y cínicas, vertiginosas, con esos diálogos cortantes de caricaturas de héroes modernos. Pero en cuanto le quieren agregar alguna clase de profundidad dramática, o, peor aún, alguna sub-trama vagamente política, se vuelve directamente un grotesco. La típica película que deben amar todos los abonados de la primera hora a los videoclubes de DVD, de esos que sacan seis por fin de semana y se desesperan por ver cualquier mierda, siempre antes que en el cine, eso seguro (estos tipos dicen saber muchísimo de cine, quizás alguna vez se atrevan y compren una revista Cinemanía, aunque más no sea por el poster; para estas lacras, no existe otro cine que no sea el de Hollywood más mainstream, y ver una película anterior a 1998 no sirve porque es "viejísima": cuando "hablo de cine" con estos idiotas dudo de que estemos hablando de lo mismo, aunque parezca que sí).

Bueno, supongo que es todo por ahora, no se puede estar tanto tiempo en un locutorio. Tengo que poner internet en casa, urgentemente.

martes, 24 de enero de 2006

¿Y ahora?

¿Qué es todo esto? Bueno, ya está, ahora hay que escribir.
¿En serio habrá gente interesada en esto?
No sé, tan sólo una prueba.